Peronismo de Morón
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Alguien tiene que escribir estas líneas y quién sino el que tiene la responsabilidad de los textos imposibles, la capacidad de molestar, de cuestionarlo todo, de problematizar lo real, de utilizar la palabra como reflexión. Digamos que éste es un texto más de la serie de escritos infinitos de una escritor enloquecido que sabe de antemano que va a morir sin redactar el final.

(por el turrito de Andresito Llinares).- De todos los riesgos, el principal es gobernar. Para gobernar hay que ganar, para ganar hay que ampliar la base de representación, para ampliar la base de representación hay que construir poder y para construir poder hay que expandirse territorialmente.

Esto lo supieron los fundadores de la patria. Pero como siempre, a contrapelo de la historia, ya no es un saber adquirido por más que persista el deseo de conquista, la voluntad de poder. Acá es cuando la voluntad de poder cae en el pozo de la fantasía onanista.

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Pese a la secuencia que va de gobernar a expandirse, en el peronismo de Morón, la construcción de poder es analógica. Sólo por la portación de apellido pareciera que el Partido Justicialista se merece volver a gobernar Morón. Segunda fantasía.

De ahí que se repita como obligación la necesidad de «recuperar Morón», frase que remite a la resistencia peronista de los setenta que desembocó en el gobierno local de Enrique «Coco» DvyhailoUbaldo Merino.

Pero la frase no surge de la militancia. Lo que es cuestionable es que surge de la conducción del partido que no es movimiento. Y entonces el «recuperar Morón» remite al extravío de un entusiasta desenfrenado más que una práctica política concreta. Un discurso analógico en la época digital.

Intuitivamente, la frase sostiene un principio de realidad, la voluntad de poder, pero que se conecta a una tarea imposible. A un sueño eterno de una revolución olvidada.

Y entonces, aunque el imperativo categórico, digo, el de «recuperar Morón», se repite una y otra vez, nadie sabe cómo volver a encontrarlo.

El vínculo entre la historia y la razón es falso. Por lo tanto, el imperativo puede que se traslade al deseo y dispare voluntad de poder, pero no tiene porque funcionar.

O sea, todo el peronismo puede que quiera recuperar Morón, pero no se trata de un deseo, sino de realidad. Y la realidad siempre nos remite a una pregunta:

En este caso, la pregunta es: ¿se puede recuperar un distrito que ya no existe?

Hay un verso de Pablo Neruda infalible que remite a la historia y la sinrazón del paso del tiempo.

El verso es parte del poema «Puedo Escribir los Versos más Tristes esta Noche» que Neruda publicó en su libro «20 Poemas de Amor y una Canción Desesperada».

Pablo Neruda, que fue chileno, militante comunista, poeta brillante y Premio Nobel de Literatura en 1971, dijo y lo dijo con una claridad envidiable: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Es una frase que une de un latigazo a Heráclito, Nietzsche y Heidegger, tres pensadores que nada tuvieron que ver con chile ni el comunismo como lo tuvo que ver Neruda.

Así que hoy se habla de «recuperar Morón», como si se hubiera perdido, como si se hubiera extraviado, cuando en realidad ese Morón que hay que recuperar ya no existe.

Se trata de una línea discursiva que se inscribe en lo deseo melancólico de Haffner (El Rufián Melancólico) que supone, diseña, planea y actúa en los Siete Locos de Roberto Arlt como si la revolución fuera posible a partir de la fundación de una cadena de burdeles.

Entonces, ¿cuál es el fracaso? Las líneas epistemológicas para abordar lo nuevo. Veámos.

Desde desde la apertura democrática de 1983, en Morón, ganó el Movimiento Peronista y no el Partido Justicialista.

El movimiento al que hoy se lo denomina «nacional y popular» siempre se enfrentó al partido.

El partido es la herramienta electoral, el movimiento el estado permanente del cambio.

La ubicación del partido es fácil de detectar. El movimiento nos atraviesa y según la capacidad que tengamos de leerlo, organizarlo y conducirlo, puede generar algún resultado.

Esto llevado a la vida real significa que fue Juan Carlos Rousselot quién ganó todas las elecciones y no el Partido Justicialista que representaba Horacio Román.

Y sucedió hasta el 28 de diciembre de 1994 cuando Morón se desprendió de Hurlingham e Ituzaingó.

Desde ese día, Morón ya no es Morón. Este es el punto. ¿De qué «recuperar Morón» escucho hablar cuando ya no existe excepto en los papeles de historia que editaron los conservadores amigos de los políticos fraudulentos, corruptos y violentos?

Hoy llamamos Gran Morón o el viejo Morón a los tres distritos juntos. Pero al Morón actual nunca le diríamos Moroncito pero quizás Petit Morón o Village Morón, que para los aires de superioridad que existen cualquiera de los dos nombres suenan mejor.

Lo que nadie entiende y es insólito, es insólito que no lo entiendan, digo, que Morón tuvo su propia Batalla de Caseros para finalmente independizarse de los territorios desérticos de Hurlingham e Ituzaingó.

Seamos realistas. Ni Hurlingham ni Ituzaingó se levantaron en protestas, cortes y sediciones contra Morón para lograr su autonomía. Morón, en un abrir y cerrar de ojos, les dijo: bueno, conformen su propio gobierno (y arreglense).

Así fue que se fundó el Estado Autónomo de Morón como después de Caseros, Buenos Aires se escindió de la Confederación Argentina, conformó una estado independiente y administró el puerto para vivir a lo grande y jamás volver a trabajar.

Lo que se acuerdan de aquel Ituzaingó del Trote abandonado, en ruinas, deshecho; los que recuerdan la Estación Juan B. de La Salle de Hurlingham en el extremo de William Morris, saben de territorios desconocidos e indiferentes para Morón en tanto metrópolis.

Juan Manuel de Rosas cae al mando del Ejército de la Confederación Argentina de Justo José de Urquiza el 3 de febrero de 1852.

Entonces, a ver si queda claro, el 3 de febrero de 1852, para Morón, fue el 28 de diciembre de 1994, la división del distrito.

Así fue que Morón se convirtió en un municipio potente, rico y poderoso.

Y Hurlingham e Ituzaingó se escinden el 28 de diciembre de 1994 ante las fuerzas del Partido Justicialista asentado en La Plata para no conformar nunca más el Gran Morón.

El peronismo blanco, encabezado por Carlos Alvarez, con el respaldo de Horacio Román, y la decisión política de Eduardo Duhalde, dividieron el distrito para debilitar el peso de los cimarrones menemistas de entonces, conducidos por Juan Carlos Rousselot.

¿De dónde sacaba los votos para ganar Morón el dueño del Movimiento, Juan Carlos Rousselot? De los territorios del «interior», de aquellas barriadas olvidadas en manos de pequeños caudillos agresivos y contundentes, de las zonas marginadas, de las orillas de Morón, o sea, de Hurlingham e Ituzaingó.

Y para cortar el movimiento, el partido, el régimen, constituye un nuevo estado, el actual Morón, que, paradójicamente, no admite al peronismo, como el Estado Autónomo de Buenos Aires no admitió a los provincianos sino hasta que el General Julio A. Roca hiciera trillonaria a la oligarquía porteña con la Conquista del Desierto y al fin eligieran un tucumano como Presidente de la Nación.

Entonces, pegando un brinco al estado actual de situación, lo que estoy diciendo es que el Morón actual, el Morón metrópolis, centralista, egocéntrico, no admite el movimiento. Es más, lo aterroriza. Esta es la historia inmanente de un peronismo que se piensa movimiento y de un movimiento que perdió la montonera detrás de la frontera.

La demostración de esto es que desde 1994 a la fecha, la única vez que el peronismo pudo ganar no fue como como movimiento sino bajo la forma de un partido que se rebautizó. Ganó en 2013 y con el nombre de Frente Renovador.

Por estos motivos Neruda. Por estos motivos «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Y como no somos los mismos, hay que repensarlo todo.

El error surge de nuestra memoria histórica que dice que Morón es peronista y por lo tanto recuperarlo es una posibilidad a la vuelta de la esquina.

Tercer error. Y este es el más grave porque el que da origien a la falla primordial.

¿Por qué Morón tuvo su Batalla de Caseros el 28 de diciembre de 1994? Porque logra quedarse con todo los aparatos del estado, el mejor índice de infraestructura, la mejor tasa de cobrabilidad y el mayor presupuesto. Morón, finalmente, se convierte en la gran ciudad.

Y se desprende del desierto que conlleva el abandono, la desidia y el atraso. Se desprende de Hurlingham e Ituzaingó.

Con el triunfo de la Batalla de La Plata, finalmente Morón respira alegre porque se desprende del movimiento cimarrón, pardo y orillero que seguía ciegamente al menemismo que encarnaba Juan Carlos Rousselot.

Por lo tanto, la frase «recuperar Morón» es entrar a Cepeda y cerrar con Pavón, o sea, influir políticamente en las tierras abandonadas de Ituzaingó y Hurlingham. Y no el concepto inverso. O sea, que el interior, Hurlingham e Ituzaingó, le pida a Morón que «se recupere».

Nada mejor para Ituzaingó y Hurlingham que Morón siga en manos de otros.

Por lo tanto, no se trata de esperar que vengan de Hurlingham e Ituzaingó al auxilio de la metrópoli que no corre ningún riesgo de disolución.

A partir de Morón, el movimiento y su mutación, el partido, debe extenderse a Ituzaingó y Hurlingham. Expandirse territorialmente para construir poder.

Esto es puro mitrismo sin llegar a Julio Argentino Roca. Este fue el intento trunco de Martín Sabbatella cuando expande Nuevo Morón a Nuevo Encuentro y pisa Hurlingham e Ituzaingó, y el que puso en marcha el actual intendente Ramiro Tagliaferro que hoy conduce las fuerzas de Cambiemos en aquellas tierras abandonadas.

El peronismo de Morón, por el contrario, piensa que vendrán en su auxilio los primos hermanos que viven bien y sin conflictos. Una fantasía de estudiante secundario.

Salir del fracaso es pensarse de nuevo en un gran movimiento para actuar en diferentes formas y lugares como partido.

En política, nada se regala, porque la vida es lucha, la voluntad de poder deseo irrefrenable, y el triunfo un ordenador.

El peronismo de Morón debe dejar la calle Brown, los barrios asfaltados de la metrópoli y ampliarse a las barriadas de aquellos que fueron parte y ya no son para recuperar, una vez más, el centro desde la actuación en la periferia, de la periferia real, la que esta más allá de nuestra fronteras.

Caso contrario, los jefes, caudillos, líderes de los territorios vecinos, harán del peronismo de Morón un instrumento de su lógica regional.

Para «recuperar Morón», primero hay que expandirse a los territorios olvidados. Caso contrario, el peronismo de Morón seguirá siendo tributario al «interior».

Salir del fracaso es reconstruir lazos políticos con base territorial en los territorios vecinos, en la orillas, en aquellas barriadas abandonados. O sea, compartir o condicionar a las facciones periféricas le guste a quien le guste, se enoje quién se enoje.

El problema es el de siempre, el problema es animarse.

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