La Noche de los Bastones Largos fue uno de los episodios más violentos de la represión estatal contra la universidad argentina. El 29 de julio de 1966, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, la Policía Federal Argentina ingresó por la fuerza en varias facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y golpeó con largas porras de madera a autoridades, docentes, estudiantes, graduados e investigadores que resistían la intervención de las universidades nacionales.

El golpe de Estado que cambió el rumbo de las universidades
El 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas derrocaron al presidente constitucional Arturo Illia e instauraron la autodenominada “Revolución Argentina”, encabezada por Juan Carlos Onganía. A diferencia de otros gobiernos militares, el nuevo régimen no se presentó como una administración transitoria, sino como un proyecto político de largo plazo, sin actividad partidaria, elecciones ni plazos concretos para la restitución democrática.
Dentro de esa concepción autoritaria, las universidades eran observadas como posibles focos de “subversión” y de propagación del marxismo. Esa mirada estaba atravesada por la Doctrina de Seguridad Nacional, que consideraba que el enemigo podía encontrarse dentro del propio país y actuar en ámbitos políticos, sindicales, culturales, científicos y educativos.

La resistencia institucional de la UBA
La confrontación entre la dictadura y la universidad había comenzado inmediatamente después del golpe de Estado. El rector de la UBA, Hilario Fernández Long, convocó a docentes, estudiantes y graduados a defender a las autoridades universitarias elegidas democráticamente y a mantener viva la posibilidad del restablecimiento de la democracia.
El Consejo Superior de la UBA también se pronunció públicamente en defensa de la autonomía universitaria. Para el gobierno militar, aquella posición representó un desafío directo a su autoridad y reforzó la decisión de intervenir las casas de estudio.

Los medios anunciaron que: Tras el golpe de Estado encabezado por Juan Carlos Onganía, el Gobierno nacional avanzó sobre las universidades con una profunda reforma. La intervención eliminó la autonomía universitaria, concentró el poder en el Ministerio de Educación y provocó la renuncia de rectores y decanos.
El Gobierno de facto dispuso la disolución de los Consejos Superiores Universitarios y modificó el funcionamiento de las universidades nacionales mediante el Decreto-Ley N.º 16.912, sancionado pocos días después del golpe militar de 1966. La normativa redefinió el gobierno universitario, otorgó amplias facultades al Ministerio de Cultura y Educación e impuso severas restricciones a la participación política dentro de las casas de estudio.
La nueva legislación estableció que los rectores y decanos quedarían a cargo de la administración de las universidades bajo la supervisión directa del Poder Ejecutivo. Además, quienes no aceptaran continuar en sus funciones serían reemplazados por sus sustitutos o por autoridades designadas por el propio Ministerio.
La norma también facultó al Ministerio de Educación a intervenir en cualquier situación que considerara necesaria para preservar el «orden interno» de las universidades, concentrando el control político y administrativo del sistema universitario.
Uno de los puntos más retrogrados de la reforma fue la prohibición expresa de la actividad política dentro de las universidades. El decreto dispuso que los centros y asociaciones estudiantiles debían abstenerse de realizar actividades políticas, bajo apercibimiento de ser intervenidos por el Ministerio de Educación. Asimismo, rectores y decanos debían comunicar formalmente, dentro de las 48 horas, si aceptaban las nuevas funciones asignadas por el Gobierno militar; de no hacerlo, su silencio sería interpretado como una renuncia.
Renunciaron rectores y decanos
La publicación del decreto tuvo consecuencias inmediatas. Apenas se conocieron las nuevas disposiciones, rectores y decanos de distintas universidades nacionales presentaron sus renuncias en rechazo a la pérdida de la autonomía universitaria y al nuevo esquema de intervención estatal.
Estas medidas marcaron el comienzo de una de las etapas más críticas para la universidad argentina durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, cuyo punto más recordado sería, semanas después, la Noche de los Bastones Largos, cuando la Policía Federal reprimió violentamente a docentes, investigadores y estudiantes que resistían la intervención de las facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

El decreto que eliminó la autonomía universitaria
El conflicto estalló con la firma del Decreto-Ley 16.912, el 29 de julio de 1966, que dispuso la intervención de las universidades nacionales. La medida puso fin a la autonomía universitaria y al sistema de cogobierno consolidado a partir de la Reforma Universitaria de 1918, mediante el cual profesores, graduados y estudiantes participaban en la conducción de las casas de estudio.
La norma estableció que los rectores debían convertirse en interventores subordinados al Poder Ejecutivo o abandonar sus cargos. Además, colocó a las universidades bajo la órbita del Ministerio del Interior, encargado de las fuerzas de seguridad, y no bajo la administración educativa.
Desde ese momento, 1) los rectores perdieron su autonomía; 2) el Poder Ejecutivo quedó facultado para designar interventores; 3) fueron suspendidos los consejos superiores y directivos; y 4) se eliminó la participación de estudiantes, docentes y graduados en el gobierno universitario.

Hubo más de 400 detenidos, a Onganía se le pasó por la cabeza que había focos guerrilleros que aún eran incipientes en el país y con estas medidas aceleró su formación.

Las facultades ocupadas en defensa de la autonomía
Como respuesta a la intervención, autoridades, docentes, investigadores, graduados y estudiantes decidieron permanecer pacíficamente dentro de distintas facultades de la UBA. Las principales concentraciones se produjeron en Ciencias Exactas y Naturales, Filosofía y Letras, Arquitectura y Urbanismo, Ingeniería y otras unidades académicas.
Los ocupantes no estaban armados y buscaban expresar su rechazo a la eliminación de la autonomía universitaria. En varias facultades se realizaron reuniones y asambleas para decidir cómo responder al decreto firmado por la dictadura.

La represión en la Manzana de las Luces
El episodio más violento se produjo en la antigua sede de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, ubicada en la histórica Manzana de las Luces, en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Cerca de las 22:00, efectivos de la Guardia de Infantería de la Policía Federal Argentina rodearon el edificio y ordenaron su desalojo.

El procedimiento fue dirigido por el jefe de la Policía Federal, Mario Fonseca, y en distintas reconstrucciones históricas y periodísticas fue mencionado como “Operación Escarmiento”. Los agentes derribaron puertas, lanzaron gases lacrimógenos e ingresaron golpeando con bastones a quienes permanecían dentro de la facultad.

Dos filas de policías y una paliza brutal
Los ocupantes fueron obligados a salir del edificio pasando entre dos filas de policías. Mientras avanzaban hacia la calle, los efectivos los golpeaban en la cabeza, la espalda, los brazos y las piernas con largas porras de madera, además de culatas de armas.
El matemático Manuel Sadosky, entonces vicedecano de la facultad, recordaría años después que los policías golpeaban con enorme violencia y que resultaba sorprendente que no hubieran provocado víctimas fatales. Él mismo terminó con el rostro ensangrentado después de atravesar el corredor formado por los agentes.
La represión también alcanzó a otras facultades. En Filosofía y Letras, ubicada entonces sobre la avenida Independencia, la Policía ingresó por la fuerza y golpeó a numerosos estudiantes. Entre quienes se encontraban allí estaba el futuro sociólogo y director de la Biblioteca Nacional Horacio González, quien recibió un fuerte golpe en la cabeza.

Rolando García, el decano convertido en símbolo
Uno de los hechos más recordados ocurrió en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde el decano Rolando García decidió permanecer junto a docentes y estudiantes. Cuando intentó enfrentar verbalmente a los efectivos y reclamar por la ilegalidad del procedimiento, fue golpeado y resultó herido.
La imagen del decano ensangrentado se convirtió en uno de los símbolos más representativos de aquella noche. También quedaron como testimonio las fotografías de docentes y alumnos obligados a caminar entre dos hileras de policías que los golpeaban mientras abandonaban la facultad.

Heridos, detenidos y laboratorios destruidos
El operativo dejó numerosos heridos, más de 400 detenidos y graves daños materiales. Los policías destruyeron puertas, mobiliario, oficinas, bibliotecas, laboratorios y equipamiento científico que pertenecía a distintos institutos de investigación de la universidad.
El ataque no estuvo dirigido solamente contra quienes resistían la intervención. También alcanzó proyectos científicos que estudiaban la producción de lluvia artificial, los ríos patagónicos, la ecología del Chaco, la industrialización de la pesca y el desarrollo de programas de cálculo para empresas estatales como YPF, Gas del Estado y Agua y Energía.

La carta que denunció la represión en Estados Unidos
La violencia tuvo una inmediata repercusión internacional. El matemático estadounidense Warren Ambrose, profesor invitado de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, presenció el ingreso policial y también fue golpeado durante el desalojo.
Al día siguiente escribió una carta a The New York Times en la que describió los gases lacrimógenos, los golpes y el corredor formado por los policías para castigar a quienes salían del edificio. Su relato fue publicado por el diario estadounidense y luego reproducido por medios de Europa, América Latina y otros países.

Las 1.378 renuncias que vaciaron la UBA
Las consecuencias trascendieron ampliamente aquella noche. Durante la primera semana de agosto de 1966, se produjeron 1.378 renuncias de docentes e investigadores de la UBA, como respuesta a la intervención y a la represión policial.
Las dimisiones se distribuyeron entre distintas unidades académicas: 391 en Ciencias Exactas y Naturales; 305 en Filosofía y Letras; 268 en Arquitectura y Urbanismo; 180 en Ingeniería; 66 en Derecho; 35 en Ciencias Económicas; 34 en Medicina; 20 en Agronomía y Veterinaria; 14 en Farmacia y Bioquímica; 2 en Odontología; y 63 en institutos dependientes del Rectorado.

La fuga de cerebros que golpeó a la ciencia argentina
Una parte importante de quienes renunciaron emigró hacia universidades y centros de investigación de Estados Unidos, Europa y otros países de América Latina. Entre ellos había especialistas en física, matemática, química, biología, ingeniería, computación y ciencias sociales que integraban algunos de los equipos científicos más avanzados de la región.
Este proceso pasó a ser conocido como la “fuga de cerebros”, debido a la pérdida de una parte sustancial de la comunidad científica argentina. El país había invertido durante años en formar investigadores que, después de la intervención, continuaron sus carreras en instituciones extranjeras.

Clementina, el símbolo del desarrollo interrumpido
Uno de los casos más representativos fue el del Instituto de Cálculo de la UBA, donde funcionaba Clementina, la primera computadora científica instalada en una universidad argentina. El equipo medía aproximadamente 18 metros de largo, ocupaba una sala completa y había comenzado a funcionar en 1961.
Cerca de 100 especialistas trabajaban con la máquina para realizar cálculos astronómicos, estudios sobre ríos, análisis de reactores nucleares, investigaciones médicas, censos comerciales y traducciones automáticas. También fue utilizada para estudiar la trayectoria del cometa Halley y desarrollar proyectos para diferentes organismos públicos.
La renuncia masiva de sus profesionales provocó el vaciamiento casi completo del Instituto de Cálculo. Sin los científicos capaces de utilizarla y mantenerla, Clementina comenzó una larga agonía hasta ser finalmente desmantelada, sin que el proyecto tuviera una continuidad equivalente.

El fin de la edad de oro de la universidad argentina
Durante las décadas de 1950 y comienzos de los años 60, la UBA había alcanzado uno de los períodos de mayor desarrollo académico de su historia. Se crearon institutos de investigación de nivel internacional, se incorporaron científicos formados en el exterior y aumentó considerablemente la producción científica.
La intervención militar de 1966 interrumpió ese proceso y marcó el comienzo de un prolongado deterioro de la investigación universitaria. Por ese motivo, numerosos historiadores consideran que la Noche de los Bastones Largos significó el final de la llamada “edad de oro” de la universidad argentina.
¿Por qué se llamó la Noche de los Bastones Largos?
El episodio recibió ese nombre porque la Policía Federal Argentina utilizó largas porras de madera para golpear a autoridades, docentes, estudiantes, graduados e investigadores mientras eran desalojados de las facultades ocupadas.
Con el paso del tiempo, la expresión dejó de identificar únicamente la represión ocurrida durante la noche del 29 de julio de 1966. También pasó a simbolizar la intervención estatal sobre las universidades, la persecución de la comunidad académica, la destrucción de equipos científicos y uno de los golpes más graves sufridos por la educación y la investigación argentinas.





