La imagen de Víctor Dell’Aquila abrazando a Ubaldo Fillol y Alberto Tarantini después de la consagración de Argentina en el Mundial de 1978 quedó grabada para siempre en la memoria colectiva. Aquella escena de emoción desbordada no fue completamente inédita: años antes, el mismo protagonista había protagonizado un abrazo similar durante un clásico entre Racing y River, en una fotografía que anticipó, casi como una premonición, el nacimiento de uno de los grandes íconos del fútbol argentino.
El hombre perdió los brazos a los 12 años y terminó protagonizando la foto más emblemática de la Copa del Mundo de 1978. «Toqué el cielo con las manos», dijo Víctor luego de la foto. La foto fue tomada por el fotógrafo Ricardo Alfieri.
Víctor Dell’Aquila tenía 12 años cuando intentó recuperar un barrilete enganchado en una torre de alta tensión en San Francisco Solano (Quilmes). La descarga eléctrica obligó a amputarle ambos brazos. Durante su recuperación encontró en el fútbol una pasión que lo ayudó a reconstruir su vida. Aprendió a conducir, formó una familia, pintó con los pies y se convirtió en un habitué de las canchas.
Uno de esos momentos inolvidables ocurrió el 22 de noviembre de 1970, cuando Racing Club recibió a River Plate en Avellaneda. Como era habitual, Víctor Dell’Aquila ingresó al estadio gracias a la ayuda del arquero Rubén Guibaudo y se ubicó junto al banco de suplentes.
Hay un dato menos conocido que durante muchos años permaneció prácticamente olvidado. Ocho años antes del Mundial, en 1970, el propio Ricardo Alfieri ya había fotografiado a Dell’Aquila en una escena muy parecida durante un partido entre River y Racing. En esa oportunidad, el joven ingresó al campo para festejar un gol junto a J. J. López y Eduardo «Chavo» Anzarda, generando una imagen que anticipó, casi de manera profética, el futuro «Abrazo del Alma». Esa fotografía fue redescubierta décadas después por el periodista Juan Berretta.

Con el paso del tiempo, Víctor Dell’Aquila dejó de ser solo «el hombre sin brazos de la foto». Su historia pasó a representar la resiliencia, la pasión por el fútbol y la capacidad de sobreponerse a una tragedia personal. La fotografía sigue siendo una de las imágenes más reconocibles de la historia de los Mundiales y forma parte del patrimonio visual del deporte argentino.
Víctor Dell’Aquila y su recuperación
En el verano de 1969 recibió el alta médica definitiva. Regresó a su casa, retomó los estudios y volvió a reunirse con sus amigos para jugar al fútbol. Cada partido era una demostración que la tragedia no había conseguido derrotarlo.
Jugando para Unión Vecinal, en un torneo barrial, llamó la atención de José De Negri, un entrenador uruguayo de Sportivo Victoria, de Montevideo. El técnico quedó maravillado con la calidad futbolística de aquel adolescente. Se acercó para felicitarlo, le preguntó de qué club era hincha y, cuando escuchó la respuesta, lo sorprendió con una invitación inolvidable.
Al día siguiente lo llevó a La Bombonera para presenciar un partido entre Boca y Huracán. Víctor tenía apenas 14 años. Sentado en la platea descubrió otra dimensión del fútbol. Incluso compartió la ubicación con el legendario boxeador Oscar «Ringo» Bonavena, reconocido simpatizante del Globo. Aquella tarde cambió para siempre su relación con las canchas.
Su pasión por Boca era tan grande que, después del accidente en el que perdió ambos brazos, se hizo conocido por ingresar al campo de juego de La Bombonera para saludar a los jugadores. Con el tiempo, la dirigencia xeneize le permitió salir por el túnel junto al plantel y presenciar los partidos desde un lugar cercano al banco de suplentes.

El inicio del Ritual
Desde entonces comenzó un ritual que mantendría durante décadas. Cada domingo iba a ver a Boca y, cuando el equipo jugaba demasiado lejos, aprovechaba la cercanía para asistir a los partidos de Racing o Independiente en Avellaneda. Con el tiempo ya no le alcanzó con observar el espectáculo desde las tribunas. Quería acercarse a los jugadores, conseguir camisetas, pedir autógrafos y sentir el césped bajo sus pies. Así empezó a ingresar al campo de juego.
Con una habilidad sorprendente lograba superar los viejos fosos que separaban las tribunas del terreno de juego. En Racing hizo amistad con el arquero suplente Rubén «Mono» Guibaudo, quien comenzó a permitirle entrar por los vestuarios y permanecer junto al banco de suplentes antes de cada encuentro. Incluso participaba de los ejercicios previos pateándole pelotas a los arqueros. Eran otros tiempos. Y para Víctor Dell’Aquila, cada domingo representaba una nueva victoria frente a la vida.

El salto a la historia
El 25 de junio de 1978 cambió para siempre la vida de Víctor Dell’Aquila. Cuando Mario Kempes convirtió el tercer gol frente a Holanda, el estadio Monumental se convirtió en una explosión de alegría.

Desde una de las plateas, Víctor Dell’Aquila sintió que debía bajar al campo de juego. Esperó el pitazo final, cruzó el alambrado y caminó lentamente hasta ubicarse cerca del arco defendido por Ubaldo Fillol. Cuando el árbitro italiano Sergio Gonella marcó el final del partido, salió corriendo en busca de alguien para abrazar. En ese instante vio a Fillol y Alberto Tarantini arrodillados sobre el césped, abrazados y llorando. No lo dudó. Corrió hacia ellos. Las mangas vacías de su buzo se proyectaron hacia adelante mientras intentaba sumarse al festejo.


Pocos días después, el periodista Ernesto Cherquis Bialo le puso el nombre que terminaría convirtiéndola en un símbolo universal: «El abrazo del alma».
Una vida marcada por la superación
Víctor Dell’Aquila nunca permitió que la discapacidad definiera sus límites. Aprendió a realizar tareas cotidianas utilizando la cabeza, los hombros y los pies. Estudió dibujo, jugó al ping pong, fue campeón de pool, manejó una camioneta repartiendo verduras, trabajó en una empresa de colectivos y desempeñó distintos oficios para sostener a su familia.
Junto a Gilda formó un hogar donde criaron a sus hijos Mariano y Víctor. Siempre repite que el fútbol fue el gran motor que lo ayudó a salir adelante. «Mi familia me dio la vida. Pero el fútbol me devolvió las ganas de vivir», resume.
Gracias a ese deporte conoció a cientos de futbolistas, reunió camisetas firmadas por figuras de distintos clubes y hasta pudo fotografiarse con Diego Maradona, uno de sus máximos ídolos.

El sueño del Mundial
Décadas después de la final de 1978, la historia volvió a regalarle otra emoción. La empresa Coca-Cola eligió la imagen de El abrazo del alma para una campaña internacional previa al Mundial de Brasil 2014. Aquella iniciativa permitió que Víctor Dell’Aquila se reencontrara con Fillol y Tarantini, además de cumplir un sueño pendiente. Fue invitado a presenciar una Copa del Mundo.
«Siempre decía que me faltaba vivir un Mundial. Pensé que nunca iba a poder hacerlo. Y al final lo conseguí», recuerda con orgullo.
Mucho más que una foto
Hoy, cuando repasa su historia, Víctor Dell’Aquila suele repetir una frase que resume todo lo que vivió. Dice que está «tocado por la varita mágica». No porque la vida haya sido sencilla. Todo lo contrario. Sobrevivió a una descarga eléctrica que parecía imposible de superar, aprendió a caminar nuevamente, construyó una familia, trabajó durante toda su vida y encontró en el fútbol un refugio para no caer en la desesperanza.
Por eso, cuando asegura que alguna vez «tocó el cielo con las manos», nadie piensa en una metáfora.
Todos entienden que, aunque no tenga brazos desde los 12 años, pocas personas estuvieron tan cerca de convertir una tragedia en una historia de esperanza como Víctor Dell’Aquila, el hombre que terminó inmortalizado en la fotografía más emblemática del Mundial de 1978.





