Galletitas Ópera: Historia

Galletitas Ópera: Historia de una imitación. En el mundo de las galletitas, las imitaciones son un modo de homenaje. En Argentina existen las galletitas Sinfonía y Recital, obleas rellenas que aparecieron en los últimos años, pero en realidad la mayoría de las galletitas nacionales surgieron de imitaciones europeas.

Galletitas Ópera: Historia de una imitación. En 2015, la Dirección de Agroalimentos del Ministerio de Agricultura publicó una estadística sobre los principales países consumidores de galletitas en el mundo: Reino Unido estaba en segundo lugar, donde cada habitante consume en promedio 10,02 kilos de biscuits al año. Argentina consume  10,67 per cápita.

Desde 1810 y la apertura del puerto de Buenos Aires, habían llegado manufacturas de Gran Bretaña, principal destino de las materias primas argentinas. Para la segunda mitad del siglo, las importaciones empezaron a marcar el modo de vida de las altas sociedades: menos criollas.

En 1881 José Antonio Wilde escribía: “La mayor parte de los artículos que hoy constituyen el surtido de un almacén de comestibles eran completamente desconocidos algunos, y otros sumamente escasos, como la cerveza inglesa, y tanto otro artículo que hoy abunda”.

El té, por ejemplo, era infusión símbolo de anglicidad con una tetera de porcelana, un juego de tazas, y sin duda unas fancy biscuits (manteca, huevo, leche, harina y azúcar refinadas y de alta calidad) de jengibre, canela, nuez, esencia o crema de naranja.

Galletitas Ópera: Historia

Otra era la ship biscuit conocida como galleta de campo, marinera o simplemente galleta, y formaba parte de la dieta del gaucho. La digestive biscuits o galleta María se había corporizado en Lola, una de las “tres cosas buenas” del catálogo de Bagley, junto a la Hesperidina y la mermelada de naranja.

Pero, ¿Cómo nació la palabra galletita? Se estima que fue Bagley quien la impuso. Desde la aparición de Lola, “galletita” significó modernidad.

La Ley de Aduanas de 1876 gravaba con un 45% a las “galletitas” extranjeras, y al trigo, y a la manteca.

Bagley es el iniciador del progreso industrial en la República Argentina, y sus productos fueron los primeros en reemplazar a sus versiones extranjeras por las cuales se pagaban miles de pesos al año.

Cracknell”, “Soda”, “Nic-Nac”, “Maicena”, “Petit-Beurre”, “Jamaica” y otras traducciones más torpes como “Bollos de nieve” o “Capitán” eran algunos nombres de tipos genéricos de galletitas similares a los de Huntley & Palmers.

Un gran número de variedades de Bagley no se comercializaba de manera independiente sino como parte del “Surtido”. Para 1886 existían “ochenta clases” distintas. Para ello Bagley empleaba noventa personas.

¿Cómo surgen las Opera?

La primera aparición corresponde a un artículo publicado en el número 108 de Caras y caretas, de octubre de 1900, que retrataba el funcionamiento de la fábrica de Barracas.

Ya en 1890 Huntley & Palmers había lanzado sus “Opera Wafers” encarnando la cultura victoriana con el sello de “Manufacturers of Her Majesty the Queen of England”.

Su formato había sido diseñado para facilitar la introducción en sinuosas copas de cristal, como acompañamiento y ornamento de helados, frutas o dulces.

El universo imaginario de la ópera era también el universo evocado por las Ópera. El discurso de las wafers británicas y de las galletitas argentinas iba dirigido a un público para el cual el lujo y la elegancia eran ideales codiciados reproduciendo el ascenso económico y social.

El público de Bagley empezó a conformarse a partir de 1860, con las primeras oleadas de inmigrantes, y se expandió entre 1870 y 1930 cuando ingresaron más de seis millones de personas al país.

El historiador Fernando Rocchi destacó la importancia del papel desempeñado por “la emulación de las clases altas” en la constitución de los hábitos de consumo de esa incipiente clase media.

Por ello, las connotaciones de “Opera” podían ser válidas para el consumidor inglés como para el porteño. En Argentina las Ópera eran el resultado de un doble proceso imitativo: de la clase alta local a la clase alta europeas, y de las clases medias locales a las clases altas.

Otro es el caso de las galletitas Mitre: Creadas por Bagley a comienzos de la década de 1900, rendían homenaje a Bartolomé Mitre asociando su producto a una figura que gozaba de una alta aceptación entre el público.

Galletitas Ópera: Historia

A su vez, el Estado, encontraba en la publicidad comercial un canal alternativo para la difusión de su ideología.

Un aviso de 1903 decía: “Sabemos que apenas un 12% de la población ha probado la rica Galletita Mitre. No estamos contentos. Fabricamos para todos y deseamos que todos conozcan el grado de excelencia a que ha llegado la fabricación nacional. Mitre es un producto esencialmente nacional. Esperamos pues que todos los buenos Ciudadanos Argentinos (sic) comprarán una lata de estas galletitas deliciosas protegiendo así a la Industria Nacional”.

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Así, la europeizante Bagley se lanzaba a la conquista de un mercado nacional unificado por el transporte. En su calidad de pionero y líder de la industria se ofrecía a la sociedad como un modelo a seguir.

Ca destacar que el acto de bautizar una galletita en honor a una personalidad célebre no era un invento de Bagley (la Marie biscuit, por ejemplo, debía su denominación a la duquesa María Aleksándrovna de Rusia, casada en 1874 con uno de los hijos de la Reina Victoria).

En 1902 Bagley formó junto a tres importantes empresas de galletitas (La Unión de Buenos Aires, La Julia de La Plata y La Aurora de Rosario) un consorcio llamado “Fabricantes Unidos”, a través del cual pretendió desplazar a la competencia del interior del país.

Galletitas Ópera: Historia
Fabrica de Bagley en Barracas

Para el alcance masivo debía multiplicar los targets, desprenderse del excesivo porteñismo y limitar el uso de palabras en inglés: En 1909 aparecerían las galletitas Bu-Bu para diluir el “buen gusto” para introducir referencias más vagas y genéricas.

 Bagley comienza a atribuir propiedades nutritivas y saludables a los dulces interpelando a las madres en su papel de “protectoras”; luego se centró en “el goce y el placer”, con los niños como destinatarios directos.

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En 1930, un aviso de las Opera señalaba:

 “Liviana como la espuma, pura como el amor de la madre, dulce como el beso de un niño, refrescante como la lluvia en secos campos, la Galletita Opera es la tradicional compañera de las tradicionales fiestas de la estación. En millares de hogares aristocráticos, se sirve, inevitablemente con champagne, vino, generosos o helados”.

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