Villa Ariza: la historia del tabacalero jamás contada. A comienzos del siglo XX, un empresario tabacalero logró algo que hoy parece imposible: fundar un barrio entero regalando terrenos a quienes fumaban sus cigarrillos. Su nombre era José María Ariza, dueño de la fábrica de tabacos La Favorita, y su estrategia publicitaria fue tan audaz como insólita: quien juntara 500 marquillas de los cigarrillos Rico Tipo podía convertirse en propietario de un lote en las afueras de Ituzaingó. Lo que empezó como una campaña de marketing terminó dando origen a Villa Ariza, un barrio nacido entre humo de tabaco, promociones comerciales y hasta un tranvía a caballo que conectaba aquellos campos con la estación del ferrocarril.

Para hablar de José María Ariza, el extraño empresario cuyo nombre terminó bautizando a un barrio entero del oeste bonaerense, hay que remontarse a 1907, cuando el negocio del tabaco vivía uno de sus momentos de mayor expansión en la Argentina. Ariza, dueño de la manufactura de cigarrillos La Favorita, ideó un sistema de promoción que parecía extravagante incluso para la época: regalar terrenos a quienes fumaran sus cigarrillos.
La propuesta formaba parte de una estrategia comercial inédita. En aquellos años, muchas marcas premiaban a los fumadores que juntaban marquillas —los envoltorios de los atados— con objetos menores como relojes, postales o pequeñas sumas de dinero. Ariza fue mucho más lejos: ofrecía un lote de terreno a quienes reunieran quinientas marquillas vacías de sus cigarrillos “Rico Tipo”. La promoción incluía parcelas ubicadas en una zona entonces casi rural de Ituzaingó, delimitada por las actuales calles José María Paz, Lavalleja y Paysandú, incluyendo el histórico sector conocido como Los Portones.
La publicidad de la época no disimulaba el tono desafiante del empresario. “Fuman buen tabaco, fuman gratis y se hacen propietarios sin gastar un centavo”, proclamaba Ariza, prometiendo cumplir cada una de sus ofertas. La estrategia fue tan impactante que muchos fumadores comenzaron a guardar compulsivamente las marquillas, soñando con convertirse en dueños de una parcela en el oeste del conurbano, en una época en la que la tierra todavía parecía infinita.

El nacimiento de un barrio con nombre propio
El proyecto inmobiliario avanzó lentamente. La zona donde se entregaban los terrenos era prácticamente campo abierto, con quintas dispersas y caminos de tierra. El acceso era difícil y quienes se animaban a instalarse allí debían viajar con medios precarios hasta las estaciones de Ituzaingó o Castelar, desde donde partían los trenes a vapor hacia la Capital.
Con el tiempo, la Municipalidad de Morón aprobó los planos de subdivisión del lugar con el nombre oficial de “Villa Esperanza”. Sin embargo, la memoria popular fue más fuerte que los papeles administrativos. Los vecinos siguieron llamando al barrio Villa Ariza, en referencia al tabacalero que había impulsado la urbanización. Ese nombre se mantuvo hasta hoy.

La iniciativa de Ariza no estuvo exenta de dificultades. La venta de lotes avanzaba con lentitud debido al aislamiento del lugar, y la fábrica de cigarrillos del empresario terminó cerrando algunos años después. Las tierras pasaron entonces a manos de la firma Pasquié y Cía. junto con el Banco Supervielle, que continuaron impulsando la urbanización.
Mientras tanto, la actividad económica de la zona empezó a crecer con emprendimientos modestos pero decisivos. Uno de los más importantes fue el horno de ladrillos de Nicolás Defilippi, que dio trabajo a muchos pobladores y contribuyó al desarrollo inicial del barrio.

El increíble tranvía a caballo de Ituzaingó
La clave para consolidar el barrio llegó en 1913, cuando comenzó a gestarse uno de los proyectos de transporte más curiosos de la historia del Gran Buenos Aires: el tranvía de Villa Ariza a la estación de Ituzaingó.

El proyecto fue posible gracias a la empresa Pasquié y Cía., que tenía experiencia en obras ferroviarias. Un año antes había participado en la construcción del túnel que permitía el paso de las vías del Ferrocarril Oeste bajo Plaza Miserere, lo que facilitó la iniciativa de instalar una pequeña línea de tranvías para conectar el nuevo barrio con el tren.
Para el servicio se adquirieron tres coches tranvías de roble, robustos y con fuerte tren rodante. Tenían puertas corredizas, ventanas con cortinas que se levantaban y asientos longitudinales, y habían sido comprados de segunda mano a la compañía Anglo Argentina de Buenos Aires, que ya no los utilizaba. Cada coche costó cuarenta pesos, y funcionaba con tracción a caballo. Incluso los rieles y durmientes eran materiales reutilizados, algo común en los emprendimientos ferroviarios menores de la época.

La terminal del tranvía en Villa Ariza se ubicaba en la esquina de Defilippi y Lavalleja, donde existían galpones para el depósito de los coches y el cuidado de los animales. Desde allí partía el recorrido por la calle Defilippi, pasando por Los Portones, Olavarría, Alvear y Las Heras, hasta llegar a la estación Ituzaingó.

El trayecto era completamente llano y apenas incluía una única obra de mampostería en la esquina de Olavarría y Alvear. Cuando el tranvía llegaba al final del recorrido, el cochero simplemente desenganchaba el caballo para invertir el sentido de marcha, una escena cotidiana que muchos vecinos recordaron durante décadas.
Gracias a ese pequeño sistema de transporte, los terrenos comenzaron a venderse con mayor rapidez. El tranvía permitió que el barrio dejara de ser un proyecto aislado y se integrara al circuito ferroviario del oeste del conurbano.

Rico Tipo: el cigarrillo que fundó un barrio
El corazón de toda esta historia fue la marca de cigarrillos Rico Tipo, la más exitosa de la fábrica de Ariza. Los paquetes se vendían a 20 centavos, aunque también existían versiones más caras de 30 y 40 centavos con tabaco de mejor calidad.
La etiqueta mostraba un personaje con galera montado en un burro, símbolo del “rico tipo”, una expresión popular de la época que describía a un personaje simpático, algo despreocupado y querido por todos. El humor era parte esencial de la estrategia publicitaria: en una propaganda de 1908 el presidente José Figueroa Alcorta aparecía caricaturizado montando el mismo burro del logo, una sátira política que llamaba la atención de los lectores de revistas como Caras y Caretas.
Décadas después, el nombre Rico Tipo volvería a hacerse famoso gracias a la revista humorística creada en 1944 por Guillermo Divito, célebre por sus estilizadas “chicas Divito”, íconos de la cultura porteña de mediados del siglo XX.
Pero mucho antes de convertirse en un símbolo del humor gráfico argentino, Rico Tipo había dejado una huella mucho más concreta en el mapa del conurbano. Porque detrás de ese nombre pintoresco se escondía una idea que parecía imposible: un barrio nacido de una promoción de cigarrillos.
Y aunque los documentos municipales hablaran de Villa Esperanza, la historia popular terminó imponiendo otro recuerdo. El del empresario que prometió terrenos a los fumadores y terminó dándole nombre a Villa Ariza.

Cinco historias poco conocidas de Villa Ariza
1. Fumadores que se asociaban para conseguir un terreno
El sistema del “Premio Ariza”, que entregaba terrenos a quienes juntaran 500 marquillas de cigarrillos Rico Tipo, generó situaciones curiosas. Muchos fumadores comenzaron a asociarse entre amigos, familiares o compañeros de trabajo para reunir más rápido los envoltorios. Algunos bares de Buenos Aires incluso guardaban las marquillas de los clientes habituales para entregárselas a quienes intentaban completar la cantidad necesaria. Así, el sueño de tener un terreno en el oeste del conurbano se convirtió en una especie de colecta tabacalera.
2. El barrio que oficialmente nunca se llamó Villa Ariza
Cuando el loteo fue aprobado por la Municipalidad de Morón, el nombre elegido para la urbanización fue Villa Esperanza. Sin embargo, la gente nunca adoptó esa denominación. Los compradores de terrenos, los primeros vecinos y los trabajadores de la zona continuaron refiriéndose al lugar como Villa Ariza, en referencia al tabacalero que había impulsado el proyecto. Con el paso de los años, la costumbre terminó imponiéndose al nombre oficial, y el barrio quedó definitivamente identificado con el apellido del empresario.

3. El tranvía que se daba vuelta desenganchando el caballo
El tranvía a caballo que conectaba Villa Ariza con la estación de Ituzaingó tenía un funcionamiento tan simple como ingenioso. Al llegar a la terminal, no existían sistemas de giro ni rotondas. El cochero simplemente desenganchaba el caballo, lo llevaba al otro extremo del coche y lo volvía a enganchar para iniciar el viaje de regreso. Esta escena cotidiana formó parte del paisaje del barrio durante años y fue recordada por generaciones de vecinos.

4. Las vías todavía existen
Aunque el tranvía dejó de funcionar hace más de un siglo, todavía quedan rastros de su recorrido. En la esquina de Defilippi y José María Paz se conservan algunos metros del pavimento original y restos de las vías del antiguo tranvía. Son pequeños fragmentos de hierro incrustados en la calle que sobreviven como una de las huellas materiales más antiguas de la urbanización de Ituzaingó.

5. El primer “marketing inmobiliario” del conurbano
La estrategia de José Ariza fue tan novedosa que otros empresarios intentaron copiarla poco después. A comienzos del siglo XX, el tabacalero Juan Posse utilizó un sistema similar para promocionar terrenos en lo que luego sería Mariano Acosta, en el partido de Merlo. Sin embargo, el caso de Villa Ariza quedó como el más recordado, porque no solo vendió terrenos: terminó dando nombre a un barrio entero.
En otras palabras, Villa Ariza es uno de los pocos lugares del conurbano cuya historia comienza con una campaña publicitaria. Y todo empezó con una idea que hoy parecería imposible: fumar cigarrillos para convertirse en propietario de la tierra.





