Raúl Piñel de 32 años es conocido como el Hannibal argentino. Vivía en Daireaux, estaba casado, tenía dos hijos y era un hombre bastante particular. Él siempre decía que nunca había podido superar la separación de sus padres y la relación bastante conflictiva que había entre ellos dos.
Cómo es la historia de el Hannibal argentino. Eso y un posible y constante maltrato de su padre hacia él, hacia sus hermanos y hacia su madre hicieron que termine siendo una persona muy triste, retraída y solitaria. Su papá y su hermano eran todo lo contrario a él, pero los tres tenían algo en común: ninguno tenía trabajo, sólo sobrevivían en base a changas, cortaban árboles, cuidaban campos, cuidaban ganado, cosas similares.
Más allá de la particular personalidad de Raúl, todo era bastante normal aunque hay algunas anécdotas que viéndolas hoy en día son casi señales de algo que iba a pasar. Una vez fueron a un cabaret llamado «El Lagarto» y una prostituta denunció a Raúl porque le mordió la espalda.
Más allá de cosas similares a esas, su vida siguió bastante normal hasta que se reencontró con un amigo de la infancia. Un amigo de la infancia bastante heavy, en particular que había estado preso por algunos robos.
El Hannibal argentino

A su familia no le gustaba que Raúl se juntara mucho con este tipo, pero él igualmente lo siguió haciendo y eso lo terminó distanciado de su familia, de su padre, su madre, sus hermanos, sus hijos. Dejó de trabajar por completo y se la pasaba tomando cerveza en bares de mala muerte.
Un día, su amigo le propone robar varias casas de campo y Raúl, que ya había tenido que abandonar su casa porque debía 6 meses de alquiler, acepta. Mientras tanto como él había abandonado su casa, se mudó a lo de su padre. Era una casa bastante chiquita y venida abajo y, como era de esperarse por la relación bastante complicada que siempre tuvo Raúl con su padre, la convivencia fue un desastre.
Se la pasaban discutiendo y encima Raúl tomaba mucho alcohol. Finalmente con su amigo deciden ir a robar estas casas de campo y todo sale mal. Llega la policía y los llevan presos.
Como Raúl ya tenía antecedentes y denuncias, incluida una hecha por su propio padre, se pasó dentro de la cárcel varios meses y esos meses iban a ser determinantes. Los otros presos terminaron sumando a Raúl y a su amigo a una especie de ritual satánico o magia negra que consistía en cortarse los brazos, sacar sangre y tirarla en un fuentón.
Piñera se lo tomó en serio, muy en serio. Empezó a hablar solo dentro de la celda y le dijo a sus compañeros que el mismísimo diablo se le había aparecido. Un día se negó a entrar a su celda y un guardia fue a obligarlo y Piñel lo golpeó y le mordió el cuello, por eso lo mandaron a aislamiento como una semana.

Nada lo sorprendía, parecía un hombre que se había quedado sin ningún sentimiento. Un día se despertó y se encontró con que a su compañero de celda lo habían apuñalado y a él no le importó en lo más mínimo, es más, pensó que había sido el dormido, pero después se comprobó que no, que había sido otro preso.
Cuando salió de la cárcel en 2008 ya que tenía salidas transitorias, era otra persona, se había transformado por completo. En Daireaux le decían el loco y la gente lo esquivaba en la calle, le tenían bastante miedo. Su esposa lo dejó y él se mudó con su mamá.
Un día a su padre lo chocó un auto y Raúl consiguió un permiso para ir a verlo al hospital. Le dijo que le rezó al Gauchito Gil y que pronto se iba a mejorar. Cuando le dieron el alta a su padre, Raúl le dijo «viste viejo, agradéceme, estás vivo por los trabajitos que hice».
Raúl prácticamente estuvo haciendo invocaciones y no se descarta que alguna haya incluido algún sacrificio animal para «salvar» a su padre. El padre le contó esto al servicio penitenciario bonaerense, pero así y todo no le sacaban las salidas transitorias a Raúl.
Para ese entonces Raúl se la pasaba encerrado en su cuarto, había adelgazado muchísimo, no se bañaba, no comía, tenía toda la cara chupada, era completamente distinto.
Un día, el 29 de junio de 2008, para ser más exactos, su madre fue a buscarlo a la pieza para avisarle que ya estaba lista la comida, abrió la puerta y se encontró a Raúl en medio de un ritual, con muchas velas prendidas y rodeado de fotos de su padre y de su hermana. Raúl le dijo a su madre «los estoy curando, los voy a salvar».
La mujer fue a denunciar esto a la comisaría porque ya tenía bastante miedo y literalmente le dijeron que hablar del diablo, no era delito, que llame al psicólogo del penal. La madre le dijo a los policías que ya lo había hecho, pero que recién podían ir a buscarlo al otro día y que ella tenía miedo en ese momento.
El Hannibal argentino

El policía se disculpó, le dijo que no podía hacer nada, pero que si llegaba a pasar algo les avisen. La madre volvió a su casa y vio que Raúl no estaba más. Se había ido a la casa de su padre a pasar la noche.
Cuando Raúl, el Hannibal argentino, fue a lo de su papá, se la pasó tomando mate y hablando solo, incluso hablaba al revés y no paraba de hablar del diablo.
Su padre tenía miedo, pero estaba tranquilo porque al otro día ya lo iba a buscar la policía y por las dudas le pidió a su otro hijo que se quede con é, haciéndole compañía, pero el otro hijo prefirió irse con la madre para cuidarla en caso de que Raúl decida volver a la casa de ella.
Todos desconfiaban de Raúl. Se hizo de noche, ya estaban los dos solos. Raúl parecía estar mucho más tranquilo y le dijo a su padre que iba a cocinar algo. Hablaron sobre cosas que, hasta hoy en día, nadie sabe y, acto seguido, lo golpeó salvajemente y lo degolló con un cuchillo tramontina.
Descuartizó a su papá y fue desparramando los restos por toda la casa, pero separó el corazón y los riñones de su padre, los fileteó y los cocinó en una olla con ajo y perejil. Literalmente cocinó al padre en un guiso a la provenzal.
Después invocó al diablo y le ofrendó el cuerpo de su papá. Al otro día un vecino fue a la casa porque había quedado en tomar mates con Prudencio, el papá de Raúl. Ya al pararse en la puerta el olor casi le hace vomitar.
Cuando Raúl le abre, este hombre a simple vista ya podía observar las diferentes partes del cuerpo esparcidas por toda la casa.
Raúl, como si nada hubiese pasado, le dijo que iba a preparar mates, todavía tenía las manos llenas de sangre. El vecino le dijo que iba a comprar bizcochos y salió corriendo a avisarle a la policía.
Cuando llegaron, Raúl completamente calmado, les dijo que le den un poquito más de tiempo. Le preguntaron por qué y dijo «ya curé y salvé a mi papá, ahora tengo que hacer lo mismo con mi madre, sería un error dejar esto sin terminar».
Lo esposaron y se lo llevaron mientras todos los vecinos intentaban lincharlo. Los peritos ni siquiera alcanzaron a juntar todos los restos de la víctima.
En el expediente hay una foto impresionante que resume toda esta historia. La evidencia número 18, donde se ve una cacerola que adentro tiene todas las vísceras del padre de Raúl y al lado una botella de vinagre Marolio y del otro lado un pancito a medio masticar.
El Hannibal argentino

Un perito llamado José Avasalo dijo que Raúl sufría síndrome delirante y que era paranoide, demente y esquizofrénico y que había altas probabilidades de que esté escuchando voces en su cabeza.
Cuando este perito le preguntó a Raúl dónde creía que estaba su padre, Raúl pensó un rato y le dijo «ahora a mi papá lo llevo bien adentro».
Demás está decir que lo declararon inimputable y lo trasladaron a un neuropsiquiátrico en ese mismo año, en el 2008 y esa es la última información oficial que se tiene del caso.





