Tosco el trabajador. Un 22 de mayo de 1930, nacía Agustín Tosco, uno de los dirigentes sindicales más influyentes, respetados y recordados de la historia argentina. Para amplios sectores del movimiento obrero, su nombre sigue asociado a una idea simple pero profunda: honestidad, compromiso y coherencia entre lo que se decía y lo que se hacía. Por eso, para muchos argentinos, Tosco el trabajador sigue siendo una referencia moral y política.

Los primeros años de Agustín Tosco
Hablar de Tosco es hablar de una generación de trabajadores que entendía el sindicalismo no como un espacio de privilegio, sino como una herramienta de transformación social. Un sindicalismo de base, profundamente democrático, con asambleas permanentes, participación obrera y una fuerte conciencia política. Su figura atravesó décadas y quedó marcada para siempre por su participación en las grandes luchas obreras y populares de los años ‘60 y ‘70. En esa historia aparece una y otra vez la figura de Tosco el trabajador, siempre ligada a la organización obrera.
Desde muy joven comenzó a trabajar y a involucrarse en la actividad gremial dentro del sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba. Allí fue construyendo una legitimidad poco frecuente: la de un dirigente respetado incluso por quienes no compartían todas sus posiciones políticas. Quienes lo conocieron solían remarcar el mismo rasgo: Tosco jamás abandonó la vida cotidiana de los trabajadores. No se enriqueció, no se alejó de las bases y nunca dejó de sentirse un obrero más. Para muchos compañeros de fábrica y militancia, Tosco el trabajador representaba justamente esa cercanía con la vida cotidiana del pueblo.
En aquellos años, la Argentina atravesaba una enorme conflictividad social. Gobiernos militares, persecuciones políticas, proscripciones y una creciente tensión entre el poder económico y los sectores populares marcaban el clima de época. En ese contexto apareció una camada de dirigentes sindicales que buscaban discutir no solo salarios, sino también el modelo de país. Tosco fue uno de los principales exponentes de esa corriente. Con el tiempo, la figura de Tosco el trabajador terminó convirtiéndose en símbolo de resistencia sindical.

El Cordobazo y el nacimiento de un símbolo obrero
Su nombre quedó definitivamente ligado al Cordobazo, la gigantesca rebelión obrera y estudiantil del 29 y 30 de mayo de 1969 que puso en jaque a la dictadura de Juan Carlos Onganía. Aquel estallido social transformó la historia política argentina. Córdoba se convirtió en el epicentro de una protesta masiva contra el ajuste, la represión y la pérdida de derechos laborales. En aquellas jornadas históricas, muchos recuerdan a Tosco el trabajador marchando junto a miles de obreros y estudiantes.
El Cordobazo no fue un hecho espontáneo aislado. Fue el resultado de años de acumulación de bronca social, organización sindical y articulación entre trabajadores y estudiantes. Y allí Tosco ocupó un lugar central junto a otros dirigentes como Elpidio Torres y Atilio López. La imagen de Tosco el trabajador quedó para siempre asociada a aquellas jornadas de rebelión popular.
Las imágenes de aquellas jornadas todavía sobreviven en la memoria argentina: columnas obreras avanzando por Córdoba, barricadas, fogatas, miles de trabajadores tomando las calles y una ciudad completamente paralizada. La dictadura respondió con una represión brutal. Hubo muertos, heridos y cientos de detenidos. Pero el impacto político fue irreversible. El régimen militar comenzó a resquebrajarse y el movimiento obrero recuperó una centralidad política enorme.

La relación entre Tosco y el ERP
En aquellos años de enorme conflictividad política y social, la figura de Tosco el trabajador también comenzó a vincularse con distintos espacios de la izquierda revolucionaria argentina. Entre ellos aparecía el PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo), una de las organizaciones más importantes de la izquierda armada de los años ‘70.
La relación existió, aunque con matices que todavía hoy siguen siendo debatidos por historiadores, militantes y dirigentes sindicales. Agustín Tosco nunca integró orgánicamente la estructura militar del ERP ni participó de acciones armadas, pero sí mantuvo vínculos políticos y personales con dirigentes de esa organización, especialmente con Mario Roberto Santucho, principal líder del ERP.
En medio de una época atravesada por dictaduras, persecuciones y violencia política, Tosco el trabajador compartía con sectores de la izquierda revolucionaria una mirada profundamente crítica del capitalismo, del imperialismo y de la burocracia sindical tradicional. Su sindicalismo clasista, antiburocrático y combativo lo acercó políticamente a distintos sectores revolucionarios que veían en el movimiento obrero una herramienta central de transformación social.
Durante aquellos años también participó del Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS), un espacio político impulsado por el PRT-ERP que buscaba articular sindicatos, estudiantes, organizaciones sociales y sectores de izquierda. Distintas investigaciones históricas sostienen incluso que Santucho llegó a proponerle a Tosco una candidatura presidencial dentro de ese armado político, algo que finalmente nunca prosperó.
Sin embargo, quienes estudiaron la vida de Tosco el trabajador remarcan una diferencia central: mientras el ERP priorizaba la lucha armada revolucionaria, Tosco mantenía como eje principal la organización sindical, las asambleas obreras y la construcción política desde las bases trabajadoras. Su prioridad seguía siendo el movimiento obrero organizado.
Aun así, la dictadura y los servicios de inteligencia lo ubicaban dentro del universo de la izquierda revolucionaria. Esa identificación aumentó todavía más la persecución política sobre su figura durante los años previos al golpe militar de 1976.
Con el paso del tiempo, la relación entre Tosco el trabajador y el ERP quedó como uno de los capítulos más complejos y discutidos de la historia política argentina de los años ‘70: una zona donde se cruzaron sindicalismo combativo, izquierda revolucionaria y una época marcada por la radicalización política y la represión estatal.

Tosco en su humanidad
Sabe poco de la vida personal de Agustín Tosco justamente porque siempre quiso preservar a su mujer e hijos de las maldades de la dictadura. Estuvo casado con Nélida Bonyuan con quien tuvo dos hijos: Malvina (1961) y Héctor Agustín (1964). Ya en la clandestinidad, formó pareja con Susana Funes, también una militante sindical y política, reconocida por su compromiso en las luchas obreras y sociales. Participó activamente en la vida sindical cordobesa de las décadas de 1960 y 1970, época marcada por el auge de la militancia obrera y la represión estatal.
Agustín Tosco trabajaba en la entonces llamada SPEC, más tarde convertida en la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC), dentro del área electromecánica vinculada a la generación y distribución eléctrica. Ingresó en 1949 como ayudante electricista en el taller electromecánico, sección baterías.
Fumaba y hablaba pausado. No viajaba rodeado de custodios ni cultivaba la estética del dirigente poderoso. Distintos testimonios de época recuerdan que se movía con austeridad, usando ropa simple y manteniendo una rutina que todavía conservaba contacto cotidiano con la base obrera.
Distintos estudiantes, obreros y militantes recuerdan que las reuniones con Agustín Tosco no se parecían a actos verticalistas tradicionales. No llegaba imponiendo autoridad ni hablando desde arriba. Por el contrario, muchas veces comenzaba planteando: “Vengo a hablarles y a preguntarles”. Quienes lo conocieron recuerdan reuniones largas, intensas y muy pedagógicas. No hablaba como un caudillo sindical clásico sino como alguien que intentaba explicar procesos políticos y económicos de manera sencilla.
Después del Cordobazo, Agustín Tosco se transformó en una figura extremadamente reconocida en Córdoba y en buena parte del país. Generaba respeto inmediato; despertaba admiración popular y era visto como alguien “auténtico”. Pero lo interesante es que esa reacción no estaba ligada al poder económico ni a estructuras de aparato, sino a la coherencia personal que transmitía.
Cárcel, persecución y clandestinidad
Tosco fue detenido en múltiples oportunidades por su actividad sindical y política. Pasó años preso, perseguido y vigilado. Sin embargo, incluso desde la cárcel, continuó escribiendo documentos, cartas y reflexiones que circularon clandestinamente entre trabajadores y militantes. Sus textos tenían un tono firme pero profundamente humano. Nunca hablaba desde la superioridad; hablaba como un trabajador más. Incluso en prisión, la figura de Tosco el trabajador seguía creciendo entre las bases obreras.
Una de las escenas más recordadas de su vida ocurrió el 25 de mayo de 1973, el día en que serían liberados los presos políticos tras la asunción presidencial de Héctor Cámpora. Mientras el país vivía una jornada de euforia política y movilización popular, las familias esperaban en aeropuertos y cárceles el reencuentro con los detenidos.
En ese contexto, un periodista se acercó al pequeño Héctor, hijo de Tosco.
—¿Qué vas a ser cuando seas grande? —preguntó el cronista.
—“Sindicalista, como mi papá” —respondió el niño.
La escena quedó grabada como una síntesis emocional de lo que representaba Tosco para miles de trabajadores argentinos. No era solamente un dirigente gremial: era una referencia moral. Un hombre cuya autoridad no provenía del poder económico ni de los cargos, sino de su conducta. En esa imagen familiar también aparece el legado de Tosco el trabajador, transmitido de generación en generación.
A diferencia de otros dirigentes de la época, Tosco defendía la democracia sindical, cuestionaba la burocratización y rechazaba los privilegios. Creía en un sindicalismo participativo, con fuerte presencia de las bases y articulado con otros sectores populares, especialmente estudiantes, intelectuales y movimientos sociales.
También fue un crítico constante de las dictaduras militares y de los modelos económicos que destruían empleo y deterioraban las condiciones de vida de los trabajadores. Su pensamiento combinaba lucha sindical con una mirada política mucho más amplia sobre la dependencia económica, la desigualdad social y la necesidad de construir una sociedad más justa. Para muchos historiadores, Tosco el trabajador sintetiza como pocas figuras la tradición obrera argentina.

El legado eterno de Tosco el trabajador
Con el paso del tiempo, Tosco se convirtió en una figura transversal dentro de la historia argentina. Su nombre es reivindicado por distintas corrientes sindicales, políticas y sociales. Incluso quienes no coinciden plenamente con sus ideas suelen reconocerle honestidad, austeridad y una profunda vocación democrática.
Hay una frase suya que todavía hoy circula en sindicatos, centros de estudiantes y espacios militantes de todo el país. Fue escrita en una carta dirigida al Comité de Lucha de Villa Constitución, el 11 de junio de 1975, en plena represión contra los trabajadores metalúrgicos:
“Nuestra experiencia nos ha enseñado que, sobre todas las cosas, debemos ser pacientes, perseverantes y decididos. A veces, pasan meses sin que nada aparente suceda. Pero si se trabaja con ejercicio de estas tres cualidades, la tarea siempre ha de fructificar, en una semana, en un mes, en un año. Nada debe desalentarnos. Nada debe dividirnos. Nada debe desesperarnos”.
La potencia de esas palabras atraviesa generaciones porque no hablan solamente de un conflicto puntual. Hablan de la organización colectiva, de la paciencia política y de la convicción de que las luchas sociales requieren tiempo, perseverancia y unidad.

Cárcel, clandestinidad y persecución política
La persecución aumentó todavía más durante 1974 y 1975, especialmente después del llamado “Navarrazo”, el golpe policial que desplazó al gobernador cordobés Ricardo Obregón Cano y dio inicio a una fuerte ofensiva represiva en Córdoba.
En ese contexto, Tosco el trabajador pasó a la clandestinidad. Comenzó a ocultarse en distintas casas de compañeros y militantes para evitar ser detenido o asesinado por la represión parapolicial de la Triple A. Vivía escondido, cambiando constantemente de lugar y limitando sus apariciones públicas. Aun así, seguía manteniendo contactos políticos y sindicales.
Durante aquellos meses también comenzó a deteriorarse gravemente su salud. Sufría una grave infección bacteriana generalizada, que derivó en una septicemia y, por último, en una encefalitis infecciosa (cerebro inflamado) mientras permanecía en la clandestinidad, pero las condiciones de clandestinidad dificultaban cualquier tratamiento médico normal.
Finalmente fue trasladado secretamente a un sanatorio de Buenos Aires, donde ingresó bajo identidad falsa para evitar ser localizado por los servicios represivos.
La muerte de Tosco y el legado eterno de un símbolo obrero
Agustín Tosco murió injustamente el 5 de noviembre de 1975, con apenas 45 años. Su fallecimiento quedó profundamente marcado por el contexto de persecución política y clandestinidad que atravesaba la Argentina en los años previos al golpe militar de 1976.
Tras su muerte, el cuerpo fue trasladado nuevamente a Córdoba. Allí se produjo una de las despedidas obreras más impactantes de la historia argentina. 20 mil trabajadores se estima que acompañaron el funeral pese a las amenazas, la violencia política y la represión.

Para amplios sectores del movimiento obrero, la muerte de Tosco quedó asociada no solamente a una enfermedad, sino también a las condiciones extremas de persecución política que atravesaban los dirigentes sindicales combativos durante aquellos años.
Décadas después, el nombre de Agustín Tosco sigue reapareciendo en actos sindicales, murales, canciones y publicaciones políticas. Porque para miles de trabajadores argentinos, continúa representando una idea que atraviesa generaciones: que la política y el sindicalismo pueden ejercerse con dignidad.
Por eso, cada 22 de mayo, su nombre vuelve a aparecer en actos sindicales, murales, documentos históricos, canciones y publicaciones militantes. Porque para muchos trabajadores argentinos, Agustín Tosco sigue representando algo que trasciende una época: la idea de que la política y el sindicalismo pueden ejercerse con dignidad.
Y quizás por eso aquella respuesta de su hijo continúa emocionando décadas después:
—“Sindicalista, como mi papá”.”





