Morón, nunca fue destino, sino coraje de seguir camino (a 241 años de su fundación*)

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El viento del sudeste arrastraba la hojarasca por la Plaza San Martín. Cuando el campanario de la Catedral dio las siete, el ruido de la estación empezó a retirarse, como si también obedeciera a una antigua costumbre. En su lugar quedó el silencio de los adoquines húmedos: un silencio espeso, interrumpido apenas por el agua que corría hacia las bocas de tormenta y por el rumor distante de una ciudad que todavía no había terminado de despertar.

Lorenzo empujó la puerta de madera del bar y ocupó la mesa del fondo, junto a la ventana que daba a Nuestra Señora del Buen Viaje. En el bolsillo del sobretodo llevaba un cuaderno de tapas negras, gastado en las esquinas por muchos años de uso, y una llave de hierro forjado. No sabía qué puerta podía abrir aquella llave. Tal vez ninguna; tal vez la puerta que buscaba había dejado de existir mucho antes de que él naciera.

Hacía tres meses que examinaba los papeles de su abuelo, un topógrafo municipal que, hacia fines de la década del cuarenta, había intervenido en el trazado de desagües y cimientos del casco céntrico. Los planos, desteñidos por la humedad, daban cuenta de una ciudad que ya no era la misma; las anotaciones, hechas con lápiz tinta, parecían dirigidas a un lector que aún no había llegado. Entre ellas se repetía una frase: «Bajo la línea de las paralelas, donde el agua busca la cañada vieja, descansa el paso».

—Lo de siempre, don Lorenzo —dijo el mozo.

Dejó sobre la mesa un café chico y un vaso de soda, junto al estaño manchado de pocillos. El gesto se repetía desde hacía años y, sin embargo, esa noche a Lorenzo le pareció contener algo parecido a una ceremonia: como si los hombres, al volver cada tarde a las mismas mesas, procuraran fijar una ciudad que el tiempo se empeñaba en cambiar.

—Lo de siempre, gracias.

No apartó la mirada del cuaderno. Según el croquis familiar, aquello no tenía relación con los túneles de contrabando que los viejos afirmaban que unían la plaza con las quintas de Castelar. Esas galerías pertenecían, acaso, a la imaginación de quienes habían envejecido contando historias; la que Lorenzo buscaba era más antigua y, por eso mismo, más difícil de distinguir de una leyenda. Se trataba, según los papeles, de un sótano destinado a las postas de la época colonial, cuando el Camino Real era todavía polvo, huella de carretas y horizonte sin cercos. Antes de internarse en la pampa brava, algunos viajeros se encomendaban a la Virgen. Otros, quizá, se limitaban a seguir adelante.

El refugio había quedado tapiado cuando levantaron los primeros caserones de ladrillo a la vista, a media cuadra de Rivadavia. La ciudad, que en sus comienzos había sido apenas una pausa en el camino, había terminado por cubrir las señales de ese camino. Lorenzo pensó que quizá toda fundación consistía en eso: en elegir qué huellas conservar y cuáles sepultar.

Esa noche, una obra en el asfalto, frente a una vieja propiedad desocupada, había dejado al descubierto un desmoronamiento de tierra. Lorenzo esperó a que el bar quedara vacío y a que el alumbrado público dibujara sombras largas sobre las veredas. No tenía apuro. Hay esperas que parecen preparatorias y otras que forman parte del hecho mismo; no estaba seguro de cuál de las dos era aquella.

Caminó despacio, esquivando los charcos. El aire olía a tierra mojada y a humo de leña lejana. Al llegar al cerco de chapa de la obra, miró hacia ambos extremos de la calle. No había nadie. Solo se oía, a lo lejos, el silbato de una formación del ferrocarril que maniobraba rumbo a los talleres. Ese sonido, que tantas noches había anunciado partidas y regresos, le hizo pensar que quizá los trenes no iban hacia lugares distintos, sino hacia diferentes recuerdos de un mismo lugar.

Se deslizó entre los tablones y descendió con la linterna apagada hasta el borde del pozo. Allí encendió la luz. El haz reveló una arcada de ladrillos comunes, unidos con argamasa de cal y arena de río. No había ratas ni agua podrida. De la hendidura salía un aire seco y fresco, casi aromático, como si hubiera conservado intacto el polvo de dos siglos. Lorenzo se preguntó si aquel olor pertenecía al pasado o si era, sencillamente, el olor de un sitio que había permanecido demasiado tiempo cerrado.

Introdujo la llave en una pequeña hendidura metálica, clavada en una viga de quebracho que sostenía el dintel. La llave entró con una precisión que le pareció menos una coincidencia que una respuesta. Giró. Se oyó un chasquido sordo.

La pared cedió apenas un palmo. Del otro lado, sobre una repisa improvisada en la tosca, descansaba una caja de hojalata inglesa, de las que alguna vez habían contenido galletitas. Lorenzo la abrió. No encontró monedas de plata ni joyas pertenecientes a familias patricias. Había un fajo de cartas atadas con tiento y un mapa dibujado a mano, con una minuciosidad que desmentía la urgencia de quien lo hubiera trazado.

El mapa no mostraba calles ni parcelas catastrales. Señalaba paradas obligadas, aguadas naturales del arroyo Morón y los nombres de los primeros arrieros que cruzaron el oeste, cuando todo aquello no era más que un alto en el camino hacia el desierto. Lorenzo siguió con el dedo una línea que no podía corresponder a ninguna calle actual. La línea parecía prolongarse más allá del papel, hacia un territorio que quizá ya no existía, o que nunca había existido salvo en la memoria de quienes lo atravesaron.

En la última carta, fechada en 1810, se leía, con caligrafía apretada: «Quien guarde este rastro sabrá que este pueblo nunca fue un destino, sino el coraje de los que se animaron a seguir viaje».

Lorenzo volvió a leer la frase. Pensó que un mapa no conserva el mundo: conserva la decisión de alguien que eligió un rumbo. También pensó que su abuelo, al copiar una y otra vez aquellas palabras, quizá no había querido revelar un escondite, sino transmitir una pregunta. Guardó la caja en el morral, acomodó las maderas y subió a la superficie.

La noche empezaba a abrirse. Hacia el este, el cielo clareaba detrás de la silueta de la torre y de las copas de los plátanos. Lorenzo se ajustó la solapa del abrigo y caminó despacio hacia la estación. Ya no veía en Morón un punto inmóvil del mapa, ni una mera sucesión de calles conocidas. Era un secreto que avanzaba a la par de sus pasos: acaso el mismo secreto que había acompañado a los arrieros, a los viajeros del Camino Real y a todos los que, sin saberlo, habían pasado por allí para seguir viaje.

¨* Nota de la Redacción: La fecha oficial de su fundación y conmemoración patronal se celebra cada 5 de octubre, tomando como origen el 5 de octubre de 1785, día en que el Cabildo de Buenos Aires designó formalmente a Don Francisco de Silva como el primer Alcalde de la Santa Hermandad de la Cañada de Morón.

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