En una jornada que los especialistas en pesimismo calificaron como «demasiado ambiciosa», la Argentina amaneció hoy con tres noticias capaces de hacer explotar cualquier grupo de WhatsApp: Cristina está presa, el Indio murió y Milei sigue en el Gobierno. Los analistas coinciden en que el país finalmente logró reunir en un mismo titular todo aquello que durante años alimentó discusiones familiares, peleas en asados y bloqueos en redes sociales.
Según trascendió, miles de argentinos y argentinas salieron a la calle sin saber exactamente si protestar, festejar, llorar, comprar dólares o simplemente volver a la cama y tomarse un blister de rivotril. La confusión es tal que algunos ciudadanos terminaron haciendo las cuatro cosas al mismo tiempo y todas mal.
En Plaza de Mayo, una multitud improvisó una ceremonia inédita: media plaza cantaba canciones de Los Redondos, la otra media discutía sobre la Corte Suprema y el resto intentaba entender cuánto costaba el kilo de asado. Los sociólogos describieron la escena como «la expresión más pura del ADN nacional».
La preocupación también alcanzó a la vida sentimental de los argentinos. En bares, oficinas y reuniones familiares comenzaron a verse hombres con la mirada perdida, observando el vacío y formulando para adentro la misma pregunta existencial que se hacen una y otra vez desde que tienen memoria: «¿Y ahora cuándo volveremos a tener sexo?». Nadie tiene una respuesta convincente. Algunos atribuían el fenómeno al impacto negativo de las noticias; otros sostenían que la incertidumbre política es, desde hace décadas, uno de los anticonceptivos más eficaces producidos por la industria nacional, y el resto la cachivacheó como el Tano para no quedar fuera de la conversación hasta que una mujer del fondo le gritó: «dejá la droga, gordo ladrón» y todos terminó patas para arriba.
«Con Cristina presa, el Indio muerto y Milei en la Casa Rosada, ¿qué tema romántico puede sobrevivir?», se preguntaba un vecino mientras revolvía un café que ya estaba frío desde la semana anterior, costumbre actual para no gastar. Los especialistas evitaron pronunciarse, aunque admitieron que nunca habían estudiado una combinación semejante de factores.
Mientras tanto, los canales de televisión desplegaron un operativo de emergencia. En un estudio discutían diez panelistas a los gritos sobre Cristina; en otro, doce especialistas analizaban el legado del Indio; y en un tercero, quince economistas explicaban por qué la inflación de ese mes era, en realidad, una sensación térmica.
La crisis también golpeó de lleno a los departamentos de astrología, numerología y lectura de borra de café, ojo a esta que no falla. Durante toda la jornada, cientos de especialistas intentaron encontrar una explicación cósmica a la sucesión de acontecimientos, pero las conclusiones fueron desalentadoras. «Mercurio retrógrado explica muchas cosas, pero esto ya parece una reunión de consorcio organizada por Drácula», admitió una astróloga visiblemente agotada.
En las redes sociales, la situación alcanzó niveles inéditos. Usuarios que llevaban años insultándose mutuamente descubrieron que estaban demasiado confundidos como para seguir peleando. Durante algunos minutos incluso se registraron episodios de convivencia digital. La anomalía fue detectada por científicos internacionales, que recomendaron monitorear el fenómeno antes de que desapareciera por completo y decaiga el uso de las redes y les pudra el negocio. Vamos, hagamos que se puteen todos contra todos arengó Elon Musk por su iPhone 17 PRO re cool a Mark Zuckerberg el dueño del resto de las redes a través de Meta.
Los kioscos tampoco escaparon al desconcierto. Algunos clientes compraban diarios buscando respuestas, otros compraban cigarrillos para soportar las preguntas y unos pocos adquirían golosinas porque consideraban que la infancia era el último refugio emocional disponible. Los vendedores coincidieron en que nunca habían visto tanta gente mirando fijamente la nada mientras esperaba el vuelto.
Las universidades convocaron mesas redondas, seminarios, radios públicas y jornadas de reflexión para analizar las consecuencias de semejante escenario. Después de varias horas de debate, los académicos lograron alcanzar una única conclusión compartida: «Es complicado». El documento final tenía trescientas páginas, de firmas, pero esa frase resumía el contenido con una precisión admirable.
Desde el Gobierno informaron que la situación está bajo control, una frase que históricamente en Argentina suele producir exactamente el efecto contrario. Se por ir todo al carajo.
Los mercados reaccionaron como era de esperarse: primero subieron, después bajaron, luego volvieron a subir y finalmente decidieron esperar a que alguien entendiera qué estaba pasando y los operadores se largaron a tomar whiskey escocés importado de China vía Temu.
Los historiadores, por su parte, pidieron calma. «La Argentina ya sobrevivió a cosas peores», señalaron, aunque evitaron precisar cuáles para no iniciar otra discusión interminable.
Mientras caía la noche, el país volvió lentamente a su estado habitual de funcionamiento. Los políticos siguieron discutiendo la nada misma, los periodistas siguieron interpretando esa nada buscando un contenido que siempre encuentran rápidamente, los economistas siguieron pronosticando el caos y los ciudadanos continuaron preguntándose qué demonios estaba pasando que Cristina estaba presa y Milei libre cuando todo indica que debería ser al revés. En ese sentido, los expertos llevaron tranquilidad a la población: más allá de cualquier crisis, tragedia, confusión o sorpresa nacional, hay tradiciones que ningún gobierno, ningún tribunal y ningún acontecimiento histórico han logrado modificar jamás.
Al cierre de esta edición, la única certeza era que la Argentina continuaba funcionando con su mecanismo habitual: millones de personas convencidas de que todo está perdido y millones de personas convencidas de que esto recién comienza. En el medio, como siempre, un mozo preguntando quién va a pagar la cuenta mientras todos huían del lugar.





