Una bóveda que cuenta una historia
En el Cementerio Municipal de Florencio Varela, la tumba de Adrianita Taddey se distingue por las flores, las placas de agradecimiento y los objetos que dejan quienes la visitan. Los informes que describen el lugar mencionan cartas manuscritas, rosarios, estampitas, juguetes, hebillas, fotografías y un buzón donde los fieles depositan pedidos. Para sus devotos, no es solamente el sitio donde descansan sus restos: es un santuario popular.
El 4 de mayo de 2026 se cumplieron 57 años de su muerte. En esas casi seis décadas, la niña pasó de ser parte de una familia de Villa Vatteone a ocupar un lugar singular en la religiosidad popular de la zona sur del conurbano. La llaman “La Santita de Varela” y le atribuyen favores y curaciones. Esa denominación expresa la fe de quienes la veneran; no significa que haya sido reconocida como santa por la Iglesia Católica.

Una fecha de nacimiento que no coincide en todas las fuentes
Uno de los primeros problemas al reconstruir la vida de Adrianita es el año de nacimiento. Algunas notas —entre ellas las de AUNO y Página/12— indican que nació el 4 de noviembre de 1958. Otras publicaciones, incluida una nota de Clarín, un artículo de Infosur y un texto publicado por su hermana Liliana, consignan el 4 de noviembre de 1957.
El testimonio de Liliana ofrece una cronología que favorece 1957: dice que Adrianita fue bautizada el 2 de marzo de 1958, cuando tenía cuatro meses, y que enfermó el 2 de abril de 1961, a los tres años y cinco meses. Con esas fechas, habría nacido en noviembre de 1957. Si hubiera nacido en noviembre de 1958, como indican otras fuentes, habría sido bautizada antes de nacer y habría tenido diez años al morir en mayo de 1969, no once.
La fecha de 1957 es, entonces, la más coherente con la cronología publicada por su hermana. Pero la contradicción no está resuelta: varios artículos, incluido un capítulo académico sobre santos populares que reproduce relatos anteriores, sostienen que nació en 1958. Sin una partida de nacimiento accesible, lo más preciso es consignar la discrepancia y aclarar por qué 1957 parece encajar mejor con los otros datos.

La enfermedad que cambió su vida
De acuerdo con el relato de Liliana, Adrianita se sintió mal durante la Pascua de 1961. La familia la llevó a una clínica de Villa Vatteone, donde un médico habría considerado que tenía una dolencia menor. Después de recibir suero y otros medicamentos, la niña se descompensó; la familia cuenta que dejó de responder y que fue reanimada. Al recuperar la conciencia, tenía una parálisis severa y había perdido gran parte de su movilidad.
Las versiones periodísticas no coinciden en el diagnóstico. Algunas usan paraplejia, otras cuadriplejia y otras simplemente dicen que quedó paralizada. Es correcto contar que la familia atribuyó la parálisis a la atención recibida.
La familia afirma que, después de ese episodio, la trasladaron al Hospital de Niños de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y que permaneció internada durante 56 días, conectada a un pulmotor. Esa duración aparece en el testimonio de Liliana y en diversas notas posteriores. Sin embargo, una síntesis de los relatos menciona 51 días. La diferencia es otra señal de que buena parte de la cronología proviene de recuerdos y testimonios, más que de documentos hospitalarios públicos.

La aparición de la Virgen y las medallas
En el relato familiar, la internación fue también el comienzo de la historia religiosa de Adrianita. Su hermana escribió que, durante una noche en el hospital, la niña dijo haber visto a una mujer luminosa que se presentó como la Virgen María y le anunció que se recuperaría y volvería a caminar. Liliana recordó que, cuando su madre le preguntó quién la había visitado, Adrianita contestó: “No mamita, era la Virgencita”.
La experiencia no puede verificarse como aparición sobrenatural: es un testimonio familiar transmitido décadas después. Pero tuvo un papel central en la manera en que la familia y quienes conocieron a la niña interpretaron su enfermedad. En esa memoria, Adrianita no solo habría recibido consuelo de la Virgen; también habría comenzado a hablar de la posibilidad de ayudar a otros niños enfermos.
La historia de las medallitas está relacionada con las religiosas del colegio del Sagrado Corazón. El relato de Liliana dice que su madre recibió medallas de la Virgen Milagrosa y que algunas quedaron con Adrianita durante su internación. La niña habría pedido que pusieran medallas bajo la almohada de otros chicos que lloraban o estaban enfermos. Después, según las narraciones familiares, algunos se calmaban o mejoraban. Con el tiempo, esos episodios se contaron como curaciones milagrosas.
La familia y los devotos interpretaron esas mejorías como milagros. El relato explica el origen de la fama de Adrianita.

El tratamiento y la recuperación, según los relatos familiares
La recuperación de Adrianita también forma parte de una historia en la que se mezclan la atención médica, los cuidados familiares y la fe. Un artículo del periodista Claudio Navarro, publicado en varias entregas y presentado como basado en entrevistas con su madre y su hermana, cuenta que Antonia Turesky buscó distintos tratamientos y que la familia llegó a utilizar un preparado llamado “Flor de las Nieves”, que habría obtenido a través de contactos vinculados con Rusia. El relato sostiene que con el tiempo Adrianita recuperó cierta movilidad.
La historia suele centrarse en lo extraordinario, pero los testimonios también hablan de una madre que buscó atención para su hija, de una familia que organizó sus cuidados y de una niña que siguió vinculada con la escuela y el barrio. Ese aspecto ayuda a comprender por qué Adrianita fue recordada no solo por los relatos de visiones, sino también como una presencia cercana para quienes la conocieron.
La casa y las primeras visitas
La vivienda familiar estaba en Villa Vatteone, sobre la calle Belgrano al 400, según las crónicas locales. Después de que Adrianita volvió a su casa, vecinos y conocidos comenzaron a acercarse, primero para preguntar por ella y luego para pedirle por su salud o la de sus familiares. La tradición dice que Antonia y Liliana conservaron los recuerdos de la niña y atendieron a quienes llegaban con pedidos.
El tránsito de la casa al cementerio fue gradual. Al principio, la memoria de Adrianita se sostuvo dentro del círculo familiar y barrial; luego aparecieron cartas y placas de agradecimiento. El periodista Claudio Navarro recoge el recuerdo de una primera carta que la madre habría encontrado junto al nicho, agradeciendo un favor. En las décadas posteriores, esa práctica se multiplicó hasta transformar el lugar en un punto de peregrinación.
Las luces sobre Florencio Varela
Otro episodio que quedó unido a la historia ocurrió en la madrugada del 4 de mayo de 1969, cuando Adrianita murió. Relatos posteriores afirman que esa noche se vio una figura luminosa en el cielo, descrita como un corazón atravesado por líneas, junto con otras luces. Algunas personas interpretaron la coincidencia como una señal vinculada con la muerte de la niña.
El medio local Mi Ciudad publicó una entrevista en 2017 con José Acosta, quien recordó que las fotografías se atribuían al fotógrafo Gregorio Tasende y que una de ellas había circulado en la vidriera de su local. Según Acosta, la imagen tenía una fecha y una hora que luego la madre de Adrianita vinculó con la muerte de su hija. Esa coincidencia, contó, alimentó la historia que se transmitió en el barrio.
Una reconstrucción posterior del episodio identifica una publicación de Mi Ciudad del 31 de julio de 1969, en la página 6, y describe las luces fotografiadas. Esa referencia permite sostener que hubo un relato local y una fotografía asociados al fenómeno. No permite concluir qué produjo las luces ni demostrar una relación entre ellas y la muerte de Adrianita.
La causa de muerte también necesita atribución
Las versiones sobre la muerte de Adrianita tampoco son idénticas. La fecha —4 de mayo de 1969— aparece de forma consistente. Algunos relatos familiares y notas periodísticas vinculan su deterioro final con una vacuna aplicada en la escuela; otros hablan de una reacción adversa o de complicaciones de salud sin precisar el mecanismo. No encontré un certificado médico o un documento oficial que permita establecer aquí una causa clínica definitiva. Por eso, no conviene afirmar que murió por una vacuna “en mal estado” como si estuviera demostrado.
También se repite que falleció alrededor de las cuatro de la mañana en su casa. Ese horario forma parte de los relatos familiares y locales que, después, se asociaron a las luces fotografiadas. Conviene mantener clara la diferencia entre el dato repetido por esos testimonios y una constatación independiente del registro de defunción.

Del nicho al santuario: una corrección importante
Los restos de Adrianita estuvieron primero en un nicho del cementerio. Varias fuentes sitúan el traslado a una bóveda municipal en 1995, cuando la devoción ya había acumulado placas y visitas. El relato publicado por su hermana dice que el Concejo Deliberante autorizó el traslado; otras notas atribuyen la cesión de la bóveda a las autoridades municipales.
Entre su muerte en 1969 y el traslado transcurrieron alrededor de 26 años.
Las descripciones de la bóveda coinciden en varios elementos: un retrato grande, el ataúd protegido por una vitrina, flores y objetos personales, junto con placas y cartas. También mencionan un montaje fotográfico encargado por su madre, en el que el rostro de Adrianita aparece integrado a una figura de ángel. En ese espacio, los objetos cumplen una función doble: son recuerdos de una niña y testimonios materiales de una devoción que se transmite de persona en persona.
Una “santa popular”, no una santa canonizada
La diferencia entre santidad popular y canonización es central para contar esta historia con precisión. Para sus devotos, Adrianita es una santa porque le rezan, le piden ayuda y atribuyen a su intercesión respuestas a sus problemas. La Iglesia Católica no la canonizó ni la reconoció oficialmente como santa.
Las antropólogas Laura Migale y María de Hoyos incluyeron a Adrianita en sus trabajos sobre los santos populares en Argentina y la ubicaron dentro de la categoría de los “angelitos”: niñas o niños muertos cuya memoria se convierte, para sus devotos, en una figura protectora e intercesora. Esa clasificación ayuda a entender el fenómeno como una práctica religiosa y cultural, sin afirmar la veracidad de cada milagro atribuido.

El pedido al Vaticano y lo que se sabe del proceso
Diversas notas locales informaron que el sacerdote Juan Santolín, de la parroquia San Juan Bautista, acompañó la devoción e impulsó gestiones para que la Iglesia estudiara el caso. En publicaciones de 2010 se habla de una carpeta con fotografías y testimonios que podía servir para reunir documentación. Una nota posterior de Infosur sostuvo que la iniciativa se interrumpió tras la muerte del sacerdote, en 2010, y que la documentación se perdió.
Pero hay un dato que obliga a no presentar como seguro que hubo una causa formal abierta. En 2010, el diácono de la Diócesis de Quilmes, Héctor Salatino, dijo que, hasta donde sabía, no existía un trámite de beatificación de Adrianita. Así, puede hablarse de gestiones locales atribuidas a Santolín y de una carpeta preparatoria mencionada por la prensa, pero no de una causa canónica oficialmente confirmada ni de un pedido formal al Vaticano cuya presentación esté documentada.
La devoción en Facebook y YouTube
La historia también pasó a los espacios digitales. Un artículo sobre religiosidad y redes sociales describió una página de Facebook dedicada a Adrianita y la circulación de pedidos, agradecimientos y recuerdos. Las publicaciones permiten observar cómo la devoción se mantiene y se comparte; no son una corroboración independiente de los milagros que los usuarios cuentan. Además, los grupos cerrados o publicaciones que requieren iniciar sesión no ofrecen un archivo público que permita verificar cada relato.
En diciembre de 2023, El Bona TV publicó un recorrido por el cementerio con testimonios de visitantes. Un creyente expresó: “Ella siempre te cumple”. Una mujer que dijo haber conocido a Adrianita por el kiosco de la familia la recordó como una niña sonriente que transmitía paz. Esas voces dan cuenta de la manera en que la comunidad la recuerda hoy.
La casa familiar y la memoria de Adrianita
La antigua vivienda de la familia, en Belgrano 441, volvió a aparecer en la agenda local en octubre de 2026. La Colmena informó que el chalet de Villa Vatteone se encontraba en mal estado y señaló que había un cartel que lo identificaba como patrimonio municipal, aunque el medio dijo no haber encontrado la ordenanza que respaldara esa declaración. Esa información merece seguimiento, pero el estado legal del inmueble debe atribuirse al reporte periodístico mientras no se publique documentación oficial.
La casa y la bóveda representan dos lugares distintos de la memoria: uno ligado a la vida cotidiana de Adrianita y a los primeros relatos familiares; el otro, a la devoción pública que se consolidó después de su muerte. La persistencia de ambos en la conversación local muestra que la historia no quedó confinada a una fecha de aniversario. Se reproduce en las visitas al cementerio, en las placas, en las fotografías compartidas y en los testimonios que circulan en medios y redes.

Qué puede afirmarse con mayor seguridad
Adrianita Taddey murió el 4 de mayo de 1969 y su tumba es, desde hace décadas, un lugar de devoción popular en Florencio Varela. Su familia relató que sufrió una parálisis tras una atención médica, que estuvo internada y que contó haber visto a la Virgen. Los devotos atribuyen a las medallas y a su intercesión distintas curaciones. También existe una historia local sobre luces fotografiadas en la madrugada de su muerte. Ninguna de esas afirmaciones religiosas o médicas debe presentarse como un hecho comprobado sin documentación independiente.
Para la fecha de nacimiento, 1957 encaja mejor con el testimonio de su hermana, el bautismo fechado en 1958 y la edad de once años que le atribuyen muchas notas. Pero como otras fuentes —incluidas algunas de circulación amplia— indican 1958, lo más transparente es señalar la discrepancia. Y para el traslado al santuario, si se conserva 1995 como fecha, hay que escribir que Adrianita permaneció en el nicho aproximadamente 26 años, no más de treinta.





