Un encuentro en el Café La Paz
La reconstrucción más detallada la hizo la propia Lilia Ferreyra en una entrevista publicada en junio de 2007 por la revista Tram(p)as, de la Universidad Nacional de La Plata. Allí recordó que conoció a Walsh en 1967, cuando vivía en Buenos Aires y trabajaba en un laboratorio. Había estudiado Letras y se había mudado desde Junín para estudiar Química.
Ferreyra contó que tenía pocos recursos y vivía en una pensión. Cuando cobraba, a veces destinaba el dinero a un libro; al mes siguiente, se daba el gusto de ir a comer a un restaurante. Ese día había elegido un libro: en una librería de la calle Corrientes compró Un kilo de oro, el volumen de cuentos de Walsh publicado ese mismo año.
Después entró al Café La Paz para hojearlo. Un amigo que encontró allí le señaló una mesa situada a unos pocos pasos: Rodolfo Walsh estaba sentado de espaldas. El amigo tomó el libro, se acercó al escritor y le dijo algo. Walsh se dio vuelta, la miró y le sonrió. “Esa sonrisa se prolongó intensamente después”, recordó Lilia al evocar el vínculo que duró hasta la desaparición de él, el 25 de marzo de 1977.
La escena tuvo lugar en la esquina de Corrientes y Montevideo, en un café que era punto de encuentro de intelectuales y estudiantes durante las décadas de 1960 y 1970. La Ciudad de Buenos Aires lo declaró sitio de interés cultural en 1995.

Del primer cruce a una vida compartida
En algunas necrológicas, el episodio quedó resumido en una imagen: Walsh le firmó el ejemplar que ella acababa de comprar. Página/12 recogió esa versión al informar la muerte de Ferreyra en 2015. El recuerdo más amplio de Lilia agrega el detalle de cómo se produjo el primer contacto: el amigo acercó el libro y Walsh se volvió para mirarla.
La relación se convirtió en una pareja que compartió casi una década de vida, atravesada por el trabajo periodístico y la militancia. En una anotación de su diario fechada el 12 de agosto de 1968, Walsh escribió: “Mi soldadura con Lilia”. La frase quedó como una expresión íntima de la unión que habían construido desde aquel encuentro en el café.
Así comenzó: un libro comprado con el sueldo, una mesa de café y la intervención casual de un amigo. El recuerdo de Ferreyra, publicado cuarenta años después, permite reconstruir el momento con su propia voz.





