Hay frases que nacen con la intención de desactivar una discusión y terminan alimentándola. «Es solo un partido», dijo Lionel Scaloni antes de enfrentar a Inglaterra. La frase tenía una lógica irreprochable. Un entrenador no puede preparar una semifinal del mundo pensando en la Guerra de Malvinas, en Margaret Thatcher, en Leopoldo Galtieri, en los caídos de 1982 o en Diego Maradona. Debe pensar en las transiciones defensivas, en la presión alta, en las pelotas paradas, en el estado físico de sus jugadores. Su trabajo consiste en ganar un partido de fútbol, no en librar una batalla simbólica.
Scaloni habló como debía hablar un entrenador. No fue suficiente. Está a la vista. Y no fue la mejor frase. Pero quedó limitado al fútbol. Un hombre alto, enorme, dentro de un espacio, el fútbol.
Pero los pueblos no hablan como los entrenadores. Los pueblos hablan con la memoria. Y la memoria nunca es «solo (un partido más)».
Hay una ilusión muy propia de nuestro tiempo: creer que el presente puede emanciparse del pasado. Como si la historia fuera un archivo al que se entra únicamente cuando algún profesor la menciona o cuando llega un aniversario redondo. Vivimos convencidos de que el pasado quedó atrás. Sin embargo, basta un partido entre Argentina e Inglaterra para comprobar que no es así.
La historia nunca queda atrás. La historia cambia de escenario.
No es casual que nadie necesite explicar por qué un Argentina-Bolivia es distinto de un Argentina-Inglaterra. Ambos entregan tres puntos en una eliminatoria. Ambos duran noventa minutos. Ambos se juegan con las mismas reglas. Pero nadie siente lo mismo.
¿Por qué? Porque los hechos nunca llegan solos. Llegan acompañados por todo aquello que ocurrió antes.
Cuando Inglaterra aparece del otro lado de la cancha, también aparecen 1966, cuando Antonio Rattín fue expulsado en Wembley y el arbitraje dejó la sensación de una justicia torcida. Aparece 1982, con una guerra absurda, iniciada por una dictadura criminal y aprovechada por un gobierno británico que encontró en ella una inesperada reafirmación política. Aparece 1986, cuando Maradona convirtió dos de los goles más famosos de la historia del fútbol. Uno con la mano. Otro con los pies. Dos goles opuestos y complementarios. Uno desafió al reglamento. El otro desafió a la lógica. Y ambos quedaron unidos para siempre al mismo adversario.
Nada de eso juega la pelota. Pero juega en nosotros.
Aquí conviene detenerse en una confusión frecuente. Reconocer el peso de la historia no significa convertir un partido en una guerra. Esa sería una perversión del deporte. El fútbol no reemplaza a la política ni repara las heridas de un conflicto armado. Ningún gol recupera un territorio. Ninguna copa devuelve una vida perdida. Creer lo contrario sería una forma peligrosa de fanatismo.
Pero negar toda carga simbólica resulta igualmente ingenuo.
Las sociedades necesitan símbolos porque no viven únicamente de hechos materiales. También viven de relatos, de recuerdos compartidos, de gestos que condensan experiencias colectivas. Un himno es un símbolo. Una bandera es un símbolo. Un monumento es un símbolo. El fútbol, en determinados partidos, también lo es.
No porque el deporte lo busque. Porque la sociedad lo convierte en eso.
Scaloni pertenece a una generación nacida después de Malvinas. La mayoría de sus jugadores también. Ninguno combatió. Ninguno sufrió el frío de las islas. Ninguno recibió la noticia de un hijo muerto. Es natural que no quieran cargar sobre sus espaldas una historia que no vivieron. Incluso sería injusto exigírselo. Y sin embargo, contra todo, lo hicieron sacando la bandera que prohibió el Gobierno Nacional, que prohibió la FIFA en el campo de juego.
Pero una cosa es no cargarla. Otra muy distinta es creer que esa historia desapareció. Los protagonistas cambian. La memoria permanece.
Existe una idea profundamente moderna según la cual cada individuo puede empezar de cero. Elegir quién es. Construirse sin deudas con el pasado. Es una idea atractiva. También falsa. Nadie nace sobre una hoja en blanco. Nacemos dentro de una lengua que no inventamos, una cultura que no elegimos y una historia que comenzó mucho antes que nosotros.
Eso también ocurre con las naciones. Una nación no es solamente un territorio delimitado por fronteras. Es una comunidad que comparte una memoria. A veces gloriosa. A veces dolorosa. Casi siempre contradictoria.
Argentina carga con esa contradicción. Porque la guerra fue decidida por una dictadura que secuestraba, torturaba y asesinaba argentinos. Pero quienes combatieron no fueron la dictadura. Fueron jóvenes de dieciocho o diecinueve años enviados al frío, al hambre y a la muerte. Condenar a los responsables políticos nunca implicó olvidar a quienes pelearon. Esa distinción es indispensable para comprender por qué Malvinas sigue ocupando un lugar tan profundo en nuestra conciencia colectiva.
Y cuando el rival vuelve a ser Inglaterra, esa memoria despierta. No porque exista odio. Sino porque existe historia.
Durante décadas se intentó explicar la «Mano de Dios» únicamente como una picardía futbolera. Nunca fue solamente eso. Maradona lo insinuó muchas veces. Aquel gol condensó, en el imaginario argentino, una revancha simbólica imposible de obtener en otro terreno. No era justicia. No era reparación. Era apenas una representación. Pero las representaciones también tienen fuerza. Los pueblos necesitan representarse aquello que no pueden resolver.
Por eso aquel segundo gol, el que dejó ingleses desparramados sobre el césped, fue todavía más importante. Porque ya no hablaba de la trampa sino del talento. No de la astucia sino de la belleza. Maradona terminó diciendo con los pies lo que el primer gol había dicho con la mano: que el fútbol también puede convertirse en un lenguaje donde una comunidad expresa emociones que ninguna otra disciplina consigue contener.
Scaloni, en cambio, pertenece a otro tiempo. Es el entrenador de una Argentina reconciliada consigo misma, que ya no necesita construir épicas desesperadas para sentirse importante. Quizás por eso insiste en bajar la temperatura de cada clásico aunque está claro que no puede, se expone y queda como alguién frío al que sólo le importa el fútbol. Lo hizo con Brasil. Lo hizo con Francia. Lo hizo con Inglaterra.
Un entrenador necesita serenidad, él la necesita. Pero no puede transmitírsela ni al pueblo ni a la historia. Por eso no fue un partido más.
Pero los historiadores, los filósofos y los periodistas tenemos otra obligación. Recordar que debajo de la serenidad sigue latiendo una memoria colectiva.
No para alimentar rencores. Sino para comprendernos.
Vivimos en una época que suele desconfiar del pasado. Todo debe ser inmediato. Todo debe durar apenas unos segundos. Todo debe explicarse en un video breve. La historia incomoda porque exige contexto. Obliga a pensar. Resiste los titulares fáciles.
Sin embargo, cuando un estadio entero canta antes del comienzo de un Argentina-Inglaterra, cuando miles de personas recuerdan a Maradona, cuando un veterano de Malvinas mira el partido con una emoción distinta, comprendemos que el tiempo histórico sigue respirando entre nosotros.
No lo decidió Scaloni. No lo decidieron los jugadores. No lo decidieron los periodistas. Lo decidió la propia historia. Y ayer las calles explotaron.
Quizás dentro de cien años Argentina e Inglaterra sean apenas dos selecciones más. Quizás las generaciones futuras miren estos partidos con la misma distancia con la que hoy observamos rivalidades olvidadas del siglo XIX. La memoria también envejece. Nada garantiza que permanezca intacta para siempre.
Pero todavía no estamos allí. Todavía hay demasiados nombres, demasiadas fotografías, demasiadas cartas escritas desde las islas, demasiadas familias que conservan una ausencia como para afirmar que todo cabe en noventa minutos.
Scaloni tenía razón desde el banco de suplentes. Debía pensar que era solamente un partido. Nosotros, en cambio, tenemos el privilegio —y también la responsabilidad— de mirarlo desde otro lugar. Porque el fútbol termina cuando el árbitro señala el final. La historia no termina nunca.
Y hay partidos que, aun cuando duran noventa minutos, siguen jugándose mucho después de que la pelota deja de rodar.





