Mordaza Informativa Morón. El viernes a las 17:00 —hora en la que cualquier ser humano digno está trabajando, viajando o sobreviviendo— en Morón Centro ocurrió algo extraordinario: inauguraron una plaza sin nombre o con un nombre que satura ya: Espacio Viejo Urbano.
Sí, una plaza sin nombre. Un espacio público anónimo, casi clandestino, plantado en la intersección de General Juan José Valle y Avenida Rivadavia, justo enfrente de otra plaza que sí tiene nombre: la Plaza de las Artes. Dos plazas cara a cara. Como un duelo urbano. Como si el municipio jugara al espejo, pero sin saber muy bien por qué.
No soy urbanista, pero tampoco ciego. Nunca vi dos plazas enfrentadas. Tal vez es una nueva corriente estética: el vacío contra el vacío. O simplemente nadie pensó demasiado.
Pero eso es lo de menos.
Me duele muchísimo no poder contarle a la gente que la gestión sigue adelante, que hay futuro, un más allá, les hace falta tanto a la población un mensaje que les devuelva la esperanza, las ganas, el deseo de participar, de integrarse. Pero no. Está vedado. Informáte como te yo te digo o nada. Qué mal.
¿Y qué me quieren veder? ¿Qué quiera que transmita? La inauguración de una Plaza vacía repleta de food trucks a los que nadie se acerca. Eso lo veo en la foto, es lo que hay.
Porque mientras inauguraban plazas sin identidad, la comunicación oficial del Municipio sigue en coma inducido. La web está detonada desde hace casi dos años: no hay listados, no hay datos, no hay memoria. Una especie de agujero negro institucional donde desaparecen cosas tan básicas como el listado de empleados… o incluso registros históricos sensibles. Todo muy prolijo. Todo muy transparente. Como un vidrio pintado de negro.
Desde ese limbo digital —que ya parece más una decisión que un problema técnico— informan que no existe una Secretaría de Comunicación. O existe, pero no. O se llama distinto. O nadie sabe.
Gran obra colectiva de la empresa Nueva Comunicación y esa cofradía porteña llamada APeRA, que vino a “federalizar” y terminó provincializando el atraso. Con nombres propios dando vueltas como Fernando Ramírez, que se fue, pero no tanto, y Fernando Doti, que se quedó, aunque nadie sabe bien haciendo qué.
Un combo perfecto: empresa privada + entidad difusa = regreso directo a los años de Juan Carlos Rousselot, cuando la información era un privilegio y no un derecho. Cuando había computadoras gigantes… para no digitalizar nada. Una nostalgia oscura, pero con WiFi.
La plaza —la sin nombre— se inauguró igual. Sin prensa. Sin aviso. Sin testigos incómodos. Porque la lógica es simple: primero hacen, después te cuentan. Y cuando te enterás, ya es tarde. Ya está. Ya pasó. No preguntes. No vengas. No molestes.
Eso sí: te mandan el comunicado tardío y prefabricado. Un comunicado muerto. (Si detectan una mentira saben que pueden llamarme y yo la corrijo o me retracto).
Y claro, hubo acto. Con escolares llevados casi en comisión de servicio para que no quedara todo vacío. Funcionarios en modo desfile, orbitando alrededor del intendente como si cada mirada fuera un contrato renovado. Porque en la política local, ser visto es trabajar. Y trabajar es sobrevivir.
Discursos previsibles: la crisis, la herencia, la épica de administrar ruinas. Palabras que flotan, que no dicen nada, que ya vienen gastadas de fábrica.
Y después, las fotos.
Ah, las fotos. Mesas preparadas para multitudes inexistentes. Escenografía de evento masivo con público de acto escolar. Tristeza pixelada en alta definición.

Pero el verdadero momento Gonzo llega con la joya final: el comunicado asegura, sin pestañear, que “ya inauguramos el puente sobre el Ferrocarril Sarmiento”.
No.
No lo inauguraron. No lo hicieron. No les pertenece.
Ese puente lo hizo la Nación, a través de SOFSE. El Ferrocarril Sarmiento no depende del municipio. Es como cortarse una torta ajena y sacarse la foto.
Y entonces aparece la pregunta inevitable, la que molesta:
¿Por qué me quieren usar para mentir?
Porque no es un error. Es un método. Es deliberado. Es convertir al periodista en vocero involuntario. En reproductor de ficción. En cómplice.
Y no.
No todos están dispuestos a jugar ese juego.
No después de décadas.
No después de ver cómo funciona la máquina.
No después de entender que el periodismo no es quedar bien, sino contar lo que incomoda.
Así que sigan inaugurando plazas sin nombre a las cinco de la tarde.
Sigan evitando a la prensa.
Sigan eligiendo el aplauso fácil antes que la rendición de cuentas.
El problema no es la plaza.
El problema es el modelo.
Y ese modelo —como ya pasó antes— termina chocando contra la realidad.
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