Alertan por el aumento de los trastornos alimentarios en jóvenes desde la pandemia

El aumento de los trastornos alimentarios entre niños y adolescentes encendió alertas entre especialistas en salud mental. Según advierte la psicóloga Erin Parks, después de décadas de estabilidad estadística, los diagnósticos comenzaron a crecer desde 2020, impulsados por la presión social, la cultura de la dieta y la influencia de las redes sociales en la percepción del cuerpo y la alimentación.

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Trastornos alimentarios en jóvenes. Toda una frase que no llega demasiado a debatirse, menos en la Argentina actual. Pero en consultorios, escuelas y hogares empieza a repetirse una preocupación cada vez más frecuente: la relación de niños y adolescentes con la comida se ha vuelto más conflictiva. Especialistas en salud mental advierten que, después de décadas en niveles relativamente estables, los trastornos alimentarios comenzaron a crecer con mayor intensidad desde la pandemia, impulsados por presiones culturales, redes sociales y una creciente obsesión social con el cuerpo y la alimentación “perfecta”.

Una de las voces que encendió la alarma es la psicóloga clínica estadounidense Erin Parks, especialista en salud mental infantil y en trastornos vinculados a la alimentación. Durante su participación en el podcast Good Inside, la profesional sostuvo que los datos muestran un cambio significativo en la tendencia histórica.

“La tasa de trastornos alimentarios se mantuvo relativamente estable durante casi un siglo, pero desde 2020 comenzó a aumentar”, explicó.

Según la especialista, el fenómeno no se limita a quienes reciben un diagnóstico formal. También se observa un crecimiento de conductas problemáticas en torno a la comida entre menores que todavía no cumplen criterios clínicos, pero que desarrollan patrones restrictivos, ansiedad por la alimentación o una preocupación excesiva por el peso y la imagen corporal.

Señales tempranas que suelen pasar desapercibidas

Detectar estos problemas en etapas iniciales puede resultar difícil. Muchas veces los cambios aparecen de forma gradual y se confunden con hábitos saludables o con comportamientos propios de la adolescencia. Sin embargo, los especialistas sugieren prestar atención a ciertas señales: evitar comidas que antes se disfrutaban, rechazar alimentos en reuniones sociales o adoptar de forma repentina dietas estrictas bajo la idea de “comer sano”.

Para Parks, el problema aparece cuando el concepto de alimentación saludable se transforma en una lógica rígida que restringe cada vez más alimentos y genera ansiedad. Un ejemplo cotidiano puede ser revelador. “Cuando un chico deja de comer torta en un cumpleaños o empieza a evitar comidas que siempre le gustaron, el instinto de los padres suele alertarse”, explicó.

En muchos casos, estos comportamientos se desarrollan sin una intención consciente de generar daño. Los mensajes sobre alimentación y cuerpo que circulan en redes sociales, gimnasios, programas de televisión o incluso en el entorno escolar influyen de manera poderosa en la percepción de los jóvenes.

El aumento de trastornos alimentarios en niños y adolescentes genera preocupación entre familias y profesionales de salud en España (YouTube @GoodInside)
El aumento de trastornos alimentarios en niños y adolescentes genera preocupación entre familias y profesionales de salud en España (YouTube @GoodInside)

La cultura de la dieta y la presión social

Uno de los factores que más preocupa a los especialistas es la llamada “cultura de la dieta”, una narrativa social que clasifica los alimentos entre “buenos” y “malos” y que asocia el valor personal con el peso o la apariencia física. Esa lógica no solo afecta a los adolescentes. Los adultos también están expuestos a esos mensajes y, muchas veces sin advertirlo, los transmiten en la vida cotidiana.

Los chicos suelen observar más de lo que los adultos creen. Parks contó que su propio hijo una vez le preguntó por qué no terminaba su batido, una escena que la llevó a reflexionar sobre cómo incluso los pequeños detalles pueden influir en la forma en que los menores interpretan la relación con la comida. Durante la infancia y la adolescencia, el cuerpo atraviesa etapas de crecimiento acelerado que requieren una mayor ingesta de energía. Por eso, dietas restrictivas, eliminación de azúcares o de hidratos de carbono pueden generar riesgos físicos y psicológicos si se adoptan sin supervisión profesional.

La intervención temprana y la participación activa de la familia resultan clave para apoyar la recuperación de los adolescentes (Simulación IA)
La intervención temprana y la participación activa de la familia resultan clave para apoyar la recuperación de los adolescentes (Simulación IA)

El peso del perfeccionismo

Otro rasgo que aparece con frecuencia en jóvenes que desarrollan trastornos alimentarios es el perfeccionismo. Muchos adolescentes intentan cumplir con estándares extremadamente altos en diferentes ámbitos: estudios, deporte, apariencia física o hábitos saludables. Esa búsqueda constante de control puede trasladarse a la alimentación o al cuerpo, generando conductas restrictivas o rutinas de ejercicio excesivas.

“Hay chicos que intentan hacerlo todo bien: estudiar mucho, entrenar al máximo, comer perfecto. El problema es que muchas veces ignoran señales de agotamiento físico o emocional”, advirtió Parks.

Además, la especialista recordó un dato que suele romper ciertos estereotipos: cerca del 40% de las personas con trastornos alimentarios son varones. En estos casos, el problema puede pasar más desapercibido porque la disciplina deportiva o el entrenamiento intenso suelen ser socialmente celebrados.

Factores biológicos y emocionales

Desde la perspectiva científica, los trastornos alimentarios no responden a una única causa. Diversos estudios señalan que existe un fuerte componente biológico. Parks explicó que más del 85% de la predisposición podría estar vinculada a factores genéticos, lo que significa que ciertas personas tienen mayor vulnerabilidad a desarrollar estas patologías. Sin embargo, los factores emocionales también juegan un papel importante. En muchos casos, restringir la comida o provocar vómitos funciona como una estrategia —aunque dañina— para manejar emociones intensas como ansiedad, tristeza o sensación de falta de control. Algo similar ocurre con otras conductas de escape, como el uso excesivo del celular o las redes sociales.

La moralización de la comida, al clasificar alimentos como 'buenos' o 'malos', puede favorecer conductas restrictivas en niños y adolescentes (Simulación IA)
La moralización de la comida, al clasificar alimentos como ‘buenos’ o ‘malos’, puede favorecer conductas restrictivas en niños y adolescentes (Simulación IA)

Qué hacer cuando aparecen las dudas

Frente a la sospecha de que un hijo pueda estar atravesando un problema con la alimentación, los especialistas coinciden en que la intervención temprana es clave. Lejos de evitar el tema por temor o incomodidad, Parks recomienda hablar de forma directa y sin juicio. Preguntar abiertamente si el adolescente está restringiendo comida, si se siente mal con su cuerpo o si ha desarrollado hábitos como provocarse vómitos puede resultar incómodo, pero muchas veces abre la puerta a una conversación necesaria. Según la psicóloga, el silencio suele favorecer que estos trastornos se profundicen.

“Cuando alguien pregunta de forma clara, muchos adolescentes sienten alivio porque finalmente alguien se animó a hablar del tema”, explicó.

El rol central de la familia

Los especialistas insisten en que la familia cumple un papel decisivo en el proceso de detección y recuperación. A diferencia de otras decisiones cotidianas de la adolescencia, el tratamiento de un trastorno alimentario no puede quedar librado únicamente a la voluntad del joven, ya que se trata de un problema de salud que puede avanzar rápidamente si no se interviene.

Parks suele comparar la situación con cualquier otra enfermedad médica: si un hijo tiene un problema cardíaco o respiratorio, los padres no esperarían a que el propio adolescente decida cuándo tratarse. Según su experiencia clínica, muchos adultos que atravesaron trastornos alimentarios relatan, años después, que hubieran deseado una intervención más temprana por parte de sus padres.

Recuperación y cambio cultural

Aunque los trastornos alimentarios pueden ser graves, los especialistas subrayan que la recuperación es posible, especialmente cuando se detectan a tiempo y se cuenta con acompañamiento profesional. Crear un entorno familiar donde se pueda hablar con naturalidad sobre el cuerpo, las emociones y la comida es una de las herramientas más importantes para prevenir o enfrentar estas situaciones. También implica revisar creencias culturales profundamente arraigadas: la idea de que el valor personal depende del aspecto físico o que ciertos alimentos deben ser motivo de culpa.

“La meta no es tener un cuerpo perfecto, sino construir una vida plena y saludable”, resume Parks.

En un contexto donde las presiones estéticas y los mensajes sobre alimentación circulan con intensidad en internet y redes sociales, los especialistas coinciden en que el desafío es colectivo: generar espacios más empáticos, menos obsesionados con la apariencia y más atentos al bienestar emocional de niños y adolescentes.

¿Quién es Erin Parks?

En medio de la creciente preocupación mundial por el aumento de los trastornos alimentarios entre niños y adolescentes, una de las voces que ganó relevancia en el debate es la de Erin Parks, una psicóloga clínica estadounidense especializada en salud mental y en trastornos vinculados con la alimentación.

Investigadora, docente y divulgadora, Parks se ha dedicado durante años a estudiar cómo se desarrollan patologías como la anorexia, la bulimia y el trastorno por atracón, especialmente en etapas tempranas de la vida. Su trabajo combina investigación científica, práctica clínica y difusión pública orientada a familias y educadores.

La especialista se formó como doctora en psicología clínica y estuvo vinculada al prestigioso programa de investigación y tratamiento de trastornos alimentarios de la University of California San Diego, uno de los centros académicos más influyentes del mundo en el estudio de estas enfermedades. Allí participó en proyectos del UCSD Eating Disorders Center for Treatment and Research, institución de referencia internacional en el abordaje de estas patologías.

A lo largo de su carrera, Parks se concentró en comprender los factores que predisponen a las personas a desarrollar trastornos alimentarios. Sus investigaciones analizan desde el peso de la genética y la neurobiología hasta la influencia de variables psicológicas como el perfeccionismo, la ansiedad o la presión social sobre la imagen corporal.

En los últimos años, su trabajo también se orientó hacia la divulgación y la prevención. La psicóloga participa con frecuencia en entrevistas, conferencias y podcasts dedicados a la crianza y la salud emocional. En ese contexto, sus reflexiones sobre el aumento de los trastornos alimentarios después de la pandemia tuvieron amplia repercusión.

Durante una conversación en el podcast Good Inside, Parks advirtió que los datos muestran un cambio en la tendencia histórica de estas enfermedades. Según explicó, durante décadas la prevalencia de los trastornos alimentarios se mantuvo relativamente estable, pero comenzó a crecer a partir de 2020.

Para la especialista, este fenómeno responde a una combinación de factores: la presión estética que circula en redes sociales, la llamada “cultura de la dieta” —que clasifica los alimentos como buenos o malos— y la creciente obsesión social con el rendimiento físico y la imagen corporal.

En sus intervenciones públicas, Parks suele insistir en que estos trastornos no pueden entenderse simplemente como una cuestión de voluntad o disciplina. Según explica, múltiples estudios científicos muestran que existe una fuerte base biológica y genética en la predisposición a desarrollarlos.

Al mismo tiempo, destaca la importancia del entorno familiar en la detección temprana. Señales aparentemente menores —como evitar alimentos habituales, mostrar ansiedad frente a ciertas comidas o adoptar dietas extremadamente restrictivas— pueden ser indicios de un problema que requiere atención profesional.

Desde su perspectiva clínica, la prevención comienza con conversaciones abiertas en el hogar y con la revisión de los mensajes que circulan socialmente sobre el cuerpo y la alimentación. Para Parks, abandonar la moralización de los alimentos y fomentar una relación más flexible con la comida son pasos fundamentales para construir hábitos saludables.

En un contexto donde las preocupaciones por el peso y la apariencia aparecen cada vez más temprano, la psicóloga sostiene que el desafío no es solo médico, sino también cultural: crear entornos donde la autoestima, la salud emocional y el bienestar tengan más peso que los estándares estéticos.

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