Este lunes 28 de septiembre de 2026 se cumplen 60 años del Operativo Cóndor. Aquella mañana, 17 hombres y una mujer tomaron el control del Vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas, que había partido del Aeroparque Jorge Newbery con destino a Río Gallegos. Después de desviar el avión hacia el Atlántico Sur, los jóvenes obligaron al comandante a buscar un lugar donde aterrizar en las islas.
La acción se produjo en un momento particular. Argentina reclamaba la soberanía de Las Malvinas, mientras el Reino Unido ejercía el control efectivo del territorio. En diciembre de 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas había aprobado la Resolución 2065: reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre ambos países e invitó a sus gobiernos a negociar una solución pacífica.
El país atravesaba, además, una ruptura institucional reciente. El 28 de junio de 1966, un golpe de Estado derrocó al presidente Arturo Illia y llevó al poder al general Juan Carlos Onganía. La operación se realizó exactamente tres meses después. Distintas reconstrucciones históricas señalan también que la fecha coincidió con la visita del príncipe Felipe de Edimburgo a la Argentina y que en el vuelo viajaba el contralmirante José María Guzmán, gobernador de facto del territorio nacional que comprendía Tierra del Fuego y las islas del Atlántico Sur.
Para los organizadores, la misión tenía un objetivo político: llevar el reclamo argentino hasta las islas y generar una noticia que trascendiera las fronteras. La acción también cuestionaba a la dictadura de Onganía, que no había sido elegida por el voto popular. El grupo actuó por cuenta propia, se trató de 18 militantes peronistas decididos a mostrarle al mundo sus convicciones patrioticas, cosa que Juan Carlos Onganía proclamaba pero no cumplía.

Quiénes integraron el Comando Cóndor
El grupo estaba compuesto por 18 personas, en su mayoría jóvenes trabajadores, estudiantes y militantes vinculados con distintas corrientes del peronismo y el nacionalismo. Entre sus integrantes había obreros metalúrgicos, empleados y estudiantes. La única mujer era María Cristina Verrier, periodista y dramaturga, que participó en la preparación de la iniciativa junto con Dardo Cabo, jefe del comando.
La nómina publicada por la Legislatura bonaerense incluye a Dardo Manuel Cabo, María Cristina Verrier, Fernando Aguirre, Norberto Karasiewicz, Andrés Castillo, Luis Caprara, Víctor Chazarreta, Ricardo Ahe, Juan Bovo, Edelmiro Navarro, Ramón Sánchez, Pedro Tursi, Juan Carlos Rodríguez, Pedro Bernardini, Alejandro Giovenco Romero, Fernando Lisardo, Edgardo Salcedo y Aldo Ramírez.


Cabo, de 25 años, era metalúrgico y militante peronista. Conducía el grupo y fue quien dio las instrucciones principales durante el vuelo y en las islas. María Cristina Verrier, de 27, tuvo un papel central en la organización. En torno a ellos se reunieron militantes con trayectorias laborales y políticas diversas. Algunos provenían de la Resistencia Peronista y otros de agrupaciones distintas; sus caminos políticos posteriores tampoco fueron iguales.

En el avión viajaba también Héctor Ricardo García, director del diario Crónica. Fue testigo de lo ocurrido y fotografió la llegada, pero no formaba parte de los 18 integrantes del comando. Su presencia ayudó a que la operación tuviera una cobertura periodística inmediata cuando la noticia llegó al continente.
Pese a no formar parte del gurpo de los 18 intengrantes, aunque Héctor Ricardo García jamás lo confirmó, la leyenda cuenta que como propietario del periódico sindical más importante del país, estaba al tanto de la operación a través de la Unión Obrera Metalúrgica, donde militaba Dardo Cabo. También que a cambio de financiar parte de la operación, tener un lugar en el avión. Y así fue que logró las mejores fotos y artículos desde las islas durante aquella primer toma.

También viajaba en el mismo avión el gobernador del territorio nacional de Tierra del Fuego, contraalmirante José María Guzmán.
El desvío del vuelo 648
El avión era un Douglas DC-4, matrícula LV-AGG, conocido como Teniente Benjamín Matienzo. Despegó de Aeroparque alrededor de las 00.30 del 28 de septiembre. El vuelo tenía como destino Río Gallegos, y entre sus pasajeros se encontraba el gobernador de facto José María Guzmán.
Cerca de las seis de la mañana, cuando la aeronave sobrevolaba el sur de Santa Cruz, Cabo y Alejandro Giovenco avanzaron hacia la cabina y exigieron al piloto, Ernesto Fernández García, que cambiara el rumbo hacia Malvinas. Los integrantes del comando llevaban armas. La decisión colocó en riesgo a los pasajeros y a la tripulación, y dejó al comandante ante una tarea extraordinaria: encontrar las islas y hacer aterrizar un avión comercial en un lugar sin una pista preparada para recibirlo.
El piloto planteó las dificultades del viaje: el mal tiempo, la falta de cartas de navegación adecuadas y la incertidumbre sobre dónde podría bajar el avión. Los jóvenes insistieron en seguir hacia las islas. Fernández García debió orientarse con información limitada y evaluar las condiciones de vuelo mientras procuraba evitar que la situación terminara en una tragedia. La navegación hacia Malvinas y la búsqueda de un sitio de aterrizaje fueron algunos de los momentos más tensos de la operación.
A las 8.42, el DC-4 descendió en el hipódromo de Puerto Stanley —hoy Puerto Argentino—, un terreno de turba y pasto utilizado para carreras de caballos. No había allí una pista convencional para ese tipo de aeronave. El aterrizaje fue tan exigente que una de las ruedas quedó hundida en el suelo. El avión logró detenerse y sus ocupantes salieron sin que se produjera un choque fatal.

Siete banderas y una proclama
Una vez en tierra, los integrantes del comando desplegaron e izaron siete banderas argentinas. Según la reconstrucción presentada en la Cámara de Diputados, cinco fueron colocadas en alambrados, otra en el avión y una más en un poste que utilizaron como mástil. También llamaron Puerto Rivero al lugar, en homenaje a Antonio Rivero, figura asociada a la resistencia frente a la presencia británica en el siglo XIX.
Desde la radio del avión transmitieron el mensaje “Operación Cóndor cumplida”. Informaron que los pasajeros, la tripulación y la aeronave estaban sin novedad, y anunciaron que se encontraban en Puerto Rivero. En el mismo comunicado, advirtieron que habían tomado como rehenes a autoridades locales y que las liberarían cuando el gobernador británico reconociera que el comando se consideraba en territorio argentino.

La noticia llegó al continente a través de radioaficionados. Una transmisión captada en las islas fue retransmitida desde puntos como Trelew, Punta Arenas y Río Gallegos, hasta que los primeros datos empezaron a circular en Buenos Aires. En pocas horas, una operación preparada en secreto se convirtió en una noticia nacional e internacional.
La elección de símbolos fue parte central de la acción. Las banderas, el nombre de Puerto Rivero, el mensaje radial y la proclama distribuida entre los habitantes buscaban expresar que los jóvenes reivindicaban la soberanía argentina. El grupo también entonó el Himno Nacional en las islas. Así, la ocupación simbólica combinó presencia física, gestos ceremoniales y comunicación pública.
El operativo tenía planes que iban más allá de izar las banderas: algunas reconstrucciones históricas señalan que se evaluó ocupar la residencia del gobernador y el arsenal local. Sin embargo, el aterrizaje en un terreno precario y el rápido cerco de las fuerzas británicas limitaron el margen de acción. El comando no logró controlar la administración de las islas ni desplazar a sus autoridades.

El cerco y la salida de las islas
Después del aterrizaje, integrantes de la comunidad isleña y fuerzas británicas rodearon el avión. Varios habitantes que se acercaron fueron retenidos por el grupo, entre ellos miembros de las autoridades locales. Los pasajeros y la tripulación, por su parte, fueron alojados en casas de familias isleñas mientras avanzaban las negociaciones. No hubo disparos ni muertos durante la permanencia del comando en las islas.
La mediación del sacerdote católico Rodolfo Roel fue decisiva para encontrar una salida. El sacerdote celebró una misa y ayudó a establecer contacto entre los jóvenes, el comandante del avión y las autoridades locales. La bandera argentina permaneció izada alrededor de 36 horas, según la reseña incorporada a la ley bonaerense que homenajeó a los integrantes del operativo.
Los jóvenes aceptaron dejar sus armas en el avión y buscaron refugio en la iglesia católica. Para el grupo, ese arreglo evitaba presentarse como rendido directamente ante las autoridades británicas. El traslado al continente se concretó el 1 de octubre, cuando los integrantes fueron embarcados en el buque de la Armada Argentina ARA Bahía Buen Suceso.
La acción había terminado, pero la discusión sobre su significado recién empezaba. Para sus protagonistas, había sido una afirmación concreta de soberanía: habían puesto los pies en las islas, plantado la bandera y hecho escuchar el reclamo argentino. Para las autoridades británicas, se trató de una incursión ilegal que debía terminar con la detención del grupo. Y para el gobierno de Onganía, el episodio abrió un problema diplomático que la dictadura intentó contener.

El impacto en el gobierno de Onganía
La Casa Rosada se desmarcó de la operación. El gobierno de facto calificó a los integrantes como “facciosos” y procuró presentar el episodio como una acción ajena a la política exterior oficial. La dictadura debía responder ante un hecho que invocaba un reclamo respaldado por una resolución de Naciones Unidas, pero que había sido ejecutado mediante el secuestro de un avión de pasajeros y la retención de personas.
La noticia provocó manifestaciones de apoyo en varias ciudades. En Buenos Aires, Córdoba, Rosario y La Plata hubo concentraciones vinculadas con sectores sindicales y organizaciones peronistas; la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) tuvieron participación en esas expresiones de solidaridad. La prensa siguió el episodio con atención y convirtió a los integrantes del comando en protagonistas de una historia que combinaba política, nacionalismo y aventura.
Del lado británico, el incidente llevó a reforzar la presencia militar en las islas. Una reconstrucción publicada en el 60.º aniversario indicó que el destacamento de Royal Marines pasó de seis a unos 40 efectivos. La tensión, por lo tanto, no se limitó a las horas que los jóvenes permanecieron junto al avión: el operativo obligó a los dos gobiernos a atender un episodio que podía derivar en una crisis diplomática.
La causa judicial y el destino de las banderas
Al regresar al continente, los 18 integrantes quedaron detenidos y a disposición de la Justicia. La causa se concentró en el secuestro del avión y en los delitos de privación de la libertad y tenencia de armas de guerra. En ese momento, el Código Penal argentino no contemplaba una figura específica para el secuestro de aeronaves. Según la reconstrucción del expediente difundida en 2026, la Justicia sostuvo que los hechos ocurridos en las islas no constituían delito por tratarse de territorio nacional.
Quince integrantes pasaron alrededor de nueve meses en prisión preventiva. Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez permanecieron tres años presos debido a sus antecedentes judiciales. La Cámara Federal de Bahía Blanca confirmó las condenas y ordenó la devolución de las siete banderas a Cabo. El fallo sostuvo que las insignias no podían ser consideradas instrumentos de delito por haber flameado en una tierra que el tribunal entendía como argentina.
Las banderas quedaron bajo el cuidado de María Cristina Verrier, quien las conservó durante décadas. En 2012, las donó formalmente al Estado argentino. El gesto cerró una etapa personal de custodia y permitió que las insignias pasaran a formar parte de distintos espacios públicos dedicados a la memoria del reclamo por Malvinas.
Una historia que llega hasta el presente
La trayectoria de los integrantes del Comando Cóndor se dispersó con el paso de los años. Dardo Cabo se incorporó posteriormente a Montoneros y dirigió la revista El Descamisado. Fue asesinado en 1977, durante la última dictadura, en un traslado de detenidos presentado como un intento de fuga. Giovenco murió en 1974. Las vidas de los jóvenes que habían compartido aquel vuelo tomaron rumbos muy diferentes, en medio de las divisiones y la violencia política que atravesaron la Argentina durante las décadas siguientes.
El antecedente inmediato de 1966 había sido otro episodio protagonizado por un argentino: en 1964, el piloto Miguel Fitzgerald voló desde el continente hasta las Malvinas, aterrizó durante unos minutos y dejó una bandera y una proclama. El Operativo Cóndor tuvo una escala distinta: participaron 18 personas, hubo un avión de línea desviado y la permanencia del grupo en las islas se extendió por más de un día.
También es importante distinguir este Operativo Cóndor del Plan Cóndor, la coordinación represiva entre dictaduras sudamericanas que se organizó formalmente en 1975. Comparten una palabra en el nombre, pero corresponden a hechos históricos diferentes: el primero fue una acción de militantes argentinos en Malvinas, en 1966; el segundo, una estructura estatal transnacional de persecución política.
A seis décadas de aquella mañana, el nombre Operativo Cóndor sigue asociado a un gesto de soberanía y a una operación armada que puso en riesgo a quienes viajaban en el avión y a las personas retenidas en las islas. Sus protagonistas no cambiaron el control territorial del archipiélago, pero consiguieron que su reclamo se viera y se escuchara. La historia del operativo se entiende mejor al sostener juntas esas dos dimensiones: la convicción política que movilizó a los jóvenes y los métodos con los que decidieron llevar adelante su acción.





