“Algo habrán hecho”. La frase atravesó décadas en Argentina como un susurro oscuro, como una condena anticipada y como una coartada moral para mirar hacia otro lado mientras el horror ocurría delante de todos. “Algo habrán hecho” no fue solamente una expresión repetida en voz baja durante la dictadura. Fue un mecanismo. Una manera de justificar lo injustificable.
Durante la última dictadura militar, miles de personas fueron secuestradas, torturadas, asesinadas o desaparecidas por el aparato represivo del Estado. Y mientras los Falcon verdes recorrían las calles y los centros clandestinos funcionaban en silencio, parte de la sociedad eligió refugiarse detrás de “algo habrán hecho”, como si esa frase pudiera aliviar el espanto o borrar la culpa.
Aquella frase no investigaba. No preguntaba. No dudaba. “Algo habrán hecho” condenaba de antemano.
Claro que en los años 70 existieron organizaciones armadas, atentados, secuestros y una violencia política real. Negarlo sería falsear la historia. Pero otra cosa muy distinta es aceptar que el Estado pueda secuestrar personas de madrugada, torturarlas en sótanos clandestinos, robar bebés o hacer desaparecer cuerpos sin juicio ni defensa posible.
El problema de “algo habrán hecho” no pertenece solamente al pasado. Sigue vivo cada vez que una sociedad reemplaza la justicia por la sospecha automática. Sigue vivo cada vez que se naturaliza que ciertos derechos valen menos según la ideología, el barrio, la apariencia o el pasado de una persona.
Porque cuando alguien acepta que un ser humano puede ser eliminado sin debido proceso, lo que está destruyendo no es solamente la vida del otro. Está destruyendo el límite moral que protege a todos.
La democracia no se mide cuando se defienden los derechos de quienes pensamos igual. Se mide precisamente cuando esos derechos alcanzan también a quienes generan rechazo, temor o diferencias políticas profundas.
En Argentina exterminamos a los indios, luego a los anarquistas, los socialistas y comunistas extranjeros, más tarde a los cabecitas negras y finalmente a la juventud. Un país de exterminios, donde la tierra ha aprendido a guardar huesos y los ríos han cargado secretos que todavía flotan bajo el agua marrón del Río de la Plata.
El silencio social detrás de “algo habrán hecho”
“Algo habrán hecho” funciona muchas veces como una excusa desesperada para no aceptar una verdad insoportable: frente a las armas clandestinas del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, casi nadie podía hacer demasiado. Pero no te escondas detrás de “algo habrán hecho”. Sé valiente aunque sea una vez en la vida. Sí, hubo violencia política y cuando aparece la violencia, la política empieza a morir. Pero frente a esa violencia se respondió con algo todavía más oscuro: el sadismo del que se sabe impune, la ferocidad del hierro y del plomo, el placer de torturar y matar protegido por el Estado. Y quizás no querés sentirte culpable. Nadie quiere sentirse culpable. Pero el genocidio ocurrió. La masacre existió. Los jóvenes enterrados en fosas comunes y los cuerpos arrojados desde el cielo fueron reales. Seguir justificándolo hoy sí convierte tu pasado en complicidad, en certeza de lo bien que hicieron las Fuerzas Armadas en secuestrar, torturar, violar y esconder los cuerpos para siempre.
Toda dictadura necesita dos cosas para sobrevivir: hombres dispuestos a ejecutar órdenes y ciudadanos dispuestos a no mirar. Y vos no miraste, no quisiste mirar, preferiste el silencio, la complicidad, la idiotez de una vida sin tristezas, mientras los cuerpos caían del cielo sobre el agua dulce del Río de la Plata.
El terrorismo de Estado no habría sido posible solamente con armas. También necesitó silencios, excusas y frases repetidas hasta naturalizar la crueldad como un castigo merecido. “Algo habrán hecho” fue una de esas frases.
Tal como dice el poeta: “La memoria despierta para herir a los pueblos dormidos que no la dejan vivir libre como el viento”. “Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia.”
Sigamos pensando que aquel orden del terror fue justo. Sigamos relativizando los crímenes. Sigamos diciendo “algo habrán hecho”. Entonces jamás podremos construir una identidad verdadera, la de un ser arrojado al mundo (In-der-Welt-sein), y seguiremos refugiándonos en una fantasía cómoda donde los muertos nunca terminan de aparecer y la conciencia nunca termina de despertar.
Por eso “algo habrán hecho” sigue siendo una frase tan dolorosa. Porque detrás de esas palabras hubo vecinos que callaron, compañeros que no preguntaron, periodistas que miraron hacia otro lado y dirigentes que prefirieron el silencio antes que enfrentar el terror.
Cómo “algo habrán hecho” justificó el terrorismo de Estado
“Algo habrán hecho” terminó funcionando como una absolución colectiva para no sentir culpa.
Pero el tiempo dejó algo claro: ninguna idea política, ninguna militancia y ningún conflicto interno habilitan al Estado a convertirse en una máquina clandestina de secuestro y muerte. Cuando eso ocurre, desaparece el Estado de Derecho y aparece otra cosa: el miedo organizado desde el poder.
Cada época inventa sus propias versiones de “algo habrán hecho”. Cambian las palabras, pero el mecanismo es el mismo: justificar primero, preguntar después.
Las sociedades que olvidan eso corren el riesgo de repetirlo. Seguirá existiendo un lenguaje para justificar el horror, una maquinaria moral preparada para convertir víctimas en sospechosos y muertos en números incómodos. Seguirán apareciendo hombres convencidos de que la violencia puede limpiar una nación y ciudadanos demasiado cansados o demasiado cómodos para enfrentarlos.
Y quizás por eso todavía incomoda tanto discutir “algo habrán hecho”. Porque obliga a preguntarse qué habría hecho cada uno frente al terror. Y porque nadie quiere descubrir, demasiado tarde, que el silencio también puede ser una forma de participación.
Porque mientras una sociedad siga diciendo “algo habrán hecho”, el poder seguirá administrando la culpa, disciplinando la memoria y decidiendo quién merece ser llorado y quién debe desaparecer en silencio.





