Entre Ríos desde Paranacito

Entre Ríos desde Paranacito a Colón, el viaje. Se va por la Ruta 14 en paralelo al río Uruguay: Villa Paranacito y su delta, Gualeguaychú con sus termas y casas de campo, el Palacio San José en la noche de Concepción del Uruguay y la reserva Aurora del Palmar en Colón.

Entre Ríos desde Paranacito a Colón, el viaje. Se llega cruzando ríos: primero el Paraná Guazú y el de las Palmas por el Puente Zárate Brazo Largo. Y luego los 40 metros del arroyo La Tinta con el auto sobre una balsa hasta la isla 9 de un delta similar al de Tigre VILLA PARANACITO

Uno puede salir a navegar tranquilamente con un guía local y recorrer el corazón del delta entrerriano donde se juntan los ríos Uruguay y Paraná a 182 kilómetros de Buenos Aires.

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El pueblo de Villa Paranacito lo fundaron en 1906 colonos centroeuropeos cuya tradición es fuerte en la zona. Habitan 4.000 personas y en la islas y las riberas de los canales hay unas 3.500 dispersas, en casas elevadas sobre pilotes a las que sólo pueden llegar navegando.

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La vegetación es de ceibos, sauces, álamos y extraños pinos de los pantanos con sus raíces fuera de la tierra. Garzas blancas y familias de carpinchos. Los más afortunados suelen ver un ciervo de los pantanos.

En Villa Paranacito se pesca dorados, surubíes, tarariras, bogas y por sobre todo pejerreyes. También se puede reposar en una hamaca atada a dos palmeras y mirando el río.

Desde Villa Paranacito, uno puede ir al complejo Termas del Guaychú, a ocho kilómetros de Gualeguaychú. Tiene piletas techadas y al aire libre con temperaturas que van de 32 a 38 grados.

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Entre Ríos desde Paranacito a Colón

Partimos de Gualeguaychú a media tarde, siempre por la RN14 con rumbo norte, para llegar al atardecer al Palacio San José en Concepción del Uruguay. La idea es ver con sol la inmensa casona del General Justo José de Urquiza y luego hacer la sugestiva visita nocturna iluminada con lámparas a kerosén, velas y reflectores.

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Un guía lleva a los turistas por las diferentes alas del palacio y el juego consiste en que el general Urquiza –o su fantasma– se está preparando para la cena en alguno de los 38 cuartos. De la cocina salen olores de platos verdaderos: empanadas, buñuelos, verduras hervidas y pan casero. De la sala de juegos llega un aroma a habanos y desde los cuartos llega la fragancia a perfume de mujer. Hasta el baño está húmedo, como si el general victorioso en Caseros recién saliera del recinto.

Mientras tanto, en el comedor la vajilla está lista a la espera de que se sienten a la gran mesa de caoba los 25 comensales que todos los días se daban cita allí. Al avanzar por las galerías a media luz se ven los cuartos con las camas hechas y la ropa colgada en respaldos y percheros. Para aumentar la sugestión, en el Salón de los Espejos suena música de piano con los valses de Chopin, los mismos que interpretaban las hijas del general. El maniquí de una de ellas está sentado al piano.

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Entre Ríos desde Paranacito a Colón

Todos los patios internos, el jardín, la biblioteca y los salones están a media luz. Afuera, en el sector de las pajareras, suena la grabación de aves exóticas como aquellas por las que Urquiza tenía debilidad. Son dos jaulas octogonales sobre un pedestal, con escalinatas de mármol italiano y rejas, que alguna vez estuvieron cubiertas de cristal.

El guía va develando las historias marcadas en las paredes, como la palma de una mano grabada en sangre en la puerta del cuarto de Urquiza. Los hechos se remontan al 11 de abril de 1870, día del asesinato del general.CASA DE CAMPO ITAPEBY.

Entre Ríos desde Paranacito a Colón

El siguiente destino en las afueras de Gualeguaychú es la casa de campo de Rodolfo Cassarino, un «entrerriano uruguayo» que se fue a vivir al campo hace más de una década. En aquel momento pudo comprarse apenas 20 hectáreas, contra la opinión de sus amigos, que le dijeron que no podría vivir de un terreno tan pequeño. Sin embargo lo logró, e incluso cuando sus hijos partieron decidió recibir turistas en la casa que había quedado vacía.

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La consigna hoy en Itapeby es «ofrecerle al huésped el mismo tipo de vida que llevamos mi mujer y yo». La pareja hace por sí misma todo lo que implica la vida de campo, la única manera de sobrevivir a tan pequeña escala. Esto incluye ordeñar a las vacas, darles de comer a los animales de la granja y de la laguna artificial, soltar las ovejas, cocinar, carnear y esquilar. Si lo desean, también los huéspedes pueden hacer estas actividades y cabalgar o pasear en un carro tirado por caballos.

La RN14 nos lleva rumbo a Colón a dormir en el refugio La Aurora del Palmar, ligado a la Fundación Vida Silvestre. Llegamos de noche y el sereno abre la tranquera para acompañarnos hasta los dúplex en medio de un bosque.

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Entre Ríos desde Paranacito a Colón

En la mañana se sale a caminar por el parque donde están los vagones de tren que el dueño del lugar compró en un remate y reacondicionó como alojamiento con baño. Por la tarde se recorre el Parque Nacional El Palmar para ver el atardecer en el sector La Glorieta, que ofrece la mejor puesta de sol.

La Aurora del Palmar es un emprendimiento productivo con vacas, plantaciones de cítricos y forestación, que al mismo tiempo tiene un área de reserva con miles de palmeras yatay, una especie protegida en peligro de extinción. Con un guía baqueano de la reserva uno puede salir a recorrer a caballo los bordes del palmar, donde avistamos tres pájaros carpinteros agujereando el tronco de las yatay.

La hora de la comida es un momento muy entrerriano en La Aurora del Palmar, que es parte del circuito turístico Huellas de Sabores. El menú justifica incluso una visita nada más que para probar platos de la cocina regional con ingredientes como el fruto de yatay.

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En La Aurora del Palmar hay cuatro ambientes naturales: el palmar-pastizal, la selva en galería, el monte xerófilo –con espinillos y talas– y los bajos inundables. Los recorremos arrancando el paseo en un camión doble tracción que va hasta la selva junto a un arroyo. Allí comenzamos a caminar por un ambiente tupido que no deja pasar los rayos del sol.

También hay otras formas de viajar, no tan cómodas, pero a pura aventura. Así lo hizo el motoquero de Castelar que llegó al Aconcagua.

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