Pandemia, economía, salud y control social

Pandemia

Pandemia, economía, salud y control social. Hoy vivimos en crisis. No es el final de nada que no querramos. El final de un capitalismo gore no está en manos de un virus. Si fuera así, la fiebre amariila hubiera transformado la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y lo único que logró fue la migración temporal de sus habitantes más pudientes a las zonas más despobladas que hoy son Vicente López, San Isidro, San Fernando y Tigre (el Conurbano Miami).

Pandemia, economía, salud y control social. En un mundo que perdió todo relato por un pasaje en un crucero all inclusive, las contradicciones entre economía y salud o vida, que para el caso son lo mismo, tendrá consecuencias biopolíticas, nada nuevo.

(por Andrés Llinares).- El diálogo entre la economía y la salud es, obvio, unilateral. Hay salud, hay vida, en tanto el dispositivo sanitario sea rentable. Por lo tanto, para la economía, para el capital, la salud, para que valga la pena, tiene que ser incluir una variable dineraria en tanto acumulación de recursos materiales.

Después de todo, ¿de que le sirve a la economía un sistema de salud que genera pérdidas en un mundo con altas tasas de desocupación y sin necesidad de mano de obra?

Pero no es que se trata de pensar la pandemia como un programa malthusiano. Se trata de pensar que el capital ya no quiere ser social ni público, sino privado y clandestino. Por eso estamos por primera vez frente a un capitalismo gore.

Tan gore, tan obseceno, que cambiaron por completo las variables espacio tiempo.

Ante el gigantismo de hoteles, cruceros, camionetas, rascacielos, mansiones urbanas y toda la serie de objetos, cosas y bienes exagerados hasta la obscenidad y la híper velocidad de las finanzas, o sea, de la circulación de dinero que es virtual pero opera como real, el mundo se convierte en un artificio y la realidad se disipa en una construcción linguística del horror. Pero como horror sorprende y asombra, como Qatar tal como se ve en la foto.

Y entonces tenemos la película mundial de la Pandemia del Coronavirus que mata y te destroza sin saber de dónde viene ni cómo lo hace.

Este mundo del capitalismo gore en el que la sangre fluye, impresiona y atrae, esconde la crisis sanitaria y desnudó la debilidad de la democracia liberal, repúblicana y naif.

La palabra gore tiene su origen en el cine, y su fecha es de 1916. Dos años después de iniciada la Primera Guerra Mundial entre los países serios de Europa.

Gore hace referencia a la mutilación del cuerpo. Y se inició con la película Intolerancia de 1916, dirigida por D. W. Griffith.

Estamos en 1916, en el cine blanco y negro, en el cine mudo, en el cine masivo y el norteamericano D. W. Griffith filma en Intolerancia dos decapitaciones y una escena en donde se muestra cómo una lanza atraviesa el abdomen de un soldado de manera explícita.

Es una matanza como tantas otras, como las que en ese momento vive Europa, el continente que ama el rojo carmesí y la mitad del mundo admira.

Para nuestra generación, la cultura gore está perfectamente representada en Kill Bill: La Venganza (I y II), de Quentin Tarantino.

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Y una etapa superior sería el género “torture porn” que muestra desnudos, tortura, mutilación y sadismo y que se abrió paso con Hostel de Eli Roth (2005).

Hostel encantó al público por la falta de límites, la sangre como si nada, el desprecio por la vida de jóvenes y adultos, simples y sencillos, a cambio de dinero. La admiración por la “bestia rica” como el álter ego, el deseo en uno de poderlo todo sin rendir tan siquiera una cuenta.

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Tal como lo establece el mundo gore de hoy, el género “torture porn” nos define mejor.

En Hostel, Eli Roth nos muestra como un grupo de ricos arman un club privado, secreto y clandestino en donde se puede torturar, abusar y mutilar a un ser humano hasta la muerte. Nos dice que eso es algo posible y efectivo para mantener el equilibrio emocional en tiempos de tanta tensión.

El género cómo metáfora actual es brillante. El dinero permite lo que sea. Su poder es ilimitado y esa carencia de límites blinda nuestro peor rostro, el de la violencia y la ostentación obscena.

Son tan potentes las finanzas globales, tanto, que superan al poder de un Estado Nación. Esto no es bueno ni malo. Si los utilizaramos, sería tomar conceptos morales devenidos de lo religioso. Y acá hay fe, sí, pero sin religión. Y lo más llamativo es que todo ese poder ilimitado nos fascina.

Por caso, nos fascina, nos sorprende, que Royal Caribbean esté construyendo el crucero más largo y grande del mundo, el Harmony of the Seas. Pesa 227.000 toneladas, tiene capacidad para 5.749 pasajeros y 400 metros de largo.

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Nos fascina, nos sorprenden, los campos de concentración europeos (los buenos y no los del Tercer Mundo que fueron precarios) de los nazis que tienen más documentales que películas sobre el origen del fútbol, el deporte más popular desde hace décadas.

Y en este capitalismo gore, el terror, el miedo, que nos produce la pandemia, nos estremece y le da un sentido a nuestra vida hedonista: cuidarla.

Es una pandemia que nos aterroriza hasta inmovilizarnos. Pero de inmediato compramos el ticket para ver la película que será historia en nuestra vida.

¿Qué es lo pornográfico en este relato? La contradicción. Que mientras el capitalismo gore es global, los gobiernos son nacionales. ¿Por lo tanto, quién manda?

Por otro lado, pudiendo ser global, para que tener una autoridad nacional.

Y quién quiere ser global sino aquel que tiene el poder para disfrutarlo como experiencia material o simbólica, o sea, personalmente sobre un crucero o frente a un smart tv desde un cómodo sillón.

Así que no es difícil concluir que el virus puede devenir en composiciones sociales nacionalistas ante una burguesía fracasada (o sea, que no puede ser global) en alianza a sectores populares imposibilitados de vivir la experiencia de manera simbólica.

Por lo tanto, la posibilidad de revertir el show es con el desenlace de la trama. Y acá sí o sí los líderes de importancia tienen que decidir.

La política global equitativa debe reemplazar de inmediato cualquier nacionalismo extremo y violento y de una vez por todas el poder mundial del dinero en tanto desborde e impunidad.

Pero no es algo que este altura de los principales líderes del mundo como Donald Trump o Vladimir Putin. Tampoco de gente influyente si como tal ubicamos a Bill y Melinda Gates como lo hizo la revista Forbes en 2019.

No tengo la solución, pero obviamente es en conjunto y mundial, humana y humilde, como las sandalias de un pescador.

Se trata de construir un estado democrático y participativo puesto al servicio de todos. No de un estado como fábrica de pudientes al cuidado de los más desprotegidos, lo que sería un conservadurismo popular o una meritocracia liberal.

“La tragedia de Chernobyl llevó al fin del comunismo soviético”, dice una voz en off que dijo Mijaíl Gorbachov en la serie norteamericana que lanzó HBO, aunque nadie sabe cuándo y dónde.

Sea cierta o falsa la frase, HBO habla de la mediocridad de la ciencia soviética y la mentira del aparato del estado comunista. La farsa y no los intereses materiales, arruinaron a la Unión Soviética. La libertad logró la bomba atómica y poner un hombre en la Luna. Entre ambas opciones repetidas una y mil veces, la decisión es fácil.

Al público le encanta la tragedia en la planta de Chernobyl. Los líderes mundiales se dieron cuenta que no podrían conservar el poder, los privilegios, el flujo de dinero con más Chernobyl acá y allá. Que la guerra fría no era un buen negocio, el bueno negocio era el calor del flujo del dinero.

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Ahora la pandemia trae otra oportunidad para el capitalismo gore. Exhibir métodos de control de población por conductas e intereses bajo amenaza. O dejas que tus dato biométricos y emocionales se incluyan en una gran base de datos, o estas bajo amenaza, no del estado, que nació para cuidarte, sino del virus, que emergió para matarte.

En esta sociedad global en la que se venden lácteos contra la “pachorra”, se vive cansado, hay picos de stress, cada vez hay más jóvenes con presión alta y muere más gente por colesterol que por falta de alimentos; en esta sociedad en la que todo funciona mal, ¿por qué no iba a suceder que un virus nazca y la subestimación científica dispare una pandemia?

Y esto no significa que del coronavirus surgirá un nuevo mundo. Nadie va a dejar de tener su yate o su isla privada en un mundo en el que se puede.

Mientras el dominio de conductas y decisiones este en manos de las corporaciones, las corporaciones estarán por encima de la política si entendemos como política el flujo constante de la participación de la gente.

Sino, es volver al esquema setentista, o sea, a la confrontación entre corporaciones libres o burocracia estatal.

No es el estado el que fomenta el pánico, es el que lo toma y explota como recurso. Recurso para el dominio, para el sometimiento.

Pero claro, choca con la economía. Si cada estado nación instala una cuarentena, ¿cuánto puede sostener la economía? ¿qué tan alegres pueden estar los dueños del mundo?

La respuesta es fácil, y la conclusión una sola: el capitalismo gore no tiene nada que ver con el bienestar, con la salud, con la solidaridad. Y entonces la democracia es a la libertad lo que Walt Disney a la fantasia: una ilusión, la cuarentena es solo un experimento social.

El estado mejora los mecanismos de control. El capital absorbe más herramientas para la disciplina social.

La causa es justa. Las medidas autoritarias. Se suspenden los derechos y se denuncian las irresponsabilidades.

Seguramente algunos piensen incluso que todo se trata de un chino de malas costumbres que cenó murciélago y no de una guerra comercial a escala global.

Por otro lado, el caso Argentino tiene entre sus contradicciones la restricción de libertades con el deseo de seguridad. ¿Y qué tenemos ahora finalmente? Un estado polidigital en marcha que impone control y obediencia mientras te vigila y observa. Así llegamos a una “1984” de George Orwell, en formato diario y televisivo.

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Ya no es excepción el recorte de derechos, sino la regla por la cual pide la mayoría de la población. Ya no hay un estado policial, todos podemos ser parte de la sociedad policial y entonces se invierte la participación.

Desde cada celular, desde cada cámara de seguridad privada, uno participa de la sociedad de control y se aleja del mundo real, el de las tres dimensiones y los cinco sentidos.

El capitalismo gore no esta asociado a la libertad individual como supuso la generación del ’50, la de la post guerra. Sino al desmembramiento salvaje de la actividad comunitaria por el disfrute a cualquier costo, incluso el de vidas humanas. Esto fue lo que inventaron los liberales amantes de las finanzas y enemigos de las regulaciones.

Esta es la aldea global que disfunciona porque se impone sobre los estados nacionales y fomenta los no gobiernos.

Tendríamos que discutir como redistribuir los ingresos, como reducimos el tiempo de trabajo, como hacemos una sociedad igualitaria en educación y salud para que de una vez por todas sea gratuita, laica y pública para todos.

Pero al estado polidigital, al capitalismo gore, que se potencian durante la pandemia, nos sumamos como parte de la sociedad de control y repudiamos mil veces más a un joven que entrá clandestinamente con sus tablas de surf al país que a un represar que quedó en libertad.

O se sale de la pandemia con el rostro de un criminal irónico e indiferente, o se sale con el corazón de un humano solidario, igualitario y equitativo.

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