Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco II

Viernes 13: Crónicas

Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco II. El jueves voy al cirujano de apellido actor de Bielorrusia y me imaginación dice que me va a dar una cantidad interminable de órdenes de salud para que me haga todos los pre quirúrgicos antes del operación. Me abruma.

Viernes 13: Crónicas del Paciente Cardíaco II. Obviamente que le voy a decir todo que sí y ya.

No veo la hora de entrar al quirófano. Es ansiedad, ya lo sé. Pero entre sentirme mal y sentirme bien, prefiero sentirme bien, o sea, el quirófano.

Es la mejor opción que se cruzó en mi camino. No se cruzó Dios. Y si se hubiera cruzado Dios en mi camino, no le hubiera pedido que me devuelva la válvula aórtica en perfecta condiciones, sino que me transforme en un adolescente de 16 años.

Pero Dios no se cruza en el camino de nadie. El que se cruza siempre es el Diablo y su cola. Y así le va a uno que se haya cruzado el Diablo. Prefiero entonces salir empatado. Ni verlo a Dios ni que se me cruce el Diablo. Gracias pero paso.

Así que me voy a tener que arreglar sólo como tantos otros seres humanos con los médicos. Vengo pensando en cómo ser un buen paciente cuando toda mi vida me esforcé por se un niño, un adolescente, un joven y adulto desobediente, en el mejor de los casos.

Pero no quiero hacer ninguna locura como las hice en el pasado.

Estuve internado en la Clínica Modelo de Morón hace exactamente 20 años. Y fue una noche horrible. Una pesadilla.

Todo se transforma en una pesadilla cuando durá más de la cuenta dentro de lo que cabezota infernal tolera.

Convivía en una habitación doble con un hombre convaleciente y una enfermera en chanclas que parecía una columna del Ejército Prusiano.

Entre que el hombre no podía respirar y la enfermera pelotón prusiano que ingresaba a la habitación a su antojo prendiendo y apagando los tubos de luz como si se tratara de un criadero de pollos, en esas condiciones dormí noventa minutos a lo largo de ocho horas.

Cuando se hizo de día estaba tan alterado que pensé no hablar con absolutamente nadie. Tampoco alguién se había quedado a cuidarme. O sea que muchas opciones de diálogo no tenía. Pero en caso de surgir una, ya tenía un plan.

Me habían operado de una hernia inguinal. Y no tenía demasiadas ganas de tomar un té con galletitas sin sal.

Así que volví a meter todo en mi bolso, tomé la ropa y comencé a cambiarme con el objetivo final de cruzarme al Café del Encuentro.

Mientras me cambiaba, apareció la enfermera en chanclas que parecía una columna del Ejército Prusiano, la cual se podía escuchar dos manzanas a la redonda, y giró la vista hacia mí rápidamente como si yo fuera a asustarme por ese gesto.

No le hablé. Pero ella preguntó lo que estaba a la vista:

-¿Qué está haciendo? – me dijo.

-Me cambio -le respondí y levanté las cejas porque me estaba cambiando y yo no podía creer que no se diera cuenta. Ella sabía que preparaba mi fuga sin el alta médica.

Como la enfermera no hizo nada porque nada podía hacer, finalmente cruce con mi bolso al Café del Encuentro, pedí un café con leche, medialunas de manteca y manteca y dulce de lehe y me puse a leer el diario porteño La Nación. Así, parecía un empresario agroexportador recién caído de un Boeing 707 sin paracaídas.

Estaba hecho una porquería de personas con la hernia recién operada, sin afeitarme, los pelos parados y mal cambiado.

Un sujeto así se escapó de la Clínica Modelo, se cruzó al Café del Encuentro y se puso a desayunar como si controlara el mundo en un planeta en donde ya todo se ha convertido en incontrolable.

Por supuesto que veinte minutos después cayó la seguridad de la clínica, leyó mi cinta blanca en el brazo izquierdo y yo solo alce la vista y les dije:

-No me dejaron dormir en toda la noche, el médico me va a revisar en cinco horas y ustedes no pueden llevarme a la fuerza.

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Me odiaron. Tengo esa virtud. Hago que la gente me odie tan rápidamente como yo quiera. Y a pesar de que me esfuerzo, hay más gente de la que me quiere, que de la que me odia. Increíble.

Tengo reacciones como las de Klaus Kinski, y sin embargo, cientos de amigos.

Conociéndome, jamás tendría una amigo como yo. Pero no soy quién para decirle a la gente qué hacer con sus vidas. Bastante tengo con la mía.

El asunto es que finalmente negocié con la seguridad de la Clínica Modelo en qué términos sería la visita de mi médico de cabecera. Así que una vez que llegó, el médico se apersonó en mi habitación, me revisó y me firmó el alta tal como yo quería.

Todos felices y yo a mi casa en Morón Centro a la que llegué caminando cargando un bolso y la operación de la hernia inguinal en la lado derecho.

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Pero para la próxima operación, la de la valvulita del corazón, voy a presentar una versión completamente distinta de mí. Un paciente soldado. Voy a hacer todas y cada una de las cosas que me diga el cirujano. Ya lo tengo decidido. Aunque paradójicamente me asusta.

En ocasiones creo que la gente tan obediente finalmente termina fallando porque para un sujeto psquiatrizabable como yo, la vida es lucha.

Pero en este caso no puedo luchar. Me tengo que someter a una brigada de técnicos, anestesistas, cardiólogos y cirujanos y obedecer, cosa muy rara para un sujeto de mis características.

Si hay una película del culto que me gusta es “La Ley de la Calle” (Rumble Fish) de Francis Ford Coppola.

En esa película, hay peces peleadores. Esos peces sólo luchan por el espacio al simple contacto visual.

Hay una analogía entre los peces peleadores y los protagonistas de la película: “El Chico de la Moto” Mickey Rourke y Rusty James que lo interpreta Matt Dillon.

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Rourke es malo y domina las calles. Pelea por el dominio de la nada misma en un pueblo totalmente destruído en el cual no vale la pena quedarse. Pero pelea, y a través de la pelea siente la vida. Es una película agónica. Rusty James es su hermano más chico, y quiere ser como él.

No tiene nada que ver con el libro “El Club de la Pela” de Chuck Palahniuk que llevó al cine David Fincher y eligió como protagonistas a Edward Norton, Brad Pitt y Helena Bonham Carter.

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La Ley de la Calle es una trayecto agónico en el que se realza la vida disputando.

Criado en La Ley de la Calle y formado en la Universidad Pública de Buenos Aires, conviví con la todo lo que camina sobre el asfalto alejándome de lo más letal y acercándome a lo más productivo, equivocado o no, que es lo que llamo compartir las aspiraciones colectivas del cambio social.

Ese tipo se mete al quirófano asustado por los resultados de los pre quirúrgicos que aún no se hizo.

Cientos de marchas con Policías, Gendarmería y hasta el Ejército en medio. Y finalmente dependo de cinco papeletas que den bien para que el cirujano V.K. decida meterme en el quirófano.

(Si querés leer la Primera Crónica, hacé click ACA)

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