El director chileno Pablo Larraín estrena “Mis muertos tristes”, una miniserie basada en cuentos de la escritora argentina Mariana Enriquez. La producción está compuesta por cuatro episodios y llegará a Netflix el jueves 24 de septiembre, después de haber sido presentada en la competencia oficial del Festival de San Sebastián en una versión con formato de largometraje.
La serie fue escrita por Mariana Enriquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y el propio Larraín. Su punto de partida es una pregunta tan inquietante como poderosa: ¿qué ocurriría si los muertos dejaran de aparecer únicamente ante una médium y comenzaran a hacerse visibles y audibles para todos los habitantes de un barrio?
La respuesta se desarrolla en un suburbio atravesado por la violencia, el miedo y la inestabilidad social. Allí, los fantasmas no son simples apariciones destinadas a provocar sobresaltos. Son personas que murieron de manera traumática, que quedaron atrapadas por una injusticia o que regresan para recordar aquello que los vivos prefieren olvidar.
El elenco principal está integrado por Mercedes Morán, Dolores Fonzi y Alejandra Flechner, junto con Carlos Portaluppi. La producción combina horror, humor oscuro, drama familiar y una mirada política sobre la periferia urbana.

Una médica que convive con los muertos
La protagonista es Ema, interpretada por Mercedes Morán, una médica gastroenteróloga que dejó antes de tiempo la dirección de un hospital. Su retiro no fue exactamente una decisión personal: se jubiló en contra de su voluntad y quedó enfrentada a una nueva etapa de su vida, marcada por el cansancio, la memoria y una convivencia sobrenatural que arrastra desde la infancia.
Ema puede escuchar, ver e interactuar con los muertos. Sin embargo, no todos los fallecidos se le presentan. Según explica, solo aparecen aquellos que llegan por voluntad propia, en especial quienes murieron de manera violenta, quedaron atrapados en una situación traumática o abandonaron el mundo con una angustia imposible de resolver.
Por eso, la vida cotidiana de Ema está acompañada por sollozos, gritos, alaridos y ruidos que provienen de un mundo que los demás no pueden percibir. Después de tantos años, la médica aprendió a convivir con esas presencias y, en algunos casos, hasta intenta calmarlas.
La primera escena de la serie resume esa relación. Ema toma de la mano a su madre moribunda mientras la mujer atraviesa sus últimos instantes. La habitación queda en silencio y todo parece indicar que la muerte finalmente llegó. Pero, apenas unos segundos después, los ojos de la anciana vuelven a abrirse.
El cuerpo ya no pertenece al mundo de los vivos, pero la presencia permanece.
La madre muerta que sigue gritando
La serie recupera elementos centrales del cuento “Mis muertos tristes”, incluido en la obra de Mariana Enriquez. En el relato, la autora construye un barrio cuya historia no puede separarse de la casa familiar ni de la madre muerta que continúa manifestándose.
La protagonista escucha los gritos de su madre fallecida durante el día. No se trata de una aparición nocturna, escondida en la oscuridad, sino de una presencia que irrumpe a plena luz. El horror, de ese modo, pierde cualquier refugio: no llega cuando todo está en silencio, sino cuando la vida cotidiana parece desarrollarse con normalidad.
La reacción de la protagonista tampoco es la de una heroína clásica del género. No intenta expulsar al fantasma ni destruirlo. Simplemente le pide que baje el volumen.
Ese detalle concentra una de las características más particulares de la historia: los muertos forman parte de una rutina incómoda, casi doméstica. Ema no siempre teme a las apariciones. Muchas veces está cansada de ellas, irritada por sus reclamos y obligada a negociar con aquello que los demás ni siquiera pueden escuchar.

Un barrio dominado por el miedo
Mientras Ema intenta ordenar su relación con los muertos, el barrio atraviesa una situación cada vez más peligrosa. Las calles se vuelven más violentas y los vecinos comienzan a mirar con desconfianza a los grandes monoblocks que rodean la zona y parecen bloquear la vista del cielo.
En ese escenario ocurre un triple crimen: tres adolescentes son asesinadas a balazos sin una razón aparente. El hecho profundiza la sensación de amenaza y transforma el barrio en un espacio donde nadie se siente verdaderamente protegido.
La violencia no aparece como un acontecimiento aislado. Está presente en las conversaciones, en las rejas de las casas, en las miradas de los vecinos y en el temor a salir a la calle. Los habitantes viven esperando que algo ocurra, aunque no sepan exactamente qué.
Ema, además, observa con preocupación a su hija, una fotógrafa interpretada por Dolores Fonzi, mientras trabaja en un particular escenario barrial. La madre teme que la joven quede expuesta a una violencia que ya no parece limitada a ciertos lugares ni a determinados horarios.

Julie, una presencia incómoda y provocadora
Otro de los personajes fundamentales es Julie, inspirado en uno de los cuentos de Enriquez. En la serie, Julie se transforma en la sobrina de Ema y llega al país junto con sus padres, interpretados por Alejandra Flechner y Carlos Portaluppi.
El personaje aparece descrito como una joven obesa, desbordante y provocadora, capaz de mantener relaciones sexuales con fantasmas. Su comportamiento incomoda a quienes la rodean, pero también introduce una dimensión de humor negro y transgresión.
Julie permanece en Argentina después de la muerte de la anciana de la familia. Sus padres quieren controlar la situación, aunque rápidamente descubren que no será sencillo encerrarla ni protegerla de sí misma.
La joven sale a recorrer las calles como una figura extraña, a mitad de camino entre un ángel y un demonio. Su cuerpo, su sexualidad y su manera de relacionarse con los muertos rompen con cualquier comportamiento esperado y convierten su presencia en una de las fuentes de tensión de la historia.
El personaje también permite que la serie se acerque a ciertos conflictos familiares y sociales: el desarraigo, la relación con quienes se fueron y quienes permanecieron, las diferencias entre quienes emigraron y quienes continuaron viviendo en el país.

Un tanque de agua que observa desde las alturas
Entre los elementos visuales más inquietantes de “Mis muertos tristes” aparece un enorme tanque de agua ubicado en las alturas del barrio. La estructura parece observar a los habitantes como un monolito antiguo, inmóvil y amenazante.
Con el correr de los episodios, el tanque deja de ser parte del paisaje y comienza a adquirir una presencia propia. Su interior empieza a expulsar un líquido pútrido, oscuro y amenazante, como si el edificio escondiera algo que durante años permaneció bajo control.
La imagen funciona en varios niveles. Es una estructura asociada a la vida cotidiana de los barrios populares, pero también se transforma en un símbolo de aquello que se acumula y nadie quiere mirar: la contaminación, el abandono, el deterioro y la violencia que permanece encerrada hasta que finalmente encuentra una forma de salir.

Fantasmas que reclaman justicia
Para Mariana Enriquez, los fantasmas no son simplemente figuras provenientes del folclore o del terror tradicional. Son muertos que persisten porque algo quedó pendiente.
En ese sentido, cada aparición carga con una historia. El fantasma vuelve porque sufrió una injusticia, porque no fue escuchado o porque su muerte no pudo ser explicada. No regresa únicamente para asustar: también vuelve para contar lo que le pasó.
La serie desarrolla esa mirada social sobre lo sobrenatural. Las almas en pena aparecen ligadas a la violencia cotidiana y a una memoria colectiva marcada por tragedias familiares, crímenes, abusos y heridas políticas.
El pasado argentino ocupa un lugar importante en la lectura de Pablo Larraín. El director entiende que los fantasmas también pueden representar una memoria histórica que no desaparece y que continúa afectando a quienes viven en el presente.

La memoria política detrás del horror
Larraín explicó que su interés por Ema surgió al descubrir en ella a una mujer cansada, retirada y atravesada por una experiencia vital muy amplia. La protagonista no es una médium joven que descubre un poder inesperado, sino una mujer adulta que lleva décadas intentando controlar una capacidad que nunca eligió.
Para el realizador, Ema funciona como una puerta de entrada a un universo de memoria. Esa memoria no es solamente familiar: también está contaminada por los procesos políticos atravesados por Argentina durante los últimos cincuenta años.
La serie no abandona el suspenso ni el humor, pero debajo de ellos aparece una pregunta política: ¿qué sucede cuando una sociedad intenta avanzar mientras convive con las consecuencias de aquello que no resolvió?
Los muertos representan, en parte, ese pasado que persiste. No siempre aparecen de manera ordenada ni comprensible. A veces gritan, golpean puertas o repiten gestos de su vida anterior. Pero incluso cuando sus acciones parecen absurdas, dejan en evidencia que no pudieron desprenderse de aquello que los definió.}

Un estilo visual alejado del algoritmo
Larraín filmó la miniserie en un formato de pantalla casi cuadrado, similar al académico. Es una decisión visual que el director ya había utilizado en algunas de sus películas biográficas en inglés.
El encuadre reduce el espacio visible y genera una sensación de encierro. Los personajes parecen atrapados dentro de sus casas, en los pasillos de los monoblocks o entre las rejas que separan a los vecinos del exterior.
La fotografía también se apoya en los contrastes y en una paleta dominada por los grises. La imagen se aleja del aspecto digital, limpio y prístino de muchas producciones contemporáneas de plataformas.
En “Mis muertos tristes”, incluso la oscuridad parece tener textura. Las calles, las paredes, los edificios y los interiores transmiten una sensación de desgaste. Todo parece haber sido habitado durante demasiado tiempo y abandonado durante demasiado tiempo.
El barrio de Piedrabuena, donde transcurre buena parte de la historia, puede reconocerse como un espacio concreto de Buenos Aires, aunque también funciona como una representación de muchas periferias latinoamericanas.

Los monoblocks como escenario social
Los edificios del barrio no son únicamente el lugar donde ocurren los hechos. También representan una historia urbana y social.
Construidos originalmente con una finalidad habitacional, los monoblocks terminaron asociados al abandono, la precariedad y la violencia. Con el paso del tiempo, el progreso urbano los dejó al margen y la ciudad comenzó a crecer sin integrarlos realmente.
En la mirada de Larraín, quienes viven allí permanecen detrás de rejas, con miedo y sin demasiadas certezas sobre lo que puede ocurrir al día siguiente. El barrio queda aislado, como si la ciudad lo hubiera dejado fuera de su propio mapa.
En ese contexto, que los muertos comiencen a hacerse visibles para todos no parece un hecho completamente extraordinario. El territorio ya está acostumbrado a convivir con aquello que el resto de la sociedad prefiere no ver.

Entre el horror y el humor negro
La serie también recupera un tono humorístico presente en algunas de las primeras películas de Pablo Larraín, especialmente “Tony Manero”.
El humor surge de situaciones incómodas y de personajes que enfrentan lo absurdo con una mezcla de cansancio, cinismo y brutalidad. Ema, en particular, es una mujer dura, sarcástica y capaz de responder con insultos incluso frente a situaciones sobrenaturales.
Su personalidad impide que la historia quede atrapada en un registro solemne. Ema puede estar frente a un fantasma, atravesar una tragedia familiar o enfrentarse a una amenaza inexplicable y, aun así, reaccionar con una frase seca o una puteada.
Ese mecanismo permite que el espectador transite entre la angustia y la risa. El humor no elimina el horror, sino que lo vuelve más cercano y reconocible.

Una adaptación que construye su propio universo
Aunque la miniserie toma elementos de varios cuentos de Mariana Enriquez, no se trata de una simple traducción de los textos a la pantalla.
La producción utiliza como eje principal el cuento “Mis muertos tristes”, pero también incorpora situaciones y personajes de “Julie” y de otros relatos incluidos en “Un lugar soleado para gente sombría”.
Los elementos originales aparecen reorganizados para construir una historia nueva. La serie conserva la atmósfera, los conflictos y la mirada social de Enriquez, pero los combina con la sensibilidad visual de Larraín.
El resultado es una obra independiente, con personajes que tienen rasgos reconocibles de los cuentos, aunque desarrollan recorridos propios. El barrio, las familias, los fantasmas y los crímenes se integran en una trama que utiliza el género para hablar de la memoria, el abandono y la violencia.
Los muertos que no quieren desaparecer
Uno de los momentos más inquietantes de la historia es la aparición de un hombre muerto que regresa a su antigua casa. Una y otra vez, golpea la reja de entrada con una piedra, del mismo modo en que lo hacía cuando volvía borracho durante las noches.
La escena resulta perturbadora porque el muerto no vuelve transformado en una criatura monstruosa. Regresa repitiendo una costumbre de su vida anterior. Su presencia conserva algo cotidiano, pero precisamente por eso se vuelve más difícil de soportar.
La muerte no borró sus hábitos. Tampoco consiguió cerrar la relación con quienes permanecen en la casa. El fantasma continúa golpeando la puerta, como si esperara que alguien finalmente le permita entrar o le explique por qué ya no pertenece a ese lugar.
En esa repetición se concentra la lógica de la serie: los muertos no regresan necesariamente para atacar. A veces vuelven porque no saben hacer otra cosa.

Una serie sobre lo que permanece
“Mis muertos tristes” combina fantasmas, crímenes, humor negro, conflictos familiares y una lectura política de la memoria. La serie utiliza el horror para mostrar una comunidad que vive rodeada de muertos, aunque durante mucho tiempo solo Ema haya podido escucharlos.
La llegada de Julie, el triple crimen, el deterioro del barrio y el tanque de agua que empieza a expulsar un líquido contaminado forman parte de una misma atmósfera: la sensación de que algo enterrado está a punto de regresar.
Pablo Larraín y Mariana Enriquez construyen un mundo en el que la violencia social y lo sobrenatural dejan de ser dimensiones separadas. Los muertos salen a las calles porque la realidad ya estaba llena de fantasmas.
Y cuando finalmente todos comienzan a oírlos, la pregunta deja de ser si existen o no. La verdadera pregunta es qué quieren decir y por qué nadie los escuchó antes.

Trayectoria de Pablo Larraín
Pablo Larraín Matte (Santiago, 19 de agosto de 1976) es un director, guionista y productor chileno. Antes del estreno de su primer largometraje, Fuga (2006), desarrolló una extensa carrera en el ámbito publicitario dirigiendo más de 150 comerciales. Su reconocimiento internacional llegó a través de obras centradas en la historia reciente de Chile y las secuelas de la dictadura de Augusto Pinochet, entre las que destacan Tony Manero (2008), Post Mortem (2010) y No (2012), nominada a los Premios Óscar en 2013.
A lo largo de su carrera ha cosechado distinciones en festivales de primer nivel, como el Oso de Plata – Gran Premio del Jurado en Berlín por El Club (2015) —también nominada a los Globos de Oro junto con Neruda (2016)— y el premio al Mejor Guion en Venecia por El Conde junto a Guillermo Calderón. En el panorama internacional, destaca su aclamada trilogía biográfica sobre figuras femeninas clave del siglo XX: Jackie (2016), Spencer (2021) y Maria (2024).






