Ni una lágrima por el soldado muerto

Tenía 21 años y custodiaba la Quinta Presidencial de Olivos cuando fue hallado muerto dentro de una garita, con su arma reglamentaria. La investigación reveló una trama de extorsión digital que terminó en suicidio y expuso una red que operaba desde cárceles bonaerenses.

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Ni una lágrima por el soldado muerto. No hubo llanto público. No hubo duelo de Estado. Apenas una noticia más en la maquinaria diaria de los acontecimientos. Un soldado muerto en su puesto de guardia: la frase es casi administrativa. Un cuerpo hallado en una garita. Un disparo. Un arma reglamentaria. Un informe. Un expediente.

Pero antes que un cuerpo, fue una función.

por Andrés Llinares.-

El soldado no era simplemente un joven de 21 años. Era una pieza dentro de un dispositivo. Custodiaba un perímetro que simboliza la soberanía, la continuidad institucional, la ficción misma del orden. La garita no es un espacio neutro: es un punto de vigilancia, y toda vigilancia implica una red. Se vigila siempre desde y para algo. El soldado vigila, pero también es vigilado. Su presencia asegura el poder, pero su existencia es administrada por él.

Cuando ese cuerpo cae, no cae solo. Cae dentro de un sistema de controles, de jerarquías, de protocolos. Y lo que aparece de inmediato no es el duelo sino la investigación. ¿Qué falló? ¿Qué mensaje envió? ¿Qué comunicaciones mantuvo? El cuerpo muerto se transforma en archivo.

Se habló de extorsión. De amenazas. De una trama digital que opera desde los márgenes y desde las cárceles. Pero lo verdaderamente inquietante no es la existencia de una banda, sino la forma en que el poder circula a través de dispositivos aparentemente dispersos: la aplicación de citas, el penal, el teléfono celular, la institución militar. Ninguno de estos espacios es exterior al otro. Todos forman parte de una misma economía de control.

El soldado creyó estar conversando en la intimidad. Sin embargo, la intimidad contemporánea es también un territorio disciplinado. El deseo es rastreable, la vergüenza monetizable, la culpa transferible. Allí donde se suponía un encuentro privado, había una estructura de captura.

El suicidio, entonces, no puede pensarse solo como una decisión individual. Es también el punto donde convergen fuerzas invisibles: la masculinidad militar, la expectativa de fortaleza, el miedo al descrédito, la presión económica, la amenaza pública. El soldado no muere únicamente por una extorsión; muere en un régimen donde el honor y la exposición se vuelven armas.

Y sin embargo, no hubo lágrimas colectivas. ¿Por qué? Porque el soldado no era un héroe en combate. No cayó en guerra. No encaja en el relato épico. Murió en el intersticio entre el deber y la vulnerabilidad. Esa zona no produce monumentos.

La institución lamenta la pérdida, pero la absorbe. El expediente sigue su curso. Se detiene a los responsables. Se tipifican delitos. Se imputa la instigación al suicidio. El derecho intenta nombrar aquello que el poder ya había organizado.

Quizás lo más perturbador no sea que un soldado haya muerto, sino que su muerte no interrumpa nada. El perímetro sigue custodiado. Otro cuerpo ocupa la garita. El dispositivo continúa funcionando.

Ni una lágrima por el soldado muerto.

Porque el sistema no llora. Administra. Falso que transforma.

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