La palabra “domesticar” siempre me sonó a veterinaria o a dictadura. A perro con bozal. A chico sentado derecho en un pupitre mientras aprende que el mundo es razonable. Que todo tiene un cauce. Que hay que adaptarse.
Pero yo crecí fugando del colegio, escuchando a los Sex Pistols como si fueran una amenaza real, no una remera vintage. Crecí pensando que la furia no era marketing sino diagnóstico. Que el “no future” era una descripción honesta del barrio después de las diez de la noche. La domesticación empezó cuando esa furia se volvió playlist para correr en la cinta.
Mucho tiempo después apareció Nick Cave en la galería de Santa Fé, oscuro y bíblico, cantando como si cada canción fuera una confesión en una iglesia abandonada y como si cada iglesia abandonada fuera mi cassa. Él tampoco parecía domesticable. Había sangre, culpa, deseo. Había belleza en lo torcido. Pero ahora lo escuchan en oficinas con paredes de vidrio mientras alguien completa una planilla de Excel. Se lo pierden.
En este país, la educación sentimental vino con estampita propia: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y esa liturgia pagana donde nadie pedía permiso. Antes Luca Prodan, que cantaba como si el idioma fuera un objeto que se podía romper. Ellos me enseñaron que el desborde era una forma de lucidez, y me quedó grabado en el cuerpo. Que estar fuera de eje era una manera de estar despierto.
Entonces, ¿por qué me quieren domesticar?
Tal vez porque leí a Kurt Vonnegut y entendí que el absurdo no es un género sino un sistema. Porque en las novelas de Jonas Jonasson los viejos se escapan por la ventana y la historia se desarma como un juguete. Porque Sam Shepard escribía sobre familias donde el amor era una herida que no cerraba nunca.
Porque supe que el periodismo podía ser un arma cuando leí a Rodolfo Walsh. Que escribir era señalar con el dedo, incluso cuando el dedo temblaba. Y que la literatura podía ser un espejo sucio y brutal como en las novelas de Michel Houellebecq, donde el deseo y la miseria conviven sin maquillaje.
Son todos pelotudos. ¿Acaso creen que van a poder hacerlo? La domesticación no es que me callen. Es peor: es que te expliquen. Que te digan que todo es más complejo, que no hay que exagerar, que la vida adulta consiste en aceptar, que a todos nos puede pasar, que no mientas cuando no lo hacés. Aceptar el miedo, aceptar que la rebeldía fue un fracaso que costó vidas, que las vidas no se viven sino se acomodan a una silla, que una silla es la mejor opción para mantenerse callado frente a un monitor.
Nos quieren funcionales. Tranquilos. Con indignaciones moderadas y listas de música curada por algoritmos. Nos quieren correctos, limpios, sanos, bien hablados, que levantemos la mano para preguntar sin importar que una maleducada te saque el micrófono desconociendo la historia de la expresión.
Pero todavía hay algo que late incómodo. Una frase mal dicha. Una canción demasiado fuerte. Un libro que molesta. Una noticia que no cierra. Algo que no encaja en la casa prolija que prometen y nunca terminan los irrita, los altera y transforma. Sería mucho mejor un mundo sin periodistas.
Y cada vez lo siento esto esto me potencio, vuelvo a la pregunta como quien vuelve a una cicatriz para comprobar que sigue ahí:
¿Por qué mierda me quieren domesticar? ¿Acaso no saben quién soy, qué hice, qué hago y que voy a hacer?
No ignorancia la de ustedes, es infantilismo. Lo mismo es la lucha, la pelea, el grito sordo, porque sin esos tres elementos no habría historia y entonces claro que la vida no tendría sentido.
Es lo único que les agradezco. Que me hagan sentir más vivo que nunca. Pero no me pidan que me siente porque pienso aún vivir con más intensidad hasta que mi corazón aguante.





