Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco IV

Viernes 13: Crónicas del Paciente

Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco IV. Me hice tantos estudios que ya perdí la cuenta. Así que anoto uno por uno en una cuaderno que nunca leo. Es una carrera endemoniada. Ahí figuran los llamados prequirúrgicos. Ninguno fue entretenido. Incluso son bastante molestos. Pero qué podía hacer. Me los hice y punto.

Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco IV. Tengo todo prácticamente organizado excepto la cirugía que la organiza V.K., el médico de apellido bielorruso que va a cambiar mi pequeña válvula aórtica atrofiada.

El lo cuenta tal como un sujeto afable narra una día de pesca con sus amigos, y para mi es la dimensión desconocida de un montón de hombres y mujeres que se preparan para una misión de la que uno quiere saltearse todos los detalles.

La única manera de afrontar la operación fue saber la menos posible y confiar en todo.

Ahora que todos mis amigos saben que llega el día, vivo el momento de los ofrecimientos testimoniales.

Y entonces yo pido automáticamente cosas imposibles, desde montañas de dinero, hasta una última noche de cariño. Finalmente no recibí ni una ni otra cosa, lo que es bastante injusto porque quizás sea mi última voluntad.

A G.T. le pedí 100 mil dólares y nunca más quiso hablar conmigo. Y a A.G.L. una noche en mi cama y sólo me dijo «bueno, veo que estas bien».

A la sexy B.N. que se ríe y agradece cuando le escribo algo romántico que viniendo de mí, se puede considerar una frase que bordea lo explícito, no dice ni blanco, ni negro, ni sí, ni no, ni mañana, ni tal vez. No dice nada y ríe. Por eso es B. la Sexy. Sabe cómo mantener la expectativa.

El punto es que entre lo que se ofrece, se desea y se consigue, no hay relación.

Todos quieren hacer algo por el otro. Pero siempre y cuando el otro lo pida, lo que es una enorme contradicción.

Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco

La Velocidad de las Cosas

Así vivimos en la época en que la excusa de no invadir al sujeto lindante funciona para seguir con el ritmo y la despreocupación de nuestras vidas.

Hay un texto no escrito en el que se explica que nada se va a hacer y excepto repetir la frase «contá conmigo». Y es tan así que al final de la jornada, ningún voluntario hace algo espontáneo por el paciente.

Es el peso de la carga se invierte y abruma. De pronto, alguien aparece por WhatsApp y de pronto dice: «Lo que necesitás, me avisás», cuando el paciente está dentro de un laberinto infinito y aunque sabe que puede vencerlo también es consciente que para lograrlo deberá concentrarse al máximo. Tanto, que ya no sabe que quiere, aunque siente que son miles de cosas las que le hacen falta para lograrlo.

Por momentos, uno parece atravesar Elegía de Phillip Roth, un libro duro, tanto duro como la realidad, en el que el norteamericano toma como hilo conductor la historia de un sujeto sin nombre en dirección a la muerte.

Así que uno, que necesita tantas cosas por segundo que no sabe por cuál empezar, finalmente las horas, los días, las semanas, lo van convenciendo que para las actividades cotidianas, las más simples y mundanas, aquellas que siempre ha hecho en su vida y aún puede hacerlas, se tiene a uno y nada más que a uno. Y en este mundo 2020 parece que eso es una obligación.

Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco

Las Mujeres

El contacto más saludable no está nada mal dejarlo en manos de las mujeres. Ellas pueden llevarlo adelante sin problema alguno.

Digo esto sobre las mujeres porque me lo enseñó Marcel Proust. Lo narra y con detalles en En Busca del Tiempo Perdido. Describe a las mujeres en todo momento como astutas y define la astucia como un concepto superior a la inteligencia. Marcel Proust tuvo y tiene razón y lo dejó por escrito.

Pese a la astucia, las mujeres no pierden los gestos, las caricias, las miradas, las escenas, los abrazos. Por eso el mundo sin mujeres sería un lugar espantoso, monocorde y repleto de hombre bestiales entre los que me pueden contar, queriéndose matar.

De eso trata lo que dijo Marcel Proust. Si el hombre fuera astuto, no intentaría darle forma al mundo por la fuerza.

Y si aún el mundo contiene algo de humanidad, es gracias a la astucia de las mujeres. Por lo tanto, dado que aún existe, la forma del mundo no tengo dudas de que es femenina.

De todas maneras, no entiendo para que la gente ofrece cosas que no puede dar en momentos en que no hay nada que hacer.

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La Culpa como el Metalenguaje Occidental

Quiero suponer que es alguna costumbre occidental producto de nuestra cultura judeo cristiana culposa y de la que nadie está exento, excepto Friedrich Nietzsche.

El único que puede cumplir mi fantasía es el cirujano V.K., y esea fantasía es real, o sea, operarme exitosamente y salir de nuevo al mundo para llevarme todo por delante como es mi costumbre.

Sino me llevara las cosas por delante, mi vida no sería una posibilidad sino un hecho programado. Un programa de software.

Pero la vida vida, es la lucha, la lucha es el conflicto, el conflicto es mañana y el mañana es colectivo. No tiene dueño y todos son bienvenidos.

Con todos los estudios entre mis manos, me falta muy poco para entrar al quirófano. Ahora se trata de charlas y charlas y charlas en las que no debe responder cien veces lo mismo y luego, al fin, obtener la admisión.

Los médicos parecen que preparan una final entre dos equipos.

Luego de la operación, no tengo nada más que resolver salvo un televisor para ver alguna tontería por cable que es lo único que pasan. E insistir para poder tener mi notebook sobre mis piernas.

Puedo dejar de hacer muchas cosas, lo que no puedo dejar nunca de hacer es fumar y escribir. Y ya que voy a tener que dejar de fumar, lo menos que podrían hacer los médicos es dejarme escribir.

También tengo ganas de volver a jugar tenis con mis amigos que es más o menos como un partido filmado en slow motion por Ridley Scott en base a un guión de Stephen King.

Pero soy un «pibe de club», de esos que iba todos los días con el bolso y luego de entrenar se bañaba entre rías y latigazos de toallas húmedas. Tonterías de niños que hacen a la felicidad y los buenos recuerdos.

Cuarenta y cuatro años después, ese «pibe de club» es un adulto de club que hace algún que otro deporte menos intenso pero de todos modos se lleva el bolso, se baña y cena con sus amigos.

Volver a escribir, voy a volver al deporte y voy a volver pelearme con el que quiera que es lo único que espero de esta carrera con obstáculos que es la vida y que dejará en el camino mi válvula aórtica para que yo viva un par de décadas más. No recen por mí. Vuelvo y más entero.

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