Blossom Castelar, una experiencia inolvidable por las razones equivocadas

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El Día de la Madre, el restaurante de Carlos Casares y Pompeya, en Castelar Norte, ofreció una larga espera, platos quemados o incompletos, empanadas congeladas y reclamos por los pasillos. Una visita que duró cerca de tres horas y dejó una pregunta: ¿la carta corresponde a este local o a uno imaginario?

La cadena gastronómica Blossom fue fundada y es dirigida por el chef y empresario gastronómico Emiliano Ferrari junto a sus socios (entre ellos, su socio histórico Patricio Rossi en el desarrollo del grupo). Ferrari es el responsable del concepto culinario y de la expansión de la marca, que nació originalmente en la Zona Norte del Gran Buenos Aires con locales en Olivos, Martínez y San Isidro antes de desembarcar en Castelar. Además de Blossom, el grupo gestiona otros proyectos y submarcas asociadas, como Dolce, su propuesta de heladería y pastelería artesanal.

Bueno, Ferrari, venite corriendo a Casstelar porque el local que pusiste disfunciona.

Una montaña de errores, plato por plato

Una montaña de errores ya no es un traspié: es una anomalía. Y lo que vivimos el Día de la Madre en Blossom tuvo bastante de lo segundo. El servicio no llegó ni a una estrella: nada pareció funcionar como debía y las explicaciones que recibimos no estuvieron a la altura de los problemas.

La comida llegó quemada o sin varios de los ingredientes que anunciaba el menú. También hubo empanadas congeladas sobre la mesa y faltaban saleros, acaso el único detalle que, por contraste, terminó jugando a favor. Mientras tanto, la escena se completaba con clientes que reclamaban en la caja, en los pasillos o directamente en la cocina, ubicada justo en la entrada.

No era una coreografía planificada para entretener a quienes esperaban la comida, aunque por momentos lo pareciera. Cada mesa tenía su propio capítulo: alguien preguntaba por un plato, otra persona esperaba una respuesta y, a pocos pasos, alguien intentaba averiguar cuánto faltaba para que llegara lo que ya había pedido hacía rato.}

El salón principal de Blossom con clientes con más de 50 grtados de temperatura esperando para almorzar.
El salón principal de Blossom con clientes con más de 50 grtados de temperatura esperando para almorzar.

Una promesa gastronómica en modo ficción

Blossom se define como un lugar para disfrutar “momentos únicos y una experiencia gastronómica inolvidable”. La frase no aclara si inolvidable por lo buena o por lo mala. Después de nuestra visita, podemos confirmar que, al menos ese día, fue difícil de olvidar por las razones equivocadas.

La atención fue muy mala y el funcionamiento del salón transmitía la impresión de una comedia en la que todo sale mal y nadie encuentra el guion. Las y los mozos repetían que lo ocurrido no era “su culpa” y explicaban, por ejemplo, que se había roto la comandera. Puede ser una explicación para una demora; difícilmente alcance para explicar toda la experiencia.

La carta y los platos que no estaban

Entre lo que figuraba en el menú y lo que efectivamente estaba disponible hubo, según lo que pudimos comprobar en esa visita, una brecha cercana al 40%. Casi la mitad de las opciones consultadas no estaban. La carta, al menos ese día, parecía ofrecer una versión paralela del restaurante, con platos que existían en el papel pero no necesariamente en la cocina.

Si se reclamaba por algo faltante, la espera podía sumar unos 40 minutos. Para entonces, lo que ya había llegado a la mesa se enfriaba. Pedir que calentaran el plato podía significar esperar media hora. El resultado: para comer en Blossom durante el Día de la Madre, había que reservar —además de una mesa— cerca de tres horas de la vida y una dosis importante de paciencia.

Y cuando el plato finalmente llegaba quemado, frío o incompleto, ¿qué se suponía que debía hacer el cliente? ¿Levantarse e irse? Era una posibilidad. Algunos optaron por levantarse, ir y venir por los pasillos y reclamar celeridad. Comer, desde luego, quedó en segundo plano.

Una de las tantas mesas, incómodas por supuesto, con almohadones para fakir.
Una de las tantas mesas, incómodas por supuesto, con almohadones para fakir.

Un sorteo sorpresa y una parrilla a la vereda

También había un sorteo del que, al parecer, muchos clientes se enteraron recién al llegar. La inscripción ya estaba cerrada. Otro mal chiste. Una promoción muy efectiva para quienes habían visto antes el anuncio en redes; bastante menos útil para quienes se acercaron al local sin conocerla.

A la escena se suma el chiringuito montado sobre la vereda para pedir carne a la parrilla, una propuesta que recuerda a algunos puestos del Camino de Cintura. Puede ser una novedad para Castelar Norte; después de una comida que no logró salir como se esperaba, no alcanza para compensar el resto.

Lujo: el chiringuito en la puerta del local, tirrando humo, volcando carbón, y u un parrillero con frío al aire libre un día nublado de octubre. Todo para vender "algo más". Un bajón.
Lujo: el chiringuito en la puerta del local, tirrando humo, volcando carbón, y u un parrillero con frío al aire libre un día nublado de octubre. Todo para vender «algo más». Un bajón.

Los clientes también pueden cambiar de lugar

Una mala jornada puede ocurrir en cualquier restaurante. Lo que cuesta más justificar es que tantos problemas coincidan en una fecha especial y que la experiencia termine convertida en una sucesión de demoras, platos fallidos y reclamos.

Los responsables de Blossom deberían cambiar de rubro o, al menos, mejorar muchísimo el que ya eligieron. Blossom, cambiá: tarde o temprano, los clientes también pueden cambiar de lugar.

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