Enseñar diferente para una escuela distinta

Enseñar diferente para una escuela distinta. En este artículo, el Periodista, Docente y Estudiante del Profesorado y la Licenciatura en Letras en la Universidad de Buenos Aires, Sebastián Zárate, narra su experiencia como educador.

Enseñar diferente para una escuela distinta. El objeto de este texto es una reflexión que aparenta ser simple pero atraviesa toda la educación: «Algo no estamos haciendo bien si en el siglo XXI enseñamos como nuestres profesores del siglo XX».

(por Sebastián Zárate).- Siempre que doy clases en el nivel secundario trato de recordar cómo era la escuela de antes. Intento trasladarme a mi etapa de niño-adolescente-estudiante entre los años 1986 y 2000.

Seguramente aquella escuela no era igual a la de ahora. No sé si era mejor o peor. Era distinta. Recuerdo a la profesora de Lengua de la secundaria. Ella leía y nosotres escuchábamos.

También leíamos nosotres y entonces era ella la que nos escuchaba.

Pero lo que no recuerdo es a mí y a mis compañeres escribiendo.

Tampoco, a la profesora diciéndonos: «Hoy vamos a escribir. Quiero que utilicen la imaginación y recuerden. Trasládense al pasado y por medio de ese recuerdo narren su propia historia».

Leíamos y respondíamos un cuestionario. Como si la literatura fuese una actividad preparatoria para un concurso de preguntas y respuestas.

Veinte años después de aquella experiencia como niño-adolescente-estudiante, me toca a mí estar en el lugar de aquella profesora de Lengua.

Y yo propongo hacer lo que ella no hizo. No para construir una escuela mejor, sino distinta. Porque algo no estamos haciendo bien si en el siglo XXI enseñamos como nuestres profesores del siglo XX.

Si les docentes no le damos a la juventud herramientas para crear, estamos cometiendo una anomalía, realmente.

Enseñar diferente para una escuela distinta

Me siento a escribir luego de la experiencia compartida con mis estudiantes de primer año del turno tarde del Instituto Secundario Martín Coronado durante los dos días de lectura del cuento «Como un León» que encuadré en las clases sobre Literatura y Realidad.

Recuerdo a J.M., de 14 años. «A mí nunca me gustó la escuela, repetí porque no iba nunca y me quedé libre», nos dice J.M. cuando leemos el recuerdo de Lito en la escuela. (Pienso: ¿Dónde estará J.M. esta mañana de domingo de octubre nublada y fría luego de haber abandonado nuevamente la escuela?).

«La jaula es el aula, un lugar como éste», recuerdo la voz de J.M. después que terminamos de leer la comparación de Lito con ese lugar donde se encierra a los pájaros para no permitirles ni volar ni ser libres.

Luego de la lectura, les alumnes escriben una autobiografía.

Me detengo en J.M. porque lo que escribe nos permite pensar entre todes qué hace la escuela con les alumnes. ¿Les considera objetos en construcción o sujetos que se construyen? (Meirieu, 1998).

J.M. escribe en su autobiografía: «(…) otro recuerdo fue cuando repetí primer año del secundario. Repetí porque me quedé libre superando las 35 faltas. No iba nunca y cuando iba no sabía nada y me quedaba con el celular. No me daban trabajo para hacer porque sabían que iba a repetir».

Esta última oración de J.M. es conceptualmente fuerte. Ubica en la vidriera a aquelles docentes que frente al difícil trabajo de enseñar para acompañar e incluir, se relajan en la fácil tarea de excluir.

La autobiografía resulta como primera producción luego de leer el cuento de Haroldo Conti.

De esa misma lectura deriva un trabajo colectivo: el diario íntimo.

Les alumnes escriben en un cuaderno las diferentes consignas que todas las clases les doy. La película «Escritores de la Libertad» es el disparador de esta propuesta.

Hay que leer y escribir. Si no proponemos que nuestres alumnes lean y escriban, ¿para qué enseñamos Lengua y Literatura? ¿Qué estamos enseñando si en la hora de Prácticas del Lenguaje no permitimos a nuestres alumnes pensar su vida y la escuela y relacionar su pasado con su presente para acompañarles a construir su futuro?

De lo que se trata es de pensar la forma escolar y cómo nos relacionamos les docentes con les alumnes y de qué manera la escuela incorpora al sujeto en el contexto social en el que se está construyendo.

Leamos a Massimo Recalcati: «¿Qué es, entonces, una hora de clase? Es un encuentro con el oxígeno vivo del relato, de la narración, del saber que se ofrece como un acontecimiento». (La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza. Anagrama, Barcelona, 2017).

Si pensamos la hora de clase junto con las palabras relato y narración, es importante destacar lo necesario que resulta contar historias para establecer un acercamiento y fortalecer el vínculo entre les docentes y les alumnes. (Sigo pensando y relaciono: mis alumnes de primer año de Martín Coronado se arrojan a escribir luego de leer la historia de Lito en la Villa 31 de Retiro).

Saber qué les pasa a les alumnes, qué sienten, nos permite acercarnos. Y les docentes de Lengua tenemos la escritura- la narración y la poesía- como herramientas fundamentales para que les estudiantes cuenten lo que les pasa y expresen lo que sienten.

Siempre hay que proponerles a les alumnes que lean y escriban. Claro que sí.

Les docentes que consideran esto innecesario, creo yo, equivocan su camino. Por medio de la narración de otra historia, les alumnes podrán contar las suyas propias. Aprendemos a escribir escribiendo. Punto. Sólo hay que motivar y reconocer a les alumnes como lo que son: sujetos con historias para narrar.

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