El Último Baile del Dictador. Caracas es una boca de lobo. No esa oscuridad romántica de las velas y el vino, sino una negrura eléctrica, pesada, que te hace sentir que el aire mismo ha sido confiscado. Estoy en algún lugar cerca del centro, masticando el sabor metálico del miedo, mientras los rumores corren más rápido que las balas. Dicen que los gringos no solo vinieron; dicen que ya estaban aquí, sentados a la mesa, sirviéndole el vino al hombre que juró que nunca lo atraparían.
La CIA hizo lo que mejor sabe hacer: comprar el alma de alguien que ya no tenía nada más que vender. No fue un satélite lo que delató a Maduro. Fue un susurro. Alguien del «círculo íntimo» —esa frase elegante para definir a la gente que te abraza mientras busca dónde clavarte el puñal— decidió que las promesas del chavismo no valían tanto como un boleto de salida. Un informante, un Judas con acceso a los secretos de alcoba, les entregó el mapa del tesoro.
El rugido del fantasma
De repente, el silencio de la noche caraqueña se rompió con el sonido que nadie quiere escuchar pero todos esperan: el batir de las aspas de la Delta Force. Esos tipos son fantasmas con esteroides. Los mismos que borraron a Al-Baghdadi en 2019 aparecieron de la nada en una fortaleza militar que supuestamente era inexpugnable.
Las defensas chavistas, tan ruidosas en los desfiles, se quedaron mudas. Fue un cortocircuito total. Un apagón quirúrgico que dejó a Maduro y a Cilia Flores a ciegas, atrapados en su propio búnker de espejos. En Washington dicen que fue «coordinación perfecta»; yo lo llamo una emboscada de película de terror para quien se cree rey.
El show desde Florida
Mientras tanto, a miles de kilómetros, en el lujo surrealista de Mar-a-Lago, Donald Trump saboreaba la victoria frente a los micrófonos. «Maduro fue capturado en la mitad de la noche», soltó con esa cadencia de quien acaba de ganar una apuesta de casino. Habló de luces apagadas y de justicia en Nueva York, como si estuviera narrando el final de un programa de telerrealidad donde el perdedor no solo se va a casa, sino que termina en una celda de máxima seguridad.
«Estamos listos para una segunda ola si es necesaria», sentenció Trump. El mensaje es claro: si la CIA puede meterse en tu cama, no hay muro lo suficientemente alto.
Caracas amanece hoy con una resaca distinta. El dictador acusado de narcoterrorismo ya no está para ver el sol. Lo sacaron de su fortaleza en la oscuridad, bajo el peso de una traición que probablemente cocinó alguien que le sonreía cada mañana. La política es un negocio sucio, pero el espionaje… el espionaje es puro veneno.






