La verdadera historia del Cine Petit Palace es, en realidad, la historia del crecimiento cultural de Ituzaingó. Desde su inauguración en 1925 hasta su demolición en 1962, la sala fue cine, teatro, espacio de asambleas y hasta ámbito religioso en una localidad que todavía era un pueblo de quintas y calles de tierra. Su cierre no solo significó la pérdida de un edificio: marcó el final de una era social y cultural.

Los orígenes: el Cine Teatro Ituzaingó y la apuesta audaz de 1925
Para comprender la verdadera historia del Cine Petit Palace, es necesario retroceder a 1925. En ese momento, Ituzaingó era un poblado en formación, con desarrollo urbano incipiente. En ese contexto, el comerciante Alberto Devos decidió construir una sala cinematográfica y teatral en la actual Rondeau 28, frente a la entonces plaza sur, hoy Plaza San Martín.
El edificio presentaba una arquitectura ecléctica con rasgos neo-coloniales. La fachada tenía una entrada central protegida por una reja metálica plegadiza, flanqueada por dos columnas espiraladas que ascendían hasta el remate superior. A ambos lados, pequeñas ventanas con rejas coloniales completaban el frente. A la izquierda, un pasillo conducía hacia el fondo, entonces baldío en dirección a Rivadavia; a la derecha se ubicaba la vivienda de la familia Devos y, más allá, la quinta de Vinelli.
En el interior, un hall revestido con cerámicas en tonos azules conducía a la platea, equipada con unas 300 butacas tipo vienesas fijadas al piso. A la derecha se encontraba la boletería y la escalera al “pulman”, con alrededor de 30 asientos; a la izquierda, los sanitarios y la cartelera. El techo corredizo permitía ventilar la sala durante el verano, un detalle técnico significativo para la época.
Cine mudo, música en vivo y vida comunitaria
En los primeros años, cuando el cine aún era mudo, el operador fue Nicolás Boggio, hermano menor del maestro Pompeo Boggio. Las funciones eran acompañadas por música en vivo: primero por Don Gine Pasqua al piano y luego por Amelia Branda, secundada en violín por su hermana Josefa. La musicalización no era un complemento sino parte central del espectáculo.
La explotación comercial fue pasando por distintas manos: Juan Navarro Lahite, el propio Nicolás Boggio, Luis Gaspar, Juan Carlos Dulon y Domingo Baggiolo. Con la llegada del cine sonoro, el operador Osvaldo Firpo adaptó la cabina a las nuevas exigencias técnicas.
La sala no era solo un espacio de entretenimiento. En 1931 se realizó allí la asamblea popular que aprobó la primera pavimentación del centro de Ituzaingó. En 1932 se constituyó el Centro Cultural Bernardino Rivadavia. El edificio funcionaba como un verdadero foro comunitario.
En 1935, bajo la gestión de Domingo Gaggiolo, la sala cerró sus puertas. Sin embargo, la historia del lugar continuaría bajo otras formas.

Entre butacas y catequesis: el período religioso
Entre 1936 y 1940, ante la falta de una iglesia parroquial —la actual se inauguró en 1940— el edificio fue cedido para actividades religiosas. Allí se dictaba catequesis bajo la guía de Juanita Consejero y se realizaban bautismos y primeras comuniones, aunque no casamientos, ya que el espacio no estaba formalmente consagrado.
Este período demuestra cómo, en el Ituzaingó de entonces, los espacios eran multifuncionales y respondían a las necesidades inmediatas de la comunidad.
El regreso a la pantalla y la consolidación sonora
En 1941, la firma Marquínez Hermanos reactivó la sala como cine teatro. Un programa del 16 de enero de ese año incluía dibujos animados, números en vivo con artistas locales como Samuel Aguayo, Alberto Piñeyro y Ricardo Passano, además de una jazz band y el dúo Ocampo-Vera.

La segunda parte de la función presentaba la película El muelle de las brumas, anunciada como “sonora y hablada”, una aclaración que evidenciaba el atractivo tecnológico del momento.
También integraron la cartelera producciones argentinas como El mejor papá del mundo, con Enrique Alippi y Ricardo Passano, cuya presencia generaba salas colmadas. Las crónicas periodísticas señalaban que cuando actuaba Passano, vecino ilustre, la concurrencia era masiva.
En algunos programas todavía figuraba la dirección “San Martín 877”, pese a que la calle ya había sido renombrada como Rondeau, un indicio de los desfasajes administrativos de una ciudad en transformación.
1944: el nacimiento del Cine Petit Palace
El 19 de mayo de 1944 comenzó formalmente la etapa del Cine Petit Palace, cuando Juan Lombardi adquirió el inmueble y el fondo de comercio. El nuevo nombre buscaba dar un aire de distinción europea, aunque el apodo popular “Petit Pulga” aludía con ironía al desgaste edilicio.
Las funciones se realizaban martes, jueves, sábados y domingos. El martes era el “día de damas”, con entradas diferenciadas: 0,50 pesos para caballeros y 0,30 para damas y niños. Los fines de semana se ofrecían hasta tres funciones, con marcada presencia de cine argentino.
Vecinos recuerdan proyecciones de títulos emblemáticos como Dios se lo pague y La guerra gaucha, que convocaban largas filas y convertían cada función en un acontecimiento social.
Una empresa familiar en tiempos de cambio
En esta etapa trabajaron Luis “Chiche” Lombardi, Héctor Fernández, Miguel y Urso como operadores. Entre los acomodadores estuvieron Chiche, Benito y Calichio, mientras que en los últimos años Ileana Le Levier atendía la boletería.
El funcionamiento no estaba exento de dificultades. Hubo discusiones con distribuidores por la calidad de las copias y funciones demoradas por problemas técnicos. El Petit Palace operaba con recursos limitados en un contexto cada vez más competitivo.
El ocaso y la demolición definitiva
El avance de la televisión en los años cincuenta y la inauguración del Cine Gran Ituzaingó, con capacidad para 1500 espectadores y mayor comodidad, aceleraron el declive.
El 29 de junio de 1962 se produjo el cierre definitivo. La propiedad fue vendida en 800.000 pesos a una sociedad inversora y poco después el edificio fue demolido.
Así concluye la verdadera historia del Cine Petit Palace, el primer gran espacio cultural de Ituzaingó. En el predio funcionaron luego otros emprendimientos comerciales, pero ninguno logró reemplazar el valor simbólico de aquella sala que fue cine, teatro, capilla y asamblea popular. Su memoria permanece en quienes todavía recuerdan la luz del proyector atravesando la oscuridad y el murmullo expectante antes de cada función.





