Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre

Lugones

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre. Publicado en noviembre de 1945 en el Número 40 de la revista Antinazi, Silvina Ocampo escribió cómo entendió la aristocracia argentina la “turba histérica” rumbo a Plaza de Mayo el 17 de octubre. Nada mejor que éste poema para saber cómo afectó a los dueños de las tierras.

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre. Con otro tono y formato, pero también desde las letras, fue Leopoldo Lugones en 1926 quién reivindicó el uso de las armas contra la indisciplina de incultos e ignorantes.

Invitado por el gobierno del Perú, el reconocido poeta argentino de origen socialista, Leopoldo Lugones, pronunció el “Discurso de Ayacucho”, que alentaba al poder militar a “salvar” nuestra región, tal como nos habían “liberado” un siglo antes de colonialismo español.

Ese discurso de Leopoldo Lugones es el que finalmente se conoce como “La Hora de la Espada”, escrito con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho, del 9 de diciembre de 1824.

En 1926 y en Perú, Leopoldo Lugones, finalmente se pronunciaba fuertemente por una intervención militar impactando en todo el mundo intelectual, que en ese momento estaba compuesto por aristócratas y pocos hombres y mujeres de clase media.

Leopoldo Lugones y el “Discurso de Ayacucho” o “La Hora de la Espada”

“Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada, (ésta) implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque es su consecuencia natural, hacia la demagogia y el socialismo. El sistema constitucional está caduco; el ejército es la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta ante la disolución demagógica”. (Al final de la nota el texto completo)

Y cuatro años después se produciría el primer Golpe de Estado generado por el General José Félix Uriburu contra el Presidente Hipólito Yrigoyen un 6 de de septiembre de 1930, no hubo ni movilización a Plaza de Mayo ni poesía que cuestionara el acontecimiento.

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre

Dos momentos, dos acontecimientos, que inquieta y movilizan a las clases dominantes, los dueños de la tierra, pero se pronuncian de manera distinta. Leopoldo Lugones llama a la acción con “La Hora de la Espada”. Silvina Ocampo describe a los trabajadores de 1945 como salvajes.

La obra de Silvina Ocampo es posterior a la de Lugones. Ella nace en Buenos Aires el 21 de julio de 1903 y fallece en la misma ciudad el 14 de diciembre de 1993. Durante su vida, fue escritora, cuentista y poeta argentina, y, obviamente, dueña de campos junto a su hermana, Victoria.

Su primer libro fue “Viaje Olvidado” que editó durante le década infame en 1937 y el último “Las Repeticiones”, publicado póstumamente en 2006, bajo el Gobierno de Carlos Menem.

Su figura se vio desdibujada por la actividad de su hermana Victoria que nucleaba artistas e intelectuales europeos a su alrededor publicando sus obras y solicitándoles colaboraciones para su revista Sur.

A su vez, Silvina Ocampo tenía por esposo al adinerado Adolfo Bioy Casares, quien junto a su amigo Jorge Luis Borges, compartían experiencias literarias.

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Cáseres
Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Cáseres

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre

El poema “Esta Primavera de 1945 en Buenos Aires”, refleja como vio los los acontecimientos del 17 de octubre. Frente la movilización, la mujer escribió en la Revista Antinazi: “Yo vi una turba histérica, incivil, que a la Casa Rosada se acercaba, mientras que en la memoria se mezclaba como un recuerdo, ya, el presente hostil”.

Revista Antinazi y Silvina Ocampo
Revista Antinaza editada durante la Década del ’30

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre

“Esta Primavera de 1945 en Buenos Aires”, de Silvina Ocampo

Hoy, en la sombra tibia, con detalles,
en la inscripción de tiza, en la basura,
lloro la suerte de mi patria, oscura,
entre los paraísos de las calles.

Esas molduras pálidas de acanto,
esas flores violetas en el suelo
muestran su imagen a través de un velo
que enturbia el puro goce de mi canto.

¡Con qué impudicia la naturaleza
no suspende una sola de sus rosas!
Como cuando alguien muere: en estas cosas
pensamos en las horas de tristeza.

He oído como en sueños a un tirano
con una quejumbrosa exultación
interrumpir la noche, en un balcón,
amenazando un trágico verano.

En distintas ventanas de las casas
he visto disparar ciegos caballos,
y elevarse los sables como rayos
castigando a mujeres en las plazas.

Vi morir a estudiantes tristemente,
asesinados por la policía:
y en la profundidad azul del día
la cobardía, abyecta, impenitente.

Yo vi una turba histérica, incivil,
que a la Casa Rosada se acercaba,
mientras que en la memoria se mezclaba
como un recuerdo, ya, el presente hostil.

El niño envuelto en una azul bandera
y los caballos inocentemente
acompañaban a esa triste gente
que escribía palabras en la acera.

Por esas mismas largas avenidas
ángeles nunca vistos en las puertas
surgieron de las casas descubiertas
al oír nuestras voces encendidas.

Quise pintar avergonzada a Clío
escondiéndose el rostro con el brazo,
en el fondo apenado del ocaso
allá por donde acaba el caserío.

De las provincias y gobernaciones
llegan hasta mi oído los clamores
tan melancólicos, entre las flores,
y siento en mí crecer los corazones

de este país tan grande como el mundo.
¡Oh, desolada confusión del día,
que ha transformado en odio la armonía
de un territorio plácido y profundo!

En las confiterías, en los coches,
en los confines de los arrabales,
en arcanos y férvidos umbrales
con plantas, en las casas, en las noches

de terrenos baldíos y de luna
donde se adoran las palomas quietas
en las últimas pálidas glorietas,
en la luz del amor, en la infortuna,

en los gomeros hondos y en la reja,
en la sombra del río, en la pobreza,
en los jardines siento esta tristeza.
Es la voz de mi patria que se queja.

Diez años después de éste poema, en 1955, Silvina Ocampo celebró la caída de Juan Domingo Perón con en el poema “Testimonio para Marta”.

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre

El 17 de Octubre para Leopoldo Marechal

Fragmento extraído de la entrevista Palabras con Leopoldo Marechal, realizada por Alfredo Andrés en 1968. Extraído del libro: “La Jornada del 17 de octubre” compilado por Fermín Chávez.

Leopoldo Marechal
Leopoldo Marechal

“Era muy de mañana y yo acababa de ponerle a mi mujer una inyección de morfina (sus dolores lo hacían necesario cada tres horas) -contó-. El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. Mi domicilio era este mismo departamento de calle Rivadavia. De pronto me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y, enseguida, su letra:

“Yo te daré / te daré, Patria hermosa / te daré una cosa / te daré una cosa que empieza con P / ¡Perón!”.

“Y aquel Perón resonaba periódicamente como un cañonazo. Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban. No había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista”.

Al 17 de Octubre“, de Leopoldo Marechal

Era el pueblo de Mayo quien sufría,
no ya el rigor de un odio forastero,
sino la vergonzosa tiranía
del olvido, la incuria y el dinero.

El mismo pueblo que ganara un día
su libertad al filo del acero
tanteaba el porvenir, y en su agonía
le hablaban sólo el Río y el Pampero.

De pronto alzó la frente y se hizo rayo
(¡era en Octubre y parecía Mayo!),
y conquistó sus nuevas primaveras.

El mismo pueblo fue y otra victoria.
Y, como ayer, enamoró a la Gloria,
¡y Juan y Eva Perón fueron banderas!

Leopoldo Marechal nació en la Ciudad de Buenos Aires el 11 de junio de 1900 y falleció también en la Ciudad de Buenos Aires el 26 de junio de 1970. Fue poeta, dramaturgo, novelista y ensayista argentino. Su obra más reconocida fue y es Adán Buenosayres, una de las novelas más importantes de la literatura argentina del siglo XX.​

Lugones, Silvina Ocampo, la “turba histérica”, Marechal y el 17 de Octubre

Leopoldo Lugones y el “Discurso de Ayacucho” o “La Hora de la Espada” (Completo)

Leopoldo Lugones
Leopoldo Lugones

Señoras, Excelentísimo Señor Presidente de la República, Señores:

Tras el huracán de bronce en que acaban de prorrumpir los clarines de la epopeya, precedidos todavía por la noble trompa de plata con que anticipó la aclamación el más alto espíritu de Colombia, el Poeta ha dispuesto, dueño y señor de su noche de gloria, que yo cierre, por decirlo así, la marcha, batiendo en el viejo tambor de Maipo, a sincero golpe de corazón, mi ronca retreta.

Válgame eso por disculpa en la inmensa desventaja de semejante comisión, ya que siempre hay algo de marchito en el laurel de la retirada. Dejadme deciros solamente, señores, que trataré de poner mi tambor al ritmo viril de vuestro entusiasmo; y vosotras, señoras, puesto que estáis aquí para mi consuelo, en la nunca desmentida caridad de vuestros ojos hermosos, permitidme que como quien le pasa una cinta argentina por adorno distintivo, solicite, en amable símbolo blanco y azul, el amparo de la gracia y la belleza.

Ilustre Capitán del Verbo y Señor del Ritmo: Habéis dado de prólogo al Magno Canto lo único que sin duda correspondía: la voz de la tierra en el estruendo del volcán; la voz del aire en el viento de la selva; la rumorosa voz del agua en el borbollón de la catarata.

Así os haré a mi vez el comentario que habéis querido. Os diré el Ayacucho que vemos desde allá, en el fuego que enciende sobre las cumbres cuya palabra habéis sacado a martillazo de oro y hierro, el sol de los Andes; y como tengo por el mejor fruto de una áspera vida el horror de las palabras vanas, procuraré dilucidar el beneficio posible que comporta para los hombres de hoy esa lección de la espada.

Tal cual en tiempo del Inca, cuando por justo homenaje al Hijo del Sol traíanle lo mejor de cada elemento natural las ofrendas de los países, la República Argentina ha enviado al glorioso Perú de Ayacucho todo cuando abarca el señorío de su progreso y de su fuerza.

Y fue, primero, la inolvidable emoción de aquel día, cuando vimos aparecer sobre la perla matinal del cielo limeño al fuerte mozo que llegaba, trayéndose de pasada un jirón de cielo argentino prendido a las alas revibrantes de su avión. Y fue el cañón argentino del acorazado que entraba, al saludo de los tiros profundos en que parece venir batiendo el corazón de la patria: lento,
sombrío, formidable, rayado el casco por la mordedura verde del mar, pero tremolando el saludo del Plata inmenso en la sonreída ondulación del gallardete.

Y fueron los militares que llegaban, luciendo el uniforme de los granaderos de San Martín, y encabezados –permiso mi general- por la más competente, limpia y joven espada del comando argentino, por supuesto que sin mengua de ninguna, para traer en homenaje la montaña de los cóndores y la pampa de los jinetes.

Y es la inteligencia argentina que va llegando en la persona de sus más eminentes cultores, y que me inviste por encargo de anticipo, que no por mérito, con la representación de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, la Universidad de La Plata, el Círculo Argentino de Inventores, el Círculo de la Prensa, el Conservatorio Nacional de Música, la Asociación de Amigos del Arte, y el Consejo Nacional de Educación que adelanta, así, al Perú el saludo de cuarenta mil maestros.

Y por último, que es mi derecho y el más precioso, porque constituye mi único bien personal, aquel jilguero argentino que en el} corazón me canta la canción eternamente joven del entusiasmo y del amor. Por él me tengo yo sabida como si hubiese estado allá la belleza heroica de Ayacucho.

El embajador argentino general Justo, ministro de Guerra.

Al son de cuarenta dianas despierta el campo insurgente bajo la claridad de oro y la viva frescura de una mañana de combate. Deslumbra en el campo realista el lujo multicolor de los arreos de parada. En el patriota, el paño azul obscuro uniforma con pobreza monacal la austeridad de la república.

Apenas pueden, allá, lucir al sol tal cual par de charreteras; y con su mancha escarlata, provocante el peligro, la esclavina impar de Laurencio Silva, el tremendo lancero negro de Colombia. Mas he aquí que restableciendo por noble inclinación las costumbres de la guerra caballeresca, los oficiales de ambos ejércitos desatan sus espadas y vienen al terreno intermedio para conversar y despedirse antes de dar la batalla.

Con que, amigos de otro tiempo y hermanos carnales, que también los hay, abrázanse allá a la vista de los ejércitos, sin disimular sus lágrimas de ternura. Y baja de la montaña Monet, el español arrogante y lujoso, peinada como a tornasol la barba castaña, para prevenir a Córdova el insurrecto que va a empezar el combate. Aquel choque foral es un modelo de hidalguía y de bravura.

Concertado como un torneo, dirigida la victoria con precisión estética por el joven mariscal, elegante y fino a su vez como un estoque, nada hubo más sangriento en toda la guerra: como que, en dos horas, cayó la cuarta parte de los combatientes.

Mientras la división de Córdova acomete al son sentimental del bambuco, el batallón Caracas, esperando su turno, que será terrible, juega bajo las balas los dados de la muerte.

Desprovistos de artillería los patriotas y perdida pronto la realista cuyos cañones del centro domina al salto, como a verdaderos potros de bronce, el sargento Pontón, la batalla no es más que una cuádruple carga de sable, lanza y bayoneta. Carga de Córdova, el de la célebre voz de mando, que, alta la espada, lánzase a cabeza descubierta, encrespándosele en oro la prosapia de Aquiles al encenderle el sol su pelo bermejo. Carga de Laurencio Silva que harta su lanza en el estrago de ocho escuadrones realistas.

Carga de Lara que cierra el cerco de muerte, plantando en el corazón del ejército enemigo el hierro de sus moharras. Cuando he aquí que la última carga va a decidir la victoria. Son los Húsares Peruanos de Junín, al mando del coronel argentino Suárez. Y entre ellos, a las órdenes de Bruix, los ochenta últimos Granaderos a Caballo. De los cuatro mil hombre que pasaron los Andes con San Martín, sólo esos quedan. Pintan ya en canas los más: sus sables hállanse reducidos por mitad al rigor de la amoladura que saca filo hasta la guarda.Y en ese instante, desde la reserva que así les da la corona del postrer episodio, meten espuela y se vienen.

Véanlos cruzar el campo, ganando la punta de su propio torbellino. Ya llegaron, ya están encima. Una rayada, un relámpago, un grito: ¡Viva la Patria!…-y al tajo, volcada en rosas de gloria la última sangre de los soldados del rey. Esas lágrimas de Ayacucho van a justificar el recuerdo de otras que me atrevo a mencionar, animado por la cordialidad de vuestra acogida.

Y fue que una noche de mis años, allá en mi sierra natal, el adolescente que palidecía sobre el libro donde se narraba el crucero de Grau, veía engrandecérsele el alma con las hazañas del pequeño monitor, embellecidas todavía por la bruma de la desgracia.

Y sintiendo venírsele a la garganta un llanto en cuya salumbre parecía rezumar la amargura del mar lejano, derramaba en el seno de las montañas argentinas, sólo ante la noche y las estrellas de la eternidad, lágrimas obscuras lloradas por el Huáscar.

Señores: Dejadme procurar que esta hora de emoción no sea inútil. Yo quiero arriesgar también algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada, bien que audaz ideología. Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada.

Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque ésa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo. Pero sabemos demasiado lo que hicieron el colectivismo y la paz, del Perú de los Incas y la China de los mandarines.

Pacifismo, colectivismo, democracia, son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin la ley, porque ésta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad.

El pacifismo no es más que el culto del miedo, o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso del verdadero varón yergue su oreja el león dormido.

La vida completa se define por cuatro verbos de acción: amar, combatir, mandar, enseñar. Pero observad que los tres primeros son otras tantas expresiones de conquista y de fuerza. La vida misma es un estado de fuerza. Y desde 1914 debemos otra vez a la espada esta viril confrontación con la realidad.

En el conflicto de la autoridad con la ley, cada vez más frecuente, porque es un desenlace, el hombre de espada tiene que estar
con aquélla. En esto consisten su deber y su sacrificio.

El sistema constitucional del siglo XIX está caduco. El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica. Sólo la virtud militar realiza en este momento histórico la vida superior que es belleza, esperanza y fuerza.

Habría traicionado, si no lo dijera así, el mandato de las espadas de Ayacucho. Puesto que este centenario, señores míos, celebra la guerra libertadora; la fundación de la patria por el triunfo; la imposición de nuestra voluntad por la fuerza de las armas; la muerte embellecida por aquel arrebato ya divino, que bajo la propia angustia final siente abrirse el alma a la gloria en la heroica desgarradura de un alarido de clarín.

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