220 deportistas desaparecidos. Es el dato frío, pero detrás de él hay vidas, historias y trayectorias truncas. La cifra no surgió de un día para el otro. Es el resultado de más de dos décadas de investigación, reconstrucción y memoria que comenzó, casi por azar, con un nombre: Miguel Sánchez.
El fondista tucumano Miguel Sánchez, foto de portada, fue secuestrado en Berazategui en 1978. Su historia permanecía invisibilizada hasta que, en agosto de 1998, el periodista italiano Valerio Piccioni la descubrió durante un viaje a Buenos Aires. Aquella revelación no solo recuperó una biografía, sino que encendió una pregunta incómoda: ¿cuántos otros deportistas habían corrido la misma suerte? La respuesta todavía se sigue escribiendo.
De 26 a 220: una lista en permanente reconstrucción
En 2006, el periodista Gustavo Veiga publicó el libro Deporte, Desaparecidos y Dictadura, donde documentó 26 casos. Cuatro años después, la segunda edición ya contabilizaba 35. Hoy, en la tercera edición —prologada por Claudio Tamburrini— la cifra asciende a 220. Cada nueva edición no solo sumó nombres, sino también rostros.

Las tapas del libro, cada vez más pobladas de fotografías, reflejan el avance de una investigación que fue rompiendo silencios en clubes, federaciones y archivos familiares. Uno de los datos más impactantes es la cantidad de rugbiers: 152 jugadores. El caso del Club La Plata fue paradigmático: de 17 desaparecidos inicialmente identificados se pasó a 20, y luego la cifra se amplió al incorporar deportistas de todo el país.

El mapa de víctimas atraviesa múltiples disciplinas:
- Rugby: 152 jugadores
- Fútbol: 19 futbolistas
- Ajedrez: 13 jugadores
- Mujeres federadas: 13 deportistas
En el fútbol, hay historias que sintetizan una época. Carlos Rivada y Antonio Piovoso, compañeros en Huracán de Tres Arroyos en 1974, integran esa nómina. Piovoso había sido suplente de Hugo Gatti en Gimnasia en 1973.

La lista incluye además basquetbolistas, nadadores, boxeadores, ciclistas, tenistas, voleibolistas e incluso deportistas de disciplinas menos populares como el andinismo o el tenis criollo.
Memoria viva: familiares, deporte y militancia
La reconstrucción de estas historias también ocurre en actos de memoria. En el auditorio de Abuelas en la ex ESMA, Rosa Roisinblit, histórica integrante del organismo, recuerda a su hija Patricia, desaparecida, quien jugaba al tenis de mesa en Sociedad Hebraica.
Los detalles cotidianos —la mesa del living rayada por los entrenamientos— reconstruyen una vida que el terrorismo de Estado intentó borrar. Claudio Morresi, ex secretario de Deporte y referente en derechos humanos, también conecta biografía y militancia: su hermano Norberto fue desaparecido. El poeta Julián Axat aporta otra dimensión: reivindica recordar a los deportistas desde su condición de tales, como expresión de vida, no solo desde la tragedia. Su padre, Rodolfo Axat, fue uno de los 20 rugbiers desaparecidos de La Plata Rugby.

El caso que rompe la regla: cuando ni siquiera la militancia importó
La mayoría de los deportistas desaparecidos eran militantes políticos, lo que explica el ensañamiento del terrorismo de Estado. Pero hay excepciones que exponen la lógica indiscriminada de la violencia. El caso de Ernesto David Rojas, wing izquierdo de Gimnasia y Esgrima de Jujuy, es uno de ellos. Había debutado en el Nacional de 1970 contra Boca en La Bombonera. El 18 de marzo de 1976 fue fusilado por la Concentración Nacional Universitaria (CNU), un grupo parapolicial de extrema derecha. No militaba. Había viajado a La Plata para operarse una rodilla. Lo asesinaron igual, tres días antes de cumplir 30 años.
Una lista que sigue abierta
El trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) permitió identificar restos y cerrar historias, como la del ajedrecista santafesino Gustavo Bruzzone, secuestrado a los 22 años y reconocido en 2014. También aparecen nombres como Alicia Cheves de Almaraz, en ajedrez; Silvina Parodi, campeona nacional de natación; y las jugadoras de hockey Adriana Acosta —integrante de la selección argentina— y Miriam Susana Moro. Cada caso suma una capa más a una lista que no está cerrada.
Más que un número
Los 220 deportistas desaparecidos no lo fueron por su actividad deportiva. No los secuestraron por jugar al rugby, correr o mover piezas en un tablero.
Los desaparecieron por su militancia política
Pero recuperar su identidad como deportistas no es un dato menor. Es devolverles una dimensión vital que durante años fue ignorada, incluso dentro del propio ambiente deportivo, que en muchos casos eligió el silencio. Porque esas vidas no se explican solo por su final. Se explican también por todo lo que fueron: estudiantes, trabajadores, atletas, compañeros, hijos, padres.





