La Copa del Mundo que la Junta Militar imaginó como una vidriera internacional terminó convirtiéndose en el escenario desde el que el mundo conoció las denuncias por desapariciones y violaciones a los derechos humanos.

Hacia mediados de 1978, la imagen internacional de la dictadura militar argentina atravesaba uno de sus momentos más delicados. Mientras el régimen encabezado por Jorge Rafael Videla intentaba consolidar una imagen de orden y estabilidad, en Europa crecían las denuncias por secuestros, desapariciones forzadas y violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Los testimonios de exiliados argentinos, familiares de desaparecidos y organismos internacionales comenzaban a romper el cerco informativo que la Junta Militar había impuesto dentro del país. En las principales capitales europeas se multiplicaban las presentaciones judiciales, las conferencias de prensa y las campañas impulsadas por ciudadanos franceses, italianos y españoles con familiares desaparecidos en la Argentina.
Aquella creciente presión internacional amenazaba no solo el prestigio político del gobierno de facto, sino también su programa económico. José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía, necesitaba mantener abiertas las puertas del financiamiento externo y obtener nuevos préstamos internacionales para sostener el modelo económico impulsado desde el golpe del 24 de marzo de 1976.
En ese escenario, el Campeonato Mundial de Fútbol aparecía como una oportunidad única.

La organización del torneo permitiría mostrar al mundo un país aparentemente normal, con estadios repletos, calles tranquilas y una sociedad que celebraba el deporte mientras, a pocas cuadras de esos escenarios, funcionaban centros clandestinos de detención. Durante los meses previos al inicio de la competencia, la estrategia parecía funcionar. Los organismos internacionales de derechos humanos promovieron una campaña de boicot para que algunas selecciones desistieran de participar, pero ninguna federación terminó retirándose del campeonato. La dictadura creyó entonces haber ganado la batalla comunicacional. Sin embargo, el golpe más duro llegaría precisamente el mismo día en que comenzaba el Mundial.

El jueves que cambió la historia
El 1° de junio de 1978, el estadio Monumental era el centro de todas las miradas. Delegaciones de todo el planeta participaban de la ceremonia inaugural mientras las cámaras de televisión transmitían vía satélite imágenes cuidadosamente preparadas por la organización. La Junta Militar buscaba exhibir una Argentina alegre, organizada y segura. Pero a unas cuarenta cuadras del estadio ocurría otra escena. Como todos los jueves, las Madres de Plaza de Mayo resolvieron realizar su tradicional ronda alrededor de la Pirámide de Mayo para reclamar por la aparición con vida de sus hijos desaparecidos.

Sabían que la atención internacional estaba puesta sobre el país y entendían que aquella podía ser una oportunidad irrepetible para romper el silencio impuesto por la dictadura. Lo que no imaginaban era que una decisión periodística multiplicaría el impacto de su protesta.
La transmisión que rompió el relato oficial
Entre los cientos de periodistas extranjeros acreditados para cubrir el Mundial se encontraba un equipo de la televisión pública de los Países Bajos. Los cronistas habían llegado para cubrir la participación de la selección neerlandesa, finalista del Mundial anterior. Sin embargo, rápidamente comprendieron que el acontecimiento deportivo convivía con otra realidad mucho más profunda. Ese 1° de junio resolvieron transmitir simultáneamente dos imágenes.
En una mitad de la pantalla aparecía la ceremonia inaugural en el estadio Monumental. En la otra, las Madres de Plaza de Mayo caminaban alrededor de la plaza con los pañuelos blancos sobre sus cabezas. La transmisión fue emitida primero en Holanda y luego reproducida por otros medios europeos.

En pocos minutos, millones de personas observaron dos Argentinas completamente distintas. De un lado, la fiesta organizada por la dictadura. Del otro, un grupo de mujeres reclamando por miles de desaparecidos. Aquella imagen demolió gran parte del relato que el régimen intentaba instalar desde hacía dos años.
«Ayúdennos»
Durante esa cobertura, una de las Madres brindó un testimonio que recorrió el mundo y sintetizó el drama que atravesaban miles de familias argentinas. Frente a las cámaras explicó que solo buscaban conocer el destino de sus hijos. Recordó que el gobierno afirmaba que quienes denunciaban al país desde el exterior mentían deliberadamente, pero aclaró que ellas vivían en la Argentina y padecían esa realidad todos los días.
Explicó que nadie les informaba dónde estaban sus hijos, si seguían con vida, si sufrían hambre, frío o enfermedades. Finalmente, mirando directamente a la cámara, lanzó un pedido desesperado dirigido a la comunidad internacional. Pidió ayuda. Aquellas palabras atravesaron fronteras.
Mientras la dictadura mostraba estadios colmados y festejos populares, la televisión europea difundía el reclamo de madres que buscaban a sus hijos secuestrados por el propio Estado. El contraste era imposible de ocultar.
El origen de la «campaña antiargentina»
El problema para la dictadura no había comenzado en 1978. Apenas transcurridos unos meses del golpe militar, la repercusión internacional de secuestros, asesinatos y desapariciones empezó a preocupar seriamente a la conducción del régimen. La Cancillería entendió rápidamente que la cuestión podía convertirse en un obstáculo diplomático de enormes dimensiones.
Durante los primeros días de junio de 1976 comenzaron a delinearse dos estrategias. La primera consistía en desacreditar todas las denuncias calificándolas como parte de una supuesta «campaña antiargentina» organizada por la denominada «subversión internacional». La segunda buscaba obtener respaldo político del gobierno de los Estados Unidos, especialmente de su secretario de Estado, Henry Kissinger.
Aquella expresión —«campaña antiargentina»— terminaría convirtiéndose en uno de los principales argumentos propagandísticos utilizados por la Junta Militar durante los años siguientes. Cada denuncia presentada por organismos internacionales era descalificada bajo esa misma explicación. Según el discurso oficial, no existían desaparecidos. Solo existía una operación internacional destinada a desprestigiar al país.

La reunión entre Guzzetti y Kissinger
El encargado de llevar adelante ese primer acercamiento con Washington fue el canciller César Augusto Guzzetti, vicealmirante de la Armada y hombre de confianza de Emilio Eduardo Massera, quien controlaba el Ministerio de Relaciones Exteriores dentro del reparto de poder establecido por las tres Fuerzas Armadas.
El encuentro tuvo lugar el 10 de junio de 1976, durante una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA). Durante décadas, el contenido de aquella conversación permaneció desconocido. Recién muchos años después, la desclasificación de documentos del Departamento de Estado estadounidense permitió reconstruir el diálogo completo. Los cables revelaron una conversación de enorme crudeza.
Guzzetti consultó a Kissinger sobre qué debía hacer la Argentina con los refugiados chilenos cuya situación preocupaba al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). La respuesta del funcionario norteamericano sorprendió incluso por su tono. Sugirió que podían enviarlos nuevamente a Chile.

El canciller argentino respondió que aquello era imposible por razones humanitarias y explicó que otros países tampoco querían recibirlos porque, según sostuvo, entre ellos había numerosos terroristas.
Kissinger respondió con ironía preguntando si habían pensado enviarlos a la Organización para la Liberación de Palestina, afirmando que allí «necesitaban más terroristas».
La conversación continuó girando alrededor de la cooperación represiva entre los países del Cono Sur. Guzzetti explicó que Argentina trabajaba juntamente con Chile, Paraguay, Bolivia, Uruguay y Brasil, una referencia directa al funcionamiento del Plan Cóndor, el sistema de coordinación represiva entre las dictaduras sudamericanas.
Kissinger advirtió entonces sobre el creciente aislamiento internacional que enfrentaban los gobiernos militares. Recordó el caso chileno y señaló que algo similar podía ocurrir con la Argentina. Finalmente pronunció una frase que, con el paso de los años, sería ampliamente citada por historiadores e investigadores. Si tenían que hacer determinadas cosas, sostuvo, debían hacerlas rápidamente y volver cuanto antes a la normalidad.
Aquellas palabras quedaron registradas en documentos oficiales estadounidenses y se transformaron en uno de los testimonios más relevantes para comprender la mirada de Washington sobre la represión ilegal en la Argentina.
La preocupación crecía en la Cancillería
Mientras tanto, las embajadas argentinas distribuidas por Europa comenzaban a enviar informes cada vez más preocupantes. Los diplomáticos advertían que las denuncias por desapariciones crecían semana tras semana y reclamaban instrucciones precisas para responder ante gobiernos extranjeros, periodistas y organizaciones de derechos humanos. En memorandos reservados, los funcionarios empezaron a utilizar de manera sistemática el concepto de «campaña antiargentina», convencidos de que era necesario instalar una explicación uniforme frente al deterioro internacional de la imagen del régimen.
Sin embargo, cuanto mayor era el esfuerzo propagandístico, más abundaban las pruebas sobre la existencia del terrorismo de Estado. Los testimonios de sobrevivientes, familiares y exiliados comenzaban a construir una verdad imposible de ocultar. Y el Mundial de 1978, lejos de resolver aquel problema, terminaría multiplicando la atención internacional sobre la Argentina.

El Centro Piloto de París, la oficina secreta de propaganda de la dictadura
El Centro Piloto de París fue una estructura clandestina creada por la dictadura militar en 1977 para mejorar su imagen en el exterior y contrarrestar las denuncias por desapariciones, torturas y asesinatos. Funcionó en la Embajada Argentina en Francia, pero dependía de la ESMA, uno de los principales centros clandestinos de detención.

Desde allí, oficiales de inteligencia elaboraban campañas de propaganda, vigilaban a periodistas y exiliados, infiltraban organizaciones de derechos humanos y buscaban desacreditar las denuncias internacionales. Su actividad se intensificó durante el Mundial de 1978, cuando la Junta intentó presentar al país como una nación en paz mientras continuaba el terrorismo de Estado.
Con el regreso de la democracia y la desclasificación de documentos oficiales, quedó demostrado que el Centro Piloto integró la red internacional de inteligencia de la dictadura y formó parte de la estrategia para ocultar los crímenes del régimen ante la comunidad internacional.

El Centro Piloto de París y la maquinaria internacional de propaganda
Mientras el deterioro de la imagen internacional de la dictadura se profundizaba, dentro de la Junta Militar comenzaron a surgir diferencias sobre la estrategia para enfrentar las crecientes denuncias por violaciones a los derechos humanos. Aunque el discurso oficial era uniforme, no todos compartían los mismos métodos para responder a la presión internacional.

Este tipo de afiches fue distribuido principalmente en Europa, especialmente en Francia, Países Bajos, Suecia y otros países donde actuaban los Comités por el Boicot a la Organización por Argentina del Mundial de Fútbol (COBA) y organizaciones de exiliados argentinos. Su objetivo era aprovechar la enorme atención internacional que despertaba la Copa del Mundo para denunciar la existencia de centros clandestinos de detención, torturas, desapariciones y asesinatos cometidos por la dictadura de Jorge Rafael Videla.
Es uno de los afiches más emblemáticos de la campaña internacional contra el Mundial de 1978 y un símbolo de cómo el torneo también se convirtió en un escenario de denuncia de los crímenes del terrorismo de Estado.

C.O.B.A. significa Comité pour l’Organisation du Boycott de l’Argentine (Comité para la Organización del Boicot a la Argentina), una organización creada en Francia para impulsar el boicot al Mundial de 1978 en protesta por las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar.
Uno de los sectores más activos era el encabezado por Emilio Eduardo Massera, comandante en jefe de la Armada. Desde el comienzo del régimen, esa fuerza había quedado a cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores, una posición estratégica que permitía controlar la política exterior y la comunicación con las embajadas argentinas. En 1977, Massera decidió avanzar un paso más.
Tras el atentado que dejó gravemente herido al canciller César Guzzetti, el almirante impulsó la designación del vicealmirante Oscar Montes al frente de la Cancillería. No se trataba de un funcionario cualquiera. Hasta ese momento había comandado el Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA, una de las estructuras represivas más importantes del terrorismo de Estado. Su llegada al Palacio San Martín marcó el comienzo de una nueva etapa. La política exterior dejó de limitarse a responder denuncias diplomáticas y pasó a integrar un sistema mucho más amplio, que combinaba operaciones de prensa, inteligencia clandestina y acciones encubiertas en distintos países europeos.
Una Cancillería al servicio de la propaganda
Pocos meses después de asumir, Montes recibió una instrucción directa de Massera: reorganizar el área de Prensa del Ministerio de Relaciones Exteriores. El objetivo era claro. Había que coordinar la difusión de noticias favorables a la dictadura y responder con rapidez a cada denuncia publicada en el exterior.
Los documentos desclasificados por la propia Cancillería décadas más tarde muestran que aquella estructura tenía instrucciones precisas para «transmitir informaciones favorables» al régimen, neutralizar la actividad de los exiliados argentinos y establecer vínculos permanentes con periodistas extranjeros capaces de influir en la cobertura internacional.

La tarea no consistía únicamente en enviar comunicados oficiales. También incluía organizar entrevistas, distribuir material propagandístico, facilitar viajes a corresponsales y promover versiones que desacreditaran a quienes denunciaban las desapariciones. En otras palabras, se buscaba construir un relato alternativo que negara la existencia del terrorismo de Estado y presentara las acusaciones como parte de una operación política internacional.

Los prisioneros obligados a trabajar para sus verdugos
La perversidad del sistema llegaba incluso a utilizar como mano de obra a personas secuestradas por la propia dictadura. Algunos detenidos desaparecidos que permanecían cautivos en la ESMA fueron obligados a realizar tareas administrativas o de traducción para esa estructura de propaganda. Bajo condiciones de esclavitud, trabajaban para los mismos represores que los mantenían privados de la libertad. Muchos elaboraban informes, traducían publicaciones extranjeras o clasificaban información destinada a las embajadas. Mientras oficialmente figuraban como desaparecidos, eran utilizados para sostener la maquinaria propagandística del régimen. Ese mecanismo sería reconstruido años más tarde durante los juicios por delitos de lesa humanidad y a partir del testimonio de numerosos sobrevivientes.

Nacida en 1951, estudiaba Arquitectura en la UBA y militaba en Montoneros. Fue secuestrada el 30 de agosto de 1978. Durante su cautiverio en la ESMA, fue obligada a realizar tareas de fotografía y documentación falsa. Esta imagen, tomada el 18 de octubre de 1978, la muestra trabajando como prisionera bajo las órdenes de sus captores.
Meses después fue asesinada y permanece desaparecida. La fotografía adquirió un enorme valor histórico porque documenta el funcionamiento interno de la ESMA y fue incorporada como prueba en los juicios por crímenes de lesa humanidad. Además, fue tomada apenas cuatro meses después del Mundial ’78, cuando el centro clandestino seguía plenamente operativo.
Operaciones de prensa en Europa
La estrategia diseñada por la Armada también incluía operaciones específicas sobre medios de comunicación internacionales. El periodista argentino Carlos Gabetta, exiliado durante aquellos años en París, recordó posteriormente cómo funcionaban algunos de esos mecanismos.
Según su testimonio, cuando corresponsales latinoamericanos enviaban despachos críticos sobre la dictadura argentina a la agencia France Presse, determinados responsables editoriales decidían directamente descartarlos. Con una expresión sencilla -«a la poubelle», es decir, «al tacho de basura»-, algunos cables nunca llegaban a distribuirse entre los medios abonados.

No era un sistema generalizado, pero demostraba que la dictadura buscaba influir también sobre circuitos periodísticos internacionales. Para sostener ese entramado hacía falta dinero. Mucho dinero. Hasta entonces, el área de Prensa de la Cancillería disponía de un presupuesto cercano a los 20.000 dólares. Con la llegada de Montes, esa cifra se multiplicó a 832.000 dólares, más de cuarenta veces el presupuesto anterior. Aquellos recursos permitían financiar campañas de difusión, contratar consultores, organizar actividades diplomáticas y sostener acciones de inteligencia en distintos países europeos.
El Mundial no pudo ocultar la verdad
Mientras toda esa maquinaria propagandística trabajaba para instalar una imagen positiva de la Argentina, el Mundial de 1978 producía un efecto inesperado. Miles de periodistas extranjeros recorrían el país. Muchos comenzaron a entrevistar a familiares de desaparecidos, organismos de derechos humanos y dirigentes políticos.

Las denuncias dejaron de circular únicamente en ámbitos diplomáticos. Ahora aparecían en diarios, radios y canales de televisión de todo el mundo. La transmisión de la televisión neerlandesa mostrando simultáneamente la inauguración del campeonato y la ronda de las Madres de Plaza de Mayo terminó simbolizando ese contraste. La fiesta organizada por la dictadura convivía con el reclamo desesperado de quienes buscaban a sus hijos. A partir de entonces, el Mundial dejó de ser solamente un acontecimiento deportivo. También pasó a formar parte de la historia de la lucha internacional por los derechos humanos.

La visita que terminó de derrumbar el relato oficial
El golpe definitivo contra la estrategia comunicacional de la Junta Militar llegaría poco más de un año después. El 6 de septiembre de 1979, una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) arribó a la Argentina para investigar las denuncias presentadas contra el régimen. Durante dos semanas, cientos de familiares hicieron largas filas frente a la sede del organismo para entregar pruebas, testimonios y listas de desaparecidos. La imagen de aquellas colas recorrió nuevamente el mundo. La dictadura intentó minimizar la visita.

Repitió una vez más que todo formaba parte de una supuesta «campaña antiargentina» impulsada por organizaciones subversivas y sectores interesados en desprestigiar al país. Pero esa explicación ya no encontraba eco. Los integrantes de la CIDH recogieron centenares de denuncias, entrevistaron a víctimas y elaboraron un informe que confirmó la existencia de desapariciones forzadas, secuestros, torturas y centros clandestinos de detención. El documento, publicado en 1980, representó uno de los golpes internacionales más contundentes contra la legitimidad del régimen militar.

El gol en contra de la dictadura
Con el paso del tiempo, el Mundial de 1978 dejó de analizarse únicamente desde la perspectiva deportiva. La obtención del título por parte de la selección argentina continúa siendo uno de los mayores logros futbolísticos del país.

Sin embargo, alrededor de aquel campeonato convivieron dos historias completamente diferentes. Por un lado, la dictadura intentó utilizar el torneo para mostrar una imagen de normalidad, fortalecer su legitimidad y mejorar su prestigio internacional. Por el otro, organismos de derechos humanos, periodistas extranjeros y, especialmente, las Madres de Plaza de Mayo aprovecharon la atención mundial para denunciar los crímenes que el régimen pretendía ocultar.
Aquella estrategia terminó produciendo un efecto inverso al esperado. Las imágenes de mujeres caminando con pañuelos blancos mientras comenzaba el campeonato más importante del fútbol mundial quedaron grabadas en la memoria colectiva. La propaganda oficial, las campañas diplomáticas, las operaciones de prensa y los millones de dólares destinados a mejorar la imagen del gobierno no alcanzaron para silenciar la realidad.

A cuarenta y cinco años de aquel Mundial, los documentos desclasificados, los archivos diplomáticos y las investigaciones históricas permiten reconstruir con mayor precisión cómo funcionó esa enorme maquinaria propagandística diseñada por la Junta Militar. También confirman que, frente a ese aparato de desinformación, la persistencia de las Madres de Plaza de Mayo, el trabajo de periodistas extranjeros y las posteriores investigaciones internacionales lograron quebrar el relato oficial.
La Copa del Mundo que la dictadura imaginó como la gran vidriera para exhibir un país en paz terminó convirtiéndose, paradójicamente, en uno de los escenarios que ayudó a revelar ante el mundo la magnitud del terrorismo de Estado que se desarrollaba puertas adentro.





