Observar y escribir como un oficio terrestre sin recompensa

Observar y escribir

Observar y escribir como un oficio terrestre sin recompensa es un pequeño texto en la emergencia sobre el sentido de la narración.

Observar y escribir es parte del deseo de vivir en estado narrativo. Pero la gloria no está en las letras. La gloria esta en el cielo. Y nadie que haya aprendido a escribir, busca la gloria. Busca la tierra y la tierra es barro y contorno, caminata y periferia.

(por Andresito Llinares).- La decisión se toma muy temprano. Digo, la decisión de escribir. Y nunca la rodea la posibilidad del dinero o la fama. Escribir es una necesidad. Traducir el mundo en palabras. Punto.

Durante el Siglo XX en nuestro país, hubo cinco grandes escritores: Roberto Arlt, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Juan José Saer. Fueron los más importantes escritores de nuestras letras. Ninguno se hizo rico, excepto Jorge Luis Borges que fue y es conocido en todo Occidente.

El resto vivió con altibajos. Ni que hablar Roberto Arlt que murió a los 42 años; Marechal que tardó 18 en escribir su libro más conocido, Adán Buenos Ayres; Cortázar que en un ataque pop, se fue del país para cuestionar duramente el peronismo, apoyar años después el Frente Sandinista de Liberación Nacional y volver a estas tierras para entrevistarse con un Raúl Alfonsín que nunca lo recibió por consejo del actor Luis Brandoni según un escritor menor, Osvaldo Soriano.

De los cinco, el último gran escritor argentino fue Juan José Saer quien escribió durante cincuenta años y recién encontró algo de reconocimiento durante los últimos veinte para terminar muerto de cáncer de pulmón en Francia, en donde descansa.

No es fácil ser escritor. No es fácil observar y escribir. No es fácil acá, en Argentina, en Latinoamérica, salvo que uno logre pasar sus fronteras, salvo que uno sea un gran destacado, como lo fueron el colombiano Gabriel García Márquez, el peruano Mario Vagas Llosa, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno exiliado en México y radicado en España, Roberto Bolaño.

No es fácil observar y escribir. Y así tiene que ser porque al escritor le gustan las dificultades y cuando no las tiene, las inventa y cuando no las inventa, las produce como lo hicieron la manada de desquiciados encabezados por Jack Kerouac, William S. Burroughs y Allen Ginsberg que una y otra vez terminaron presos, en la calle, fugados, mendigando o llenos de morfina. Arrastrándose al infierno para esquivarlo.

Los escritores destilan redactores. Tuvimos grandes redactores que ya no existen ni existirán jamás. Ahora los textos son cortos, breves, comprimidos y en un castellano que se fracciona en idiolecto de iniciales por generación. Construcción lingüística que tiene historicidad en las plataformas extranjeras que exigen usar no más de 140 caracteres o un minuto en video en el que hay que hablar sin repetir y sin soplar.

Ya no vamos a encontrar un diario como Crítica, como el Crítica original, el del uruguayo Natalio Botana, no el que fundió Jorge Lanata para irse en un abrir y cerrar de ojos por la puerta de atrás.

En un diario como Crítica de Botana podían escribir tipos maravillosos como Roberto Arlt, los hermanos Raúl y Enrique González Tuñón, Carlos de la Púa, Ricardo M. Setaro, Alfonsina Storni y Ulyses Petit de Murat.

En revistas como Crisis, la original, la que dirigió Eduardo Galeano, podían escribir Haroldo Conti, Raúl González Tuñón, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Oliverio Girondo, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Julio Cortázar, Roberto Fernández Retamar, Miguel Briante, Roberto Fontanarrosa, Vicente Zito Lema, Ernesto Giudici, Héctor Tizón, Ricardo Piglia, Andrés Rivera, Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez.

En los dos casos, locura de redacción. Imaginarse ser el Editor General y tener todos esos escritores para escribir una y cien crónicas con deseos gigantescos de hacerse conocer.

Así surgió Artistas, Locos y Criminales de Osvaldo Soriano, libro recomendable que surgió gracias a una mala relación: la conexión entre el bon vivant de Jacobo Timerman y el dictador Juan Carlos Onganía.

Pero hoy escriben notas, por ejemplo, en el Grupo Clarín, el más potente y poderoso, sujetos como Hernán Firpo que la semana pasado tituló “La decencia de los que buscan en la basura” y subtítulo “Pasiones Argentinas”.

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O en el diario La Nación, dueña de Billiken y Playboy, editoriales sin firma con el título “Niñas madres con mayúsculas” que todos repudiaron, incluso los mismos redactores del periódico porteño de la Familia Mitre.

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Estos ejemplos exhiben la degradación de un oficio que se quiso instalar como profesión. No hay sustento intelectual, ni capacidad cognitiva, ni hábito de lectura. Sin estas tres cosas, es imposible leer donde no hay palabras. Y entonces todo se reduce a proponer una agenda e imponerla para construir sentido común. Pura estrategia que se mete en la política como si contar con palabras fuera repartir volantes partidarios en vez de narrar.

Hay varias ideas que atraviesan el mejor libro de Martín Heidegger, Ser y Tiempo. Una de ellas es que vivimos en estado de interpretados. No lo dice con estas palabras. No tenía las palabras para expresarlo Heidegger. Menos en alemán. Pero lo señala durante todo el libro.

Vivir en estado de interpretado, es poner palabras en el otro. El otro lo que hace es repetirlas. Por repetición construye un relato y ese relato, supone, lo diferencia.

Este concepto, el de vivir en estado de interpretado, esta vinculado al Estadio del Espejo de Jacques Lacan que aún impresiona por lo novedoso del planteo del intelectual, el mismo que tiene la frase más maravillosa sobre el amor. Lacan dice que “el amor es dar lo que lo que no se tiene a quien no lo es”.

De acá, a la política como escena, hay un instante fugaz con un clico que da sesenta vueltas por minuto.

Guste o no: interpreta(do), dar a quién no es y la escena política, están vinculados.

Por todo esto es bueno meterse en la desembocadura del Arroyo Morón cuando se inunda el distrito, en el túnel French – Azcuénaga cuando llueve, en el Barrio San José cuando todos tienen puesta la mirada en ese territorio, en las obras cloacales cuando comienzan, sobre el Puente Lebensohn a punto de abrir, en el túnel soterrado del Ferrocarril Sarmiento cuando hay un conflicto gremial.

Caminar, observar y escribir como hábito, como una rutina imposible de terminar. Por eso es rutina.

Un libro prácticamente desconocido, pero fundamental, un libro que trata sobre observar y escribir, es el que se titula “El Paisaje en las Nubes”. Son textos de Roberto Arlt que publicó el diario El Mundo entre 1937 y 1942. Tiene un prólogo de Ricardo Piglia y una introducción de Rose Corral. Es más que bueno. Impresionante. Debería ser de lectura obligatoria para cualquiera que tenga el deseo de narrar lo que lo rodea.

En ese libro, que es una compilación, están las aguafuertes de Arlt. La diferencia entre una crónica y una aguafuerte es el componente temporal.

La crónica, lo dice la palabra, tiene una cronología que el escritor, el redactor, no puede romper. El aguafuerte es una impresión, de ahí el uso de esa palabra del mundo de las artes plásticas para bautizar un género periodístico olvidado. El aguafuerte (Arlt las llamó Aguafuertes Porteñas) es una descripción de una pieza, una foto literaria, una película breve, un documental escrito.

La nota “Barrio San José: Una recorrida sin escalas“, es una aguafuerte.

Y así todo esto tiene sentido, digo, exhibir, presentar, dar a conocer, visibilizar.

No es jugar. El oficio terrestre de escribir no es un juego. Si así fuera, la vida del escritor, del gran redactor, sería la de un niño.

Como un juego lo toman los hombres como Hernán Firpo o tipos más conocidos como los showmans Jorge Lanata (que desea reemplazar a Tato Bores a destiempo) o Alejandro Fantino (un relator de fútbol devenido a preguntador lo que solo puedo ocurrir en Argentina).

Cuando un texto incomoda, entonces sugiere la acción. No contra el texto a partir de otro texto, ni contra el que lo escribe, sino contra lo que molesta. No hay palabras ni acciones para contrarrestar el texto. Pero sobreviene alguna actividad y para lograrla hay que perder la comodidad de los despachos y los pasillos, la comodidad de la corte para meterse en donde nadie se mete, en el barro y el contorno.

Así que si alguien esta incómodo, la acción es hacerse lugar, correrse, meterse, salir, entrar, irse, volver, pero al fin y al cabo, modificar el estado de las cosas.

Si el periodismo, si escribir o narrar no tiene que ver con eso, con incomodar, entonces no tiene que ver con nada y se transforma en una farsa porque el mundo es real, tiene tres dimensiones, una magnitud y cinco sentidos.

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7 COMENTARIOS

  1. Exelente,, crónica, relató o nota, desconozco el nombre correcto, tal vez me hubiese gustado que sean 7 y no 5, los escritores, Juan Gelman y Eduardo Galeano, pero está mínima apreciación es solo a título de joderte, nada le quita brillantez a esta narración!!!!

  2. Bueno a leer El paisaje se las nubes se Roberto Arlt . gracias muy muy buena.

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