El «modelo abstracto» de Milei. Un análisis sobre los supuestos de la gestión libertaria: del ahorro que no existe a la expulsión del empleo y la curiosa contradicción con el modelo de Donald Trump.
Por: Andrés LLinares
La narrativa económica de Javier Milei se sostiene sobre una lógica aparentemente impecable: abrir la economía baja los precios, libera ahorro para el consumo y reubica el empleo en sectores más eficientes. Sin embargo, esta arquitectura técnica parece diseñada para una sociedad abstracta, desprovista de territorio, historia y, sobre todo, de conflicto social.

1. El mito del ahorro y la gestión de la incertidumbre
La teoría oficial supone que el ciudadano tiene ingresos estables y margen para decidir si consume hoy o mañana. Pero la realidad argentina es otra: la mayoría de las familias no gestiona excedentes, gestiona incertidumbre.
Cuando la apertura comercial coincide con la caída del salario o la pérdida de puestos de trabajo, el consumo no se expande; se contrae. El alivio en los precios no se traduce en ahorro disponible para reactivar la economía, sino que apenas atenúa el impacto del ajuste. En los sectores donde sí aparece un excedente, la respuesta no es el consumo interno, sino el refugio: dolarización e inmovilización de capital.
2. El empleo no es una variable móvil
El discurso oficial asegura que el trabajo se «redistribuye» hacia sectores más productivos. En los modelos matemáticos, el trabajo es una variable homogénea; en la práctica, está anclado a personas con calificaciones específicas y territorios concretos. Una apertura abrupta en una economía periférica no genera una reasignación ordenada. El resultado es, a menudo, una expulsión silenciosa:
- Desplazamiento hacia la informalidad.
- Aumento del subempleo.
- Eliminación de actividades industriales sin políticas de transición.
3. El precio de la «baratura»: ¿Bienestar o destrucción?
El cuestionamiento al proteccionismo se presenta como una batalla moral contra los «precios caros». Pero esta visión reduce el bienestar social a una simple comparación de góndola, borrando el papel del empleo como motor de la demanda, la recaudación y la cohesión social. Abaratar bienes destruyendo el tejido productivo puede ofrecer un alivio momentáneo, pero debilita el mercado interno a largo plazo.
«Ningún proceso histórico de desarrollo exitoso prescindió de la protección selectiva. La discusión real siempre fue a quién proteger y bajo qué exigencias.»
La gran contradicción: ¿Milei o Trump?
Quizás el punto más crítico es la disonancia política del Presidente. Mientras promueve una apertura irrestricta, manifiesta una admiración explícita por Donald Trump, uno de los líderes más proteccionistas y nacionalistas de las últimas décadas.
| Visión Milei | Visión Trump |
| Apertura comercial total. | Cierre de mercados y suba de aranceles. |
| El Estado es el enemigo. | El Estado como defensor de la producción nacional. |
| Fe en el libre comercio global. | Subsidios estratégicos y soberanía económica. |
Esta tensión revela que el discurso de Milei podría no ser una defensa técnica de la apertura, sino una lectura ideológica aplicada solo a países periféricos. Lo que en Estados Unidos se celebra como soberanía, aquí se condena como distorsión.
Conclusión: Una economía sin trama social
Una economía no es solo un sistema de precios o una hoja de cálculo balanceada; es, ante todo, una trama social dinámica que debe sostener el trabajo y la producción como pilares de la dignidad humana. Cuando la política económica se reduce a una abstracción matemática, se corre el riesgo de diseñar soluciones para una sociedad que no existe. Pensar la eficiencia ignorando esta red de contención —clubes, pymes, sindicatos, barrios— puede arrojar resultados coherentes en el papel y celebrados en los mercados financieros, pero sus efectos en la vida cotidiana suelen ser profundamente dañinos.
En contextos de fragilidad estructural como el de Argentina, la apertura comercial no funciona como un ecualizador natural que redistribuye oportunidades de forma automática. Por el contrario, en ausencia de un Estado que amortigüe la transición, lo que ocurre es una redistribución de pérdidas: el costo de la «eficiencia» lo pagan los eslabones más débiles de la cadena productiva.
Al final del día, el bienestar de una nación no se mide por la capacidad de importar bienes baratos, sino por la solidez de su mercado interno y la calidad de vida de sus ciudadanos. El desafío de cualquier gestión no es solo alcanzar el equilibrio fiscal, sino evitar que, en el proceso, se rompa irremediablemente el contrato social que mantiene unida a la comunidad.





