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Escribir desde el encierro y el dolor. En este artículo, Sebastián Zárate, periodista, docente y estudiante de la Licenciatura y el Profesorado en Letras en la UBA, reflexiona sobre la importancia de escribir en momentos de encierro, represión y dolor. Lo hace a partir de una lectura profunda del Diario del uruguayo Ángel Rama (1926-1983), texto que escribió durante su exilio. Escribir es estar en movimiento. La composición de un diario personal otorga la posibilidad de rememorar acontecimientos para construir espacios de identidad propios. La literatura garantiza que la memoria circule de una generación a otra mediante la palabra escrita.

(por Sebastián Zárate).- Escribir desde el encierro y el dolor. Exilio y encierro, escritura y experiencia. La dictadura como herramienta del poder del Estado para reprimir y sujetar los cuerpos. ¿Cómo escribir en el destierro? ¿De qué manera hacerlo? Quien no vivió, no podrá escribir y jamás podrá narrar sus memorias porque no tendrá recuerdos que contar. El sujeto se forma con la experiencia. La lectura del Diario de Ángel Rama arroja al lector a escribir. Con fuerza y compromiso. Escribir un diario personal es comprometerse con el presente y narrar. Rama lee, piensa y escribe: «El barrio gótico, frente a la catedral, viejos, jóvenes y aun niños, trenzan las rondas de la sardana al son de una banda que resopla desde las escaleras de la iglesia», anota el 25 de diciembre de 1977. Rama siente y escribe. Su cuerpo se compromete con la escritura: «El diario no ha nacido porque sí en mi vida en estos años: voy entrando dentro; y no es el cambio de medio y sus hostilidades, sino la tarea del tiempo que me lleva a un ámbito interior para el que he sido tantas veces sordo y me propone su calma y la sedimentación del vivir» (25 de diciembre de 1977).

Rama escribe en el exilio. Mientras atraviesa la experiencia. Frente a la pregunta ¿por qué hay que leerlo?, la respuesta es porque hay que seguir escribiendo.

¿Qué es escribir? Una manera de pensar y poner el cuerpo para que surjan las palabras. En un contexto de exilio, el sujeto se traslada a un lugar no deseado. Separación, ausencia, destierro. La dictadura desplaza al exilio a Ángel Rama. Sobrevienen la angustia y el sufrimiento, que no tienen «formas ni expresiones» (17 de septiembre de 1974). La nueva vida en el exilio consiste en restaurar y recuperar lo que quedó en Uruguay. Es ahí cuando surgen la escritura y la palabra. Y en esa escritura resuenan la memoria y el recuerdo de aquella vida que alguna vez fue pero ya no es. El destierro es físico y cultural. El exilio fragmenta al sujeto, reprime su cuerpo. Por eso hay que escribir todo el tiempo.

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Sin conocer y entender el pasado no se puede entender el presente. Pero también debemos estudiar el presente para entender el pasado y construir el futuro. ¿De qué manera estudiamos nuestro pasado y pensamos el futuro si no entendemos dónde estamos ubicados? La respuesta a este último interrogante la encontramos en la literatura, el instrumento cultural más valioso para contar lo que pasó, pensar lo que pasa y proyectarnos hacia lo que pasará. «El placer que despierta la lectura (de un diario de escritor) se vincula además con la posibilidad cierta de inmersión en la vida social, literaria e intelectual, que rodea al diarista, y con el acceso a mundos perdidos o lejanos que, de otro modo, nos estarían negados» (De Arriba, María Laura. «Ángel Rama: avatares del intelectual latinoamericano». En: Cuadernos del sur, 2011: 97).

Escribir desde el encierro y el dolor. Ángel Rama muestra un presente: la dictadura y el exilio. Y transmite una experiencia: la de un sujeto que vio, conoció y/o sufrió un hecho. Ese conocimiento permite adquirir un saber que transforma al individuo en una nueva figura: la del exiliado que relata su verdad a partir de lo que experimentó. El testimonio del exiliado se entrelaza con lo verdadero y lo experimentado y queda establecido que lo que primero se vio y conoció puede luego ser testimoniado.

Escribir significa también fijar ideas y establecer una relación con lo que experimentamos al mismo tiempo que vivimos. El deseo de experimentar despierta curiosidad, interés y potencia la capacidad de escuchar y observar para descubrir cosas y transformar en literatura la experiencia vital. ¿Por qué y para qué leemos y escribimos? «Desde mi infancia, leer ha sido para mí una especie de felicidad privada para la que apenas han existido algunos sustitutos. Tenía yo doce años cuando acudía a la Biblioteca Nacional a leer, y lo curioso es que las lecturas eran como jornadas de trabajo. Durante horas leía lo que entonces, en mi adolescencia, eran los autores preferidos, la literatura española. Llevaba una especie de cuadernito en el que anotaba lo que leía: el nombre del autor, el tema del libro y el comentario personal». En  1974  Ángel  Rama  se  encuentra  en  Venezuela,  trabajando  en  una  selección de los diarios de Rufino Blanco Fombona cuando evoca la lectura que hiciera de adolescente de André Gide. A partir de esa lectura, decide escribir su Diario. Rama llega a Venezuela en 1972 para dictar  un  curso en la Escuela de Letras de la Universidad Central. Al año siguiente se produce la dictadura en Uruguay (1973-1985) y le resulta imposible el retorno a su patria. (https://elpais.com/noticias/dictadura-uruguay/). Tendrá que permanecer ahí hasta 1979. Son años fecundos y complicados en los que consolida y difunde una obra que hará de él uno de los nombres decisivos de la crítica latinoamericana. Luego seguirán las permanencias en distintas universidades estadounidenses y su asistencia a innumerables centros académicos del más alto nivel en calidad de conferencista. (https://muse.jhu.edu/article/491702/pdf).

El placer por la lectura del diario de Blanco Fombona despierta en Rama el interés por escribir. (http://www.filosofia.org/rbf/rbf.htm). Quiere contar lo que le pasa. Mostrar lo que sucede a su alrededor y qué pasa con su cuerpo luego de ser obligado a permanecer en otro territorio. La escritura funciona como instrumento de liberación para el sujeto exiliado. «¿Dónde el error? Si esta libreta sirviera para descubrirlo (y soy algo escéptico) se justificaría el esfuerzo de atenderla, haciendo un hueco en la vorágine cotidiana», anota el 9 de octubre de 1977. La escritura del diario está inmersa en lo cotidiano. Se escribe mientras se vive y el deseo de escribir nace de la imaginación. «Como todos los humanos- creo- aunque posiblemente con más amplitud, acostumbro a sostener diálogos imaginarios, esos que Unamuno designó felizmente como ‘monodiálogos'», escribe el 11 de noviembre de 1977.

La escritura le permite al exiliado construir un relato a partir de recuerdos que permanecen vivos a la espera del momento propicio para ser expresados. La composición del Diario otorga a Rama la posibilidad de rememorar esos acontecimientos del exilio para construir espacios de identidad propios. Y en ese proceso, la literatura cumple el rol de garantizar que esa memoria circule de una generación a otra mediante la palabra escrita.

La dictadura resulta clave para analizar el Diario de Rama, fechado entre 1974 y 1983. Hay que ubicar al sujeto en su contexto. «Se escribe un diario para dar testimonio de una época» (Pauls, Alan. «Las banderas del célibe» (Prólogo). En: Cómo se escribe el diario íntimo. Selección, prólogo e introducciones de Alan Pauls. – 1a ed. – Buenos Aires: El Ateneo, 1996.).

Escribir desde el encierro y el dolor. El Diario de Rama presenta a un escritor desterrado por un hecho histórico y político: la dictadura. El cuerpo no se desplaza por decisión propia, sino por la represión del Estado. El poder dictatorial obliga al sujeto a realizar una traslación involuntaria y en ese marco la escritura del diario se produce en un campo de lucha. ¿Contra qué? El soliloquio: «ese enrarecimiento del vivir al ser desgonzado de sus naturales quicios» (1 de septiembre de 1974). Rama escribe para ponerse a salvo de la soledad: «Creo que me place escribir en esta libreta por la simple razón de que no tengo con quién hablar», anota el 7 de noviembre de 1977. «Escribir cada día, es una manera cómoda de escapar al silencio». (Blanchot, Maurice. «El diario íntimo y el relato». En: El libro que vendrá. Venezuela. Monte Avila Latinoamericana, 1992: 209).

El diario y la escritura cubren un espacio vacío en el cuerpo del sujeto exiliado. «Todo duele». La dictadura y el exilio. También el cuerpo. Duelen «hasta los dientes con ese dolor de acabamiento». Entonces, «¿a quién pedir ayuda? ¿Qué regazo tibio y dulce?» (3 de octubre de 1974). El exilio, reflexiona Osvaldo Bayer, «es una enfermedad que lleva a la cuarentena del afectado». (https://octubretv.com/videos/retrospectiva-carlos-echeverria/cuarentena-carlos-echevarria/). La escritura del diario no puede pensarse separada de la vida. El diario pone en escena una sucesión de días y noches. Rama escribe mientras vive un «exilio que se hizo demasiado largo y el peso de ganarse la vida se tornó penoso» (1° de septiembre de 1974).

El exilio «no es una invención reciente en la América Latina: toda su historia independiente de siglo y medio largo ha estado acompañada por obligados desplazamientos del equipo político e intelectual de los diversos países, que encontró en estados vecinos y en Europa, temporaria acogida mientras en sus patrias se hacía imposible su tarea», escribe Rama en «La riesgosa navegación del escritor exiliado» en Nueva Sociedad en marzo de 1978. En ese escrito, reflexiona: «No es una conjugación fácil. La palabra exilio tiene un matiz precario y temporero: parece aludir a una situación anormal, transitoria, algo así como un paréntesis que habrá de cerrarse con el puntual retorno a los orígenes. Esto la distingue de la palabra emigración que traduce una resolución definitiva de alejamiento e integración a otra cultura».

Escribir desde el encierro y el dolor. El exilio es una experiencia traumática en la que el sujeto es forzado a dar un paso no deseado que cambiará radicalmente su existencia. Rama escribe en Nueva Sociedad: «los exilios, aun los duros e ingratos, devienen una condición permanente de la vida: son ellos los que proporcionan la textura de la existencia durante un largo período de la vida adulta, con su peculiar desgarramiento entre la nostalgia de la patria y la integración, por precaria que parezca, a otras patrias, todo ello actuando sobre un estado de transitoriedad y de inseguridad que resulta constitutivo psicológicamente de esta circunstancia vital».

El Diario de Rama es también un registro de lo cotidiano. Del paso del tiempo. De la «fascinación» de los aeropuertos. De su sensación de incompletitud cuando su mujer, Marta Traba, está ausente. «Vivir en la inseguridad, al día, sin saber qué será de uno mañana, como en un incesante derrumbamiento. No consigo acostumbrarme», escribe el 17 de septiembre de 1974. Esa inseguridad genera un dominio de la angustia. «Vuelvo nuevamente de lo negro y ahora estoy en el día, como un extraño», anota en esa misma fecha. La escritura diaria es una herramienta para la liberación y darle sentido a la vida. «Los diarios íntimos, al menos en el siglo XX, empiezan cuando el mundo ya no puede volver sobre sus pasos, asomado como está al abismo de su aniquilación» (Pauls, 1996: 9).

Rama le pone el cuerpo a la escritura del Diario. Entre 1974 y 1983- con una pausa en los años 1975, 1976 y 1979- escribe mientras los hechos suceden. La dictadura en Uruguay y su exilio en Venezuela y sus viajes a Estados Unidos y España, países en los que también escribe. El desplazamiento del cuerpo activa una dimensión para conocer y aprender y permanecer entre extraños y relacionarse con otros. Ese desplazamiento también podemos pensarlo como una práctica del sujeto para abordar una instancia subjetiva, afectiva y sensorial de la percepción de los espacios que recorre. «Yo rehago mi sufrimiento, me excuso, me explico, ataco, me vengo, en un vértigo mental. Estoy satanizado por el medio y sigo acosado», escribe el 20 de diciembre de 1977.

Escribir desde el encierro y el dolor. El exilio motiva en Rama preguntas que todo escritor debe formularse: ¿dónde estoy?, ¿quién soy?, ¿para qué existimos?, ¿por qué escribimos? «Podría preguntarme en qué planeta estoy, con qué gente debo tratar, quiénes son y qué móviles mueven sus conductas», escribe el 22 de septiembre de 1978 y en la primera línea de la entrada del día siguiente agrega: «Reapareció el Diario, llamado por la soledad y la inquietud».

En un diario, el autor, el narrador y el personaje confluyen en un solo sujeto: Ángel Rama. Por lo tanto, ubicamos al Diario dentro de las escrituras del yo. «Los diarios íntimos o personales materializan en la escritura un soliloquio, un monólogo interior o una especie de carta destinada a sí mismo o a la entidad absolutamente especular que surge, a veces en la forma de una segunda persona, simultáneamente con el quehacer discursivo». (De Arriba, 2011: 95).

Escribir desde el encierro y el dolor. La experiencia en el exilio implica también un abordaje con el modo en que el hombre se relaciona con ese hecho y la escritura del diario le da al sujeto la posibilidad de poner en palabras esa representación de lo real. En la primera anotación del del 1° de septiembre de 1974, Rama escribe: «Todo tiene que ver con esas heridas secretas, o esas obsesiones y temores que me acompañan de siempre, vivas e irresolutas, y que llaman a una consideración. Seguramente  reaparecerán, si este diario no es prestamente abandonado. Tengo curiosidad por esa reminiscencia, a esta edad, por su nueva apariencia o por su terca fijeza acaso».

El exilio resulta una experiencia de vida interior del sujeto que Rama hace pública con la escritura del Diario. Esto le permite comunicar esa experiencia y poner en valor su propia vida. «Releí toda la libreta, me prometí no abandonarla, porque recuperé un tiempo que no solo es información objetiva y externa, sino la humedad de la vida interior asomando a ratos y recompensando», escribe en la entrada del 9 de octubre de 1977.

El exilio es un quiebre en el proyecto de vida. Es la pérdida del espacio familiar, social y cultural en el que la cotidianeidad del exiliado se desarrollaba. Pero también surge la adaptación a un medio desconocido y no elegido.

Otra pregunta para avanzar con este análisis: ¿cómo se constituye en el texto el poder de la dictadura en Uruguay?

En el Diario ese poder está asociado a la represión de los cuerpos que Rama hace visible cuando le niegan el pasaporte. «Soy un hombre tan peligroso para ellos como los propios subversivos», anota el 6 de septiembre de 1974. El escritor aparece aquí como una amenaza para el dictador y el orden establecido. La dictadura reprime la imaginación. También clausura el arte y la palabra, la libertad y la creación. «La dictadura es clara: nada para los que se atreven a disentir: no ponga los pies en el Uruguay», piensa y anota el 15 de septiembre de 1974. Rama escribe para vivir. Siente que hay que escribir para seguir viviendo. «Deseo de estar en casa tranquilo, bebiendo, leyendo, escribiendo este diario», anota el 18 de octubre de 1974. 

Escribir desde el encierro y el dolor. La política represiva del poder autoritario actúa sobre el exiliado hasta destruir su fuerza mental y psicológica. La intimidación permanente y la violencia física son mecanismos de sujeción para desgarrar el cuerpo del sujeto en el exilio. Y entonces surge la pregunta: ¿cómo contar esa experiencia? La escritura es una manera de resistir, liberarse e intervenir frente a ese contexto de violencia extrema mediante la cual la dictadura intenta clausurar la palabra. Rama escribe en el Diario: «me transformo en un zombi: ni hablar puedo, soy nada más que fatiga y deseo de morir para descansar infinitamente» (22 de septiembre de 1974).

Rama ubica a la literatura en primer plano: «Relectura tensa y jocunda de la novela de Arguedas, Los ríos profundos, sobre la que quiero escribir para la reunión de Texas el 20 de marzo. Admiración por su escritura precisa y rápida, por el movimiento empinado de la acción, por los niveles de la construcción que la transforman en una «ópera» más que en una novela» (8 de marzo de 1980).

Rama continúa leyendo y lo hace mientras escribe. «Mucho Dostoievski secreto y narradores nórdicos como en Rulfo (Hamsum, Lagerloff, Laxness) y sobre todo una violencia delicada que pone en ascua a toda la historia, le da un fuego que ilumina y no quema», apunta en la entrada del 8 de marzo de 1980 después de casi un año de abandono de sus anotaciones. (https://diarioanticipos.com/2019/02/05/periodismo-observar-escribir-y-el-oficio-terrestre/).

En el prólogo a la edición del Diario que se toma como fuente para este trabajo, Rosario Peyrou sostiene que el momento histórico en el que Rama escribe «coincide con su etapa más fermental como teórico de la literatura y la cultura latinoamericanas, pero es sobre todo el testimonio de una aventura personal: la de un hombre que cerca de los cincuenta años debe emprender en otras tierras una nueva vida obligado por circunstancias políticas que marcaron a fuego a las sociedades rioplatenses, y que convierte esas circunstancias adversas en un acicate de su productividad intelectual».

Escribir desde el encierro y el dolor. El Diario de Rama es un testimonio. La década de los años setenta representó para América del Sur uno de los momentos históricos más brutales. En junio de 1973 en Uruguay. En septiembre del mismo año en Chile. En marzo de 1976 en Argentina. Las dictaduras se sucedieron en América Latina. Desaparecieron escritoras y escritores, periodistas y militantes, luchadoras y luchadores sociales, trabajadoras y trabajadores, artistas. Otras y otros se exiliaron y también fueron censuradas y censurados. Rama escribe mientras todo esto ocurre. Si en su país los intelectuales ven coartada su libertad para escribir y expresarse, en el exilio hallan la manera de decir lo que piensan. «El Diario no puede nacer si no es de una cierta experiencia de la soledad. Implica escisión, un tiempo propio donde la autoconciencia puede manifestarse. Es un repliegue», escribe el 19 de octubre de 1974.

La escritura como repliegue, refugio. «Todo el problema radica en mantener una vida interior exaltante», apunta en Washington el 1° de febrero de 1980. Cómo continuar la vida en el exilio cuando el exilio es dolor y soledad y también un vacío que se debe llenar. En el exilio la escritura emerge como una nostalgia que nos traslada al pasado. En ese recuerdo el escritor reconstruye la historia que el diario transforma en presente. Escribir es estar en movimiento. Significa comprometerse con el momento en que se escribe. El Diario nos permite pensar vivo a Rama. Esas anotaciones, día tras día, son las marcas del placer por leer y escribir, imaginar y pensar. Escribir en el exilio es esperanzador. La escritura del diario avanza a la par de la vida. Si el diario se detiene es porque se detiene la vida. El exilio y las dictaduras ubican al escritor en una situación de abandono y pérdida. Es una página en blanco que el escritor comienza a llenar cuando comparte experiencias. Entre anotación y anotación, Rama transmite una manera de vivir. Su diario es una manifestación testimonial de una experiencia de vida. Para escribir, algo tiene que suceder. Lo define Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo: «¡Qué débil es la palabra cuando el ánimo anda mal!».

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