¿Día de la Patria? El 25 de Mayo 1810: cuando Buenos Aires descubrió que podía desobedecer

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Hay fechas que el calendario domestica. Las convierte en escarapelas, en actos escolares, en pastelitos de membrillo y en chicos disfrazados de vendedores ambulantes. El 25 de Mayo corre ese riesgo desde hace décadas: el riesgo de dejar de ser una revolución para convertirse apenas en una postal.

Pero el 25 de Mayo no fue una postal. Fue una crisis de poder. Fue el instante, brutal, incierto y peligroso, en que un grupo de hombres descubrió que la autoridad podía caerse. Y que, caída la autoridad, alguien debía ocupar el vacío.

Eso fue mayo de 1810. No el acto escolar o el fin de semana largo en las playas del Atlántico. Fue Sangre y Revolución.

España estaba invadida por Napoleón. El rey Fernando VII había sido desplazado. La corona, esa burocracia gigantesca que organizaba el mundo colonial, comenzaba a resquebrajarse. Y entonces apareció la pregunta decisiva. La pregunta filosófica. La pregunta política. La pregunta revolucionaria: – ¿Quién manda cuando el rey ya no manda?

El Virreinato del Río de la Plata vivía de obedecer. Obedecía a España, obedecía al rey, obedecía a la lógica colonial. Pero cuando la legitimidad de la monarquía entró en crisis, también entró en crisis la obediencia. Y ahí apareció algo nuevo: el pueblo.

No el “pueblo” romántico de los manuales escolares. No. El pueblo concreto, ruidoso, violento, movilizado, presionando frente al Cabildo. Gritando. Amenazando. Exigiendo. Porque las revoluciones no ocurren en silencio. Las revoluciones meten miedo.

La gente, la plaza y el Cabildo, una imagen que nos trae a la actualidad: la presión, el espacio público y el santuario de las decisiones
La gente, la plaza y el Cabildo, una imagen que nos trae a la actualidad: la presión, el espacio público y el santuario de las decisiones

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Entre el 18 y el 25 de mayo de 1810, Buenos Aires dejó de ser apenas una colonia obediente y empezó a imaginarse como sujeto político. Y eso no ocurrió por generación espontánea ni por iluminación patriótica. Ocurrió porque el poder vaciló.

El virrey Cisneros todavía creía que podía sostenerse. Todavía suponía que las jerarquías coloniales seguirían funcionando. Que el poder era nominal. Pero no entendía algo elemental: cuando un poder pierde legitimidad, conserva apenas la fuerza. Y cuando incluso la fuerza empieza a dudar, el derrumbe se vuelve inevitable.

Saavedra lo entendió antes. Moreno lo entendió antes. Castelli lo entendió antes. Y también lo entendió esa multitud que ocupaba la plaza mientras el Cabildo intentaba ganar tiempo con maniobras desesperadas.

Porque el Cabildo quiso salvar al virrey y esto no lo cuenta. El Cabildo quiso salvar la autoridad. El Cabildo quiso salvar la relación con España. Quiso reciclar la Colonia llamada Virreinato del Río de la Plata. Lo quiso maquillar bajo nuevas formas. Quiso hacer política conservadora en medio de una revolución. Y ése fue, precisamente, su error.

El pueblo quiere saber de qué se trata fue una frase sin origen, sin sujeto político que se hiciera carga, fue la frase para representar esa plaza, inquieta y lista para pelear
El pueblo quiere saber de qué se trata fue una frase sin origen, sin sujeto político que se hiciera carga, fue la frase para representar esa plaza, inquieta y lista para pelear

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La historia argentina tiene algo de repetición obsesiva: sectores de poder que creen que pueden administrar el cambio sin cambiar nada. Pero mayo de 1810 ya no admitía maquillaje institucional. El virrey debía caer. Y entonces, ¿qué pasó?: Cayó. Y en un abrir y cerrar de ojos nació la Primera Junta.

No la independencia. Todavía no. No la patria consolidada. No el Estado argentino tal como hoy lo conocemos. Pero sí algo decisivo: la idea de que el poder podía surgir aquí y no en Madrid. La idea, enorme, peligrosa y revolucionaria, de que los pueblos podían gobernarse a sí mismos.

Por eso el 25 de Mayo sigue siendo incómodo. Porque recuerda que las naciones no nacen del consenso perfecto sino de la crisis. Del conflicto. De la disputa por la legitimidad. Y porque recuerda algo todavía más inquietante: que toda autoridad, incluso la más sólida, puede desplomarse cuando quienes obedecen dejan de creer en ella.

Ésa fue la verdadera revolución. No solamente cambiar un gobierno. Cambiar el origen del poder.

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