¿Cuántas vidas pueden entrar en 75 años? La pregunta le cabe a Bob Geldof, que pasó del ruido de los escenarios al centro de una cruzada humanitaria y, en el terreno privado, conoció una sucesión de dolores que ningún éxito podía amortiguar. Fue rockero, compositor de canciones que atravesaron generaciones, actor de una película de culto, The Wall dirigida por Alan Parker con música de Pink Floyd, organizador de algunos de los conciertos benéficos más convocantes de la historia, figura incómoda para gobiernos y empresarios, Caballero del Imperio, carne de tabloide y sobreviviente de tragedias familiares.

La lista parece la de varios hombres reunidos en una sola biografía. Geldof fue el líder de The Boomtown Rats, el autor de I Don’t Like Mondays, el actor de The Wall, el compositor de Do They Know It’s Christmas? y el impulsor de Live Aid.

Geldof formó The Boomtown Rats en 1975. La banda empezó cerca del punk, con su urgencia y su desconfianza hacia las formas establecidas. Pero el giro hacia el new wave le abrió otro camino: llegaron los dos grandes éxitos del grupo, las únicas canciones que alcanzaron el primer puesto de los rankings británicos. Rat Trap fue el primer tema new wave en llegar al número uno. Después llegó I Don’t Like Mondays, acaso su composición más célebre y también la más controvertida.
La canción partía de una historia real. Brenda Ann Spencer, una joven de San Diego, disparó contra una escuela y mató a un empleado y al director. También hirió a ocho alumnos y a un policía. Cuando le preguntaron por qué había disparado, respondió: “No me gustan los lunes” —I don’t like Mondays—. El episodio quedó convertido en canción, pero detrás del estribillo persistía una pregunta mucho más perturbadora: qué clase de respuesta puede ofrecer una sociedad frente a una violencia tan absurda.
A fines de los años setenta, Geldof viajaba en taxi desde el aeropuerto de Londres cuando recibió un llamado de su representante. Le ofrecían el papel protagónico de Pink Floyd’s The Wall. La respuesta, según contó más tarde en su autobiografía Is That It?, fue tajante: no le interesaba, porque detestaba la música de Pink Floyd. La historia tiene una vuelta casi de comedia: el taxista era John Waters, hermano de Roger Waters, y habría oído toda la conversación.
Que la anécdota haya ocurrido exactamente así puede discutirse; que existieron recelo y tensión entre Geldof y Waters, no. Waters iba a protagonizar la película, pero el director Alan Parker consideró que sus aptitudes actorales eran insuficientes. Para comunicárselo, encontró una fórmula elegante: “Roger está demasiado cerca del material, no tiene la suficiente distancia como para poder encararlo frente a la cámara”.

La película fue un éxito y se volvió un clásico de culto. Muchos creyeron que sería el lanzamiento definitivo de Geldof como actor y que, al mismo tiempo, terminaría de consolidar su carrera musical. La ruta hacia el estrellato parecía despejada. Sin embargo, no llegaron nuevos grandes éxitos ni los papeles protagónicos que algunos imaginaban. Pocos años después, su nombre circularía por el mundo entero, aunque por motivos distintos: el rock encontraría en él a un benefactor de carácter áspero, un filántropo que no parecía dispuesto a pedir permiso.
Todo cambió una noche de 1984. Geldof miraba televisión junto a su entonces novia, Paula Yates, cuando un informe de la BBC mostró la hambruna en Etiopía. Llamó a Midge Ure, cantante de Ultravox, y le propuso escribir una canción, reunir a músicos conocidos para grabarla y destinar las regalías a combatir el hambre en aquel país.

La idea puede parecer familiar hoy, pero entonces era novedosa y audaz. Ni Ure ni Geldof tenían el peso artístico o comercial de las figuras a las que querían convocar. El rock tampoco tenía una tradición consolidada de campañas de ese tipo. En un ambiente que cultivaba el descontrol y el cinismo, mostrarse solidario podía parecer una debilidad. De esa iniciativa nació Do They Know It’s Christmas?, grabada por algunas de las figuras británicas más importantes del momento: Sting, Bono, Phil Collins, Boy George, George Michael y muchos otros.
El single llegó al número uno durante la Navidad de 1984. En Estados Unidos, el modelo se replicó pocos meses después. Michael Jackson y Lionel Richie escribieron We Are the World y, con la ayuda de Quincy Jones, aprovecharon el poder de convocatoria de los Premios Grammy para reunir en un estudio a figuras como Bruce Springsteen, Bob Dylan, Stevie Wonder, Paul Simon, Ray Charles y Billy Joel.
Esa noche, Quincy Jones presentó a su elenco a Geldof, el hombre que había inspirado USA for Africa. Bob tomó un micrófono y lanzó un discurso encendido sobre el hambre en África: ofreció cifras estremecedoras y reclamó que alguien hiciera algo. Lo aplaudieron. Unas horas más tarde, volvió a tomar el micrófono sin que nadie se lo alcanzara. Esta vez, el motivo de su enojo era el lujoso catering que se servía en el estudio. Contó que, durante la grabación en Inglaterra, él mismo había ido a un local de comida rápida a comprar comida para todos. Alguien lo interrumpió para explicarle que aquella comida había sido donada por una empresa. Geldof no volvió a dirigirse al resto a través del micrófono esa noche.

Su siguiente gran apuesta fueron los conciertos de Live Aid, el festival simultáneo que reunió en Londres y Filadelfia a buena parte de las estrellas de la época. Las fotografías finales, con aquellos elencos reunidos en los dos escenarios, todavía conservan algo de asombro. No era sólo la cantidad de músicos: era la imagen de una industria acostumbrada a competir que, por un día, aceptaba tocar bajo una misma consigna.

En marzo de 1985, Geldof se reunió con Harvey Goldsmith, uno de los promotores de rock más importantes de Gran Bretaña. Le propuso organizar un recital en dos continentes, con las mayores figuras de la música. Goldsmith intentó disuadirlo. Le explicó que reunir a tantos artistas sería casi imposible, que coordinar Europa y Estados Unidos implicaría enormes dificultades y que la producción demandaría muchísimo tiempo, quizá años. Geldof escuchó y asintió. Cuando Goldsmith terminó, le respondió: “Creo que el 13 de julio es una buena fecha. Ya averigüé que Wembley está libre”.

Esa misma tarde, una discográfica le cedió una oficina. Geldof se puso a trabajar. Lo primero fue contactar a Bill Graham, el mítico promotor musical estadounidense, que se convertiría en una pieza clave para organizar el concierto del otro lado del Atlántico. Su experiencia y sus contactos ayudaron a despejar el camino.
El éxito de los singles benéficos había ablandado algunas resistencias. El prestigio de quienes ya se habían sumado empujaba a otros a participar. Aun así, había límites tácitos: buena parte del negocio descansaba en sostener la imagen de los músicos como “chicos malos”, y una causa humanitaria podía parecer demasiado virtuosa para ese mundo. Live Aid no fue el primer concierto benéfico —el antecedente más conocido era el Concierto por Bangladesh, organizado por George Harrison—, pero la escala de la iniciativa implicaba un riesgo nuevo.

Geldof recurrió a un método viejo, elemental y eficaz. Cada vez que llamaba a una estrella, le aseguraba que otras ya habían aceptado y remataba la conversación con una pregunta: “¿Vos te vas a quedar afuera?”. A Sting, por ejemplo, le dijo que Elton John y Billy Joel ya estaban confirmados. Cuando habló con Elton, le contó que los primeros en sumarse habían sido Sting y Billy Joel. Así, nombre por nombre, fue cerrando una lista que parecía improbable.

También consiguió que la BBC suspendiera durante 14 horas la programación habitual de radio y televisión para transmitir el festival. En medio de la jornada, lo entrevistaron en directo. El conductor leía direcciones postales a las que el público podía enviar cheques. Geldof, impaciente, le sacó el micrófono y gritó: “Decí los teléfonos de mierda”. Sabía que una llamada permitiría donar con mayor rapidez.
No le bastó. Antes de que terminara la transmisión, miró a cámara y, con una furia que parecía dirigida tanto a la audiencia como a la indiferencia, lanzó: “Donen. Manden su puta plata”. Los teléfonos empezaron a sonar sin parar. Durante unos minutos, muchos pensaron que las llamadas eran reclamos de televidentes indignados: en apenas dos minutos, la BBC había reproducido más insultos que en toda su historia. Pero quienes llamaban eran ciudadanos que habían salido de su letargo y querían donar para la gente que moría de hambre en África. Después de la intervención de Geldof, el ritmo de las donaciones se triplicó.

Después de aquello, Bob Geldof dejó de ser sólo Bob Geldof. La reina lo nombró Caballero del Imperio por su labor humanitaria y pasó a ser Sir Bob Geldof. El balance más importante de Live Aid, más allá del dinero recaudado, fue demostrar que las estrellas de rock podían trabajar juntas por una causa y que el drama del hambre en África podía ocupar un lugar central en la conversación pública. Gobiernos y grandes empresas empezaron a quedar expuestos a la exigencia de actuar. Live Aid abrió caminos y amplificó un mensaje que hasta entonces había recibido menos atención de la que merecía.
Con el tiempo aparecieron denuncias según las cuales parte de los fondos recaudados en Etiopía habría sido utilizada para comprar armas y resolver conflictos internos del país. Geldof rechazó esas acusaciones y defendió su trabajo. Fue nominado varias veces al Premio Nobel de la Paz. La actividad no se detuvo: dos décadas después organizó Live 8, otro megaconcierto, y siguió participando de discusiones públicas. Su relación con líderes políticos y grandes empresarios se mantuvo fluida y persistente.
De vez en cuando, Geldof se quejaba de que la filantropía había tapado su carrera musical. “De no ser por Live Aid, hoy sería como Sting o Paul Weller”, dijo. La frase es una forma de lamentar lo que pudo haber sido, aunque también parece una exageración considerable.

Band Aid y Live Aid: cuánto reunieron y qué fondos llegaron a Etiopía
Band Aid fue el grupo benéfico que Bob Geldof y Midge Ure reunieron en 1984 para grabar Do They Know It’s Christmas? y recaudar fondos contra la hambruna en Etiopía. Al año siguiente, la iniciativa impulsó Live Aid, los conciertos simultáneos realizados en Londres y Filadelfia el 13 de julio de 1985. Las cifras atribuidas a esos conciertos van de £40 millones a unos £50 millones, según qué donaciones se contabilicen. Los £150 millones que suelen mencionarse corresponden a la recaudación acumulada por el fideicomiso de Band Aid a lo largo de su historia, no solo a Live Aid.
No existe una cifra final que permita aislar cuánto del dinero de Live Aid llegó específicamente a Etiopía: los fondos se canalizaron mediante organizaciones de ayuda y se destinaron también a otros países y proyectos. Una reconstrucción académica estima que, entre 1985 y 1991, Etiopía recibió alrededor de US$53 millones en programas financiados por Band Aid; es un cálculo aproximado basado en la proporción de los gastos de emergencia y desarrollo registrados para ese país. En 1985, los registros incluyen US$6,7 millones para envíos de alimentos, medicinas, refugios y vehículos, y US$5,4 millones canalizados a través de una organización local de socorro.
La afirmación de que “solo llegó el 5%” no se refería a toda la recaudación de Live Aid: era una acusación sobre ayuda canalizada por una entidad vinculada al TPLF en zonas rebeldes de Tigray. La BBC reconoció que su cobertura pudo dar la impresión equivocada de que la acusación involucraba fondos de Band Aid.

Bob Geldof: entre el éxito de los megaconciertos y las desgracias personales
La vida privada de Geldof fue agitada y estuvo marcada por tragedias que lo rondaron durante décadas. Conoció a Paula Yates cuando ambos eran jóvenes. Ella estaba fascinada por aquel cantante de largos rulos que lideraba The Boomtown Rats. Empezaron una relación tempestuosa. Yates se convirtió después en una modelo y conductora de televisión conocida.

Tuvieron tres hijas. A la primera la llamaron Fifi Trixibelle. La segunda, nacida en 1989, fue Peaches Honeyblossom. La tercera, Little Pixie, nació un año después. Si los nombres de sus hermanas ya eran extravagantes, el de Pixie tenía una historia particular: Pixie era un personaje de un programa televisivo muy popular a fines de los años ochenta. El detalle es que el nombre se usaba de manera paródica, como una burla a los nombres que Geldof y Yates elegían para sus hijas.


La pareja duró 19 años. Durante ese tiempo, Yates empezó a atravesar graves problemas con las drogas. En 1985 conoció a Michael Hutchence, el líder de INXS, en su programa de televisión, donde entrevistaba a grandes estrellas recostada sobre una cama.

Una década más tarde, Paula dejó a Geldof por Hutchence. El episodio se convirtió en un escándalo. Los rumores sobre la relación ya circulaban desde hacía años, antes del anuncio oficial. La separación de Geldof se hizo pública y los tabloides británicos llevaron el asunto a sus portadas. Las guardias periodísticas parecían no tener fin.

Hutchence y Yates tuvieron una hija en julio de 1996: Heavenly Hiraani Tiger Lily Hutchence. Mientras tanto, las adicciones y la depresión avanzaban sobre sus vidas. Cada tropiezo se convertía en una tapa de revista o en el asunto de un programa de chimentos; la intimidad se deshacía bajo una exposición constante.
Geldof reclamó judicialmente la custodia de sus tres hijas. La disputa fue legal, política y mediática. Yates dijo que él había amenazado con hacer valer sus poderosos contactos. Geldof obtuvo la custodia. También encabezó una campaña pública en favor de los padres separados de sus hijos, para reclamar que los padres solteros y divorciados tuvieran mayor reconocimiento en las decisiones judiciales.
El siguiente cimbronazo ocurrió el 22 de noviembre de 1997. En la soledad de la madrugada, en un hotel australiano, Michael Hutchence empezó una ronda de llamadas que sería la última de su vida. La primera fue para Bob Geldof. La comunicación duró poco. Es posible que Geldof haya cortado cuando advirtió que quien llamaba era un Hutchence alcoholizado, a las cinco y media de la mañana.

Después, Hutchence habló con Paula. Ella le confirmó que no podría viajar a Australia: el juicio por la custodia todavía no tenía sentencia, y la decisión llegaría recién a mediados de diciembre. Michael le dijo que le rogaría a Geldof que permitiera a las cuatro chicas viajar. Minutos más tarde volvió a llamar a Bob. Esta vez hubo gritos, discusiones e insultos.
El huésped de la habitación contigua contó que había oído a Hutchence discutir con alguien a los gritos. Tiempo después, Geldof reconstruyó aquella conversación: dijo que el cantante lo había insultado y amenazado, y que le había rogado que dejara viajar a las niñas. También aseguró que no lo había notado deprimido. Horas más tarde, el cantante de INXS fue encontrado muerto en su habitación. Se había ahorcado con un cinturón. También se habló de autoasfixia erótica.

Tres años después, Paula Yates murió por una sobredosis, luego de atravesar un deterioro visible. Geldof pidió la custodia y la adopción de Tiger Lily, la hija de Hutchence y Yates. Quería que creciera junto a sus hermanas. Años más tarde, la joven pidió ante un juez incorporar Geldof a su apellido.
El último gran golpe llegó en abril de 2014. Peaches, la hija de Geldof, murió a los 25 años por una sobredosis de heroína. Antes hubo señales que su familia y su entorno conocían: internaciones, otras sobredosis que no terminaron en una muerte e incluso un infarto por exceso de consumo cuando tenía 23 años.

Peaches no logró escapar de la historia que la unía a su madre, de sus consumos y de un destino temprano y devastador. Repitió adicciones, matrimonios múltiples y complicados, y una maternidad temprana que por momentos pareció ofrecerle un punto de apoyo, aunque no alcanzó para sacarla de ese recorrido.
Bob Geldof dijo que había que seguir adelante: con el dolor en el medio del pecho, llorando cada día, con el alma destrozada y tratando de encontrarle sentido a lo que no lo tiene.

De tanto en tanto vuelve a reunirse con The Boomtown Rats. Hace 30 años que está en pareja con la actriz francesa Jeanne Marine. También es empresario y tiene en su cuenta bancaria varias decenas de millones de dólares. A los 75 años, sigue poniendo el cuerpo en cada causa benéfica que se cruza en su camino.}






