Barrio San José

Barrio San José: Una recorrida sin escalas. Caminar, leer donde no hay palabras, preguntar y escuchar. El Barrio San José de Morón Sur tantos barrios periféricos, es inocente o producto del crecimiento desigual. Se merece todo, y tienen muy poco.

(por Andrés Llinares).- Siempre me llamó la atención que el origen de la palabra barrio sea árabe cuando acá, en Argentina, los barrios fueron más italianos que españoles. Así que me pongo a caminar por Barrio San José y todas mis dudas se actualizan.

Lo que esta claro que la palabra es árabe. Los árabes tienen que ver mucho con los españoles, sobre todos los moros que se cansaron de declararle guerras y ganarselas. Para los árabes, los habitantes del barrio eran «salvajes».

Con el correr de los años entendí que los árabes bautizan con la palabra «barrio» a los pueblos españoles conquistados, por el simple hecho de que los católicos eran «salvajes».

Eso le ensañaron los árabes a los españoles, para que luego los españoles, en su ambición ilimitada, concepto fundante de estas tierras, llamaran salvajes a todos los habitantes más allá de la grandes ciudades, esos habitantes en territorios nunca consolidados, moviéndose de un lado a otro y tener idea que existe Nuestro Señor.

Hoy entendemos por barrio algo distinto. Vínculos: familia, amigos, vecinos. Los barrios no están en las áreas centrales de Morón.

Cuando uno pregunta dónde vive algún sujeto y éste dice Castelar Norte, Villa Sarmiento, Haedo, Morón Centro o El Palomar, se acaba el interrogatorio.

Pero si el sujeto dice Morón Sur o Castelar Sur, cabe la re pregunta como si no fueran ciudades sino el apelotonamiento de barrios olvidados por la metrópolis.

La re pregunta es «¿y dónde?». Y las respuestas son varias si vive en Morón Sur: Barrio Manzanares, San Francisco, Presidente Ibáñez, El Cuchillo, 20 de Junio y también Barrio San José.

Y a Barrio San José fui a parar el sábado por el simple hecho de que ahí se encuentra la Sociedad de Fomento Barrio San José, hoy eje de un micro conflicto entre espacios políticos enfrentados.

Para llegar uno se cruza con gente, y gente y más gente, esquivando la topografía artificial del asfalto desecho devenido en montículos y fosas y lagunas artificiales repletas de agua en las que jamás habrá truchas o salmones sino pestes y enfermedades.

Una geografía urbana que remite al olvido, donde cualquier hombre, mujer, niño o niña, tiene que pelear por absolutamente todo. Pelear por un lugar en el colectivo, por un lugar en el tren, por la changa del día, por el precio de ayer porque hoy ya aumentó, por los remedios, por una vacante en el colegio público. Pero pelear en Barrio San José es vida que lucha y tiene un resultado: la historia.

La pelea no termina nunca. Es noche y dìa, los siete días de la semana, los 365 días del año como en cualquier otro barrio.

Cuando llego a Barrio San José nadie me saluda excepto que yo salude. No tienen porqué saludarme. Y todos me miran porque se conocen y saben sólo una cosa de mí. Que estoy de más, que no soy un habitante del lugar.

Así que doy varias vueltas por las calles de San José. Saludo y funciona porque todo el mundo me saluda sin saber quién soy.

Elijo el peor lugar para dejar el auto. Lo elijo porque veo un padre y sus dos hijos buscando entre la basura vaya uno a saber qué. Comida, esta claro, en el peor de los casos. En el mejor, algo que le mejore la vida más de un día.

El hombre es joven y lo rodean dos chiquitos sin calzado, en patas. Revuelve el hombre. Los pibes tratan de encontrar algo con qué divertirse. Pero no. No lo encuentran. Me miran, los miro, saludo y el padre saluda.

Nunca me sentí fotógrafo. Y ese día, que fue el sábado, pensé que uno de verdad, un fotógrafo de verdad, uno de esos que es propietario de cajas enormes antitanques repletas de lentes carísimos, le llevaría todo un día retratar las contradicciones del país ubicadas entre el Barrio San José y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Para un fotógrafos de esos, uno profesional, el barrio debería llamarse Desesperanza. Pero ellos se llaman San José y más tarde me dirán que están orgullosos.

Están orgullosos porque saben que lo que tienen se lo ganaron. Y ese triunfo fue con dolor, con esfuerzo, con sacrificio y tiempo que no perdieron en el bar de las horas muertas.

Se me viene a la mente un relámpago de frases. «Vayan a laburar», «Negros de mierda», «Se embarazan para tener planes», «Viven del Estado» y toda la tira de la frases novedosas que surgieron en 2015 y hoy, aunque con menos énfasis, se repiten.

El mismo día que estoy en el Barrio San José, un sujeto llamado Hernán Firpo escribe una nota para el Grupo Clarín «La decencia de los que buscan en la basura» y un subtítulo «Pasiones Argentinas».

Observar y Escribir Barrio San José

Pienso donde vivirá Firpo y que no le hace honor a su apellido. Hernán Firpo seguramente jamás boxeo como sí lo hizo Luis Angel Firpo, «El Toro de las Pampas», a quien le robaron la posibilidad de una corona mundial de todos los pesos cuando enfrentó a Jack Dempsey en el estadio Polo Grounds de Nueva York el 14 de septiembre de 1923.

Firpo, el boxeador, nació en la pobreza absoluta. Para Firpo el periodista, la pobreza es parte de las pasiones argentinas, como el tango, el mate y el fútbol.

Para mí, que estoy caminando por las calles del Barrio San José, la pobreza es producto del olvido, el desinterés, la concentración del capital y la concesión privada de la educación y la salud pública.

Busco las calles, pregunto, me indican, las encuentro. Llego a la manzana que conforman San Francisco, Avellaneda, Santiago de Chile y Santa Teresa y se abre ante mí la inmensidad de la nada misma.

Un predio gigante y una cancha de 11 abandonada, abandonada y cerrada, abandonada, cerrada y sin chicos. Cierro los ojos y pienso que los picos de los picos de lectura se da con los casos policiales.

Así que sé lo que va a ocurrir. Este texto no va a tener un pico de lectura. A nadie le importa un barrio más del conurbano bonaerense, barrio olvidado, con gente olvidada. Pero hay algo intenso en una violación seguida de asesinato que todavía hoy no me explico qué mierda es.

A nadie le va a parecer importarle si la inmensa cancha esta cerrada o abierta. Lo que importa es que nadie mate, robe, ni haga daño. Y pareciera que una cosa no tiene nada que ver con la otra.

El predio es inmenso de la Sociedad de Fomento San José. Se ve en foto de esta nota. El pasto esta bastante prolijo, las torres de luz no se si funcionan pero tienen todos los focos. La que esta ubicada en medio de la cancha hasta tiene un luminaria LED de las que puso el municipio en los últimos tres años en la vía pública.

Al lado de la inmensa cancha vacía, la cancha de la Sociedad de Fomento San José, la que no funciona y donde podrían estar jugando 22 adultos divididos en dos equipos más los suplentes y los técnicos, rodeados de sus familiares, amigos, novias y amores de fin de semana,
al lado de la inmensa cancha vacía, no hay vida.

Al lado de la inmensa cancha sin vida, fantasma de lo que pudo haber sido y no fue, hay una más pequeña, una para chicos. La miro, sacó fotos con mi celular, recorro con la vista las cuadras a mi alrededor y entonces pregunto. Es la cancha de Los Pirañas.

En Barrio San José no existe ningún club que se llame Mickey o Pluto ni nada parecido. Las cosas se llaman como se llaman en Argentina: Los Pirañas, una palabra que tiene su orìgen en el idioma guaraní.

Sigo y hay una casas muy precarias, un asentamiento de orden privado. Una entrada con una portón de rejas y dentro varias viviendas que no puedo contar. Pregunto y me preguntan quién soy. Digo que hago, no quién soy y entonces me vuelven a preguntar qué quiero. Digo que quiero y me responden de lo más natural: ¿Y qué le parece qué es? Miro, digo un barrio cerrado y la mujer me sonríe como si yo fuera tarado. La mujer tiene razón. No quiero responderle lo que ella quiere escuchar. Le pregunto por la cancha que esta al lado, la más chica, y ella me lo confirma: Los Pirañas. Le preguntó que hay detrás, detrás del barrio, de las casas dentro de ese predio con un portón, y me cuenta sin ganas. Me dice: La Sociedad de Fomento San José, pero esta cerrada, me aclara y yo le digo muchas gracias.

Paso Las Pirañas, paso al barrio detrás del portón, y sigo. Camino por la vereda, a mi derecha hay un inmenso paredón, vuelvo unos metros y la mujer me aclara que la entrada a la cancha fantasma es justo en el extremo opuesto de la manzana. Me lo dice con otras palabras. Pero es lo que entiendo yo. Cuando llego al otro lado, al extremo opuesto de la inmensa manzana, me encuentro con un candado tan grande que ni un elefante sería capaz de romperlo, pero con una alambrada tan baja que un fox terrier lo saltaría al primer intento.

No salto, obvio. Pero saco fotos.

Antes, antes de llegar a la puerta con ese enorme candado, doy toda la vuelta a la manzana y atravieso un pequeño club y encuentro chicos jugando al fútbol, familias tomando mate sobre mesas construidas con madera, un buffet, dos equipos, un árbitro, dos directores técnicos, dos planilleros, y más chicos listos para entrar a la cancha de cemento.

Es la el Club San José Real pegado al Club San José, el de la cancha inmensa, la cancha fantasma. La que tiene dos tercios de manzana para nada.

Entro y no me cobran. Me presento, digo quién soy, qué hago y hablo con uno, con otro, y con otro y me tratan como si fuera un grande, o sea, muy bien. Y me explican todo lo que hacen y subrayan que lo hacen solos.

Gente educada, precisa, detallista, amigable. Gente con la que uno haría cualquier cosa, irse a pescar o comer un asado. Gente con la que un barrio crece, y pasan ciento veinte años y de pronto alguien encuentra tres gimnasios con pileta y gym y seis canchas de tenis. Pero el San José Real no tiene 120 años, tiene 6. Faltan que lo atraviesen cinco generaciones.

Nadie me lo dice pero no me dejan ir de todo lo que me hablan y cuentan.

Una persona dice que me conoce y yo le digo que no se pierde nada y se ríe. Otra me dice que le sueno. Otras dos me preguntan 128 veces mi nombre y qué hago y yo repito 128 veces mi nombre y qué hago. Estoy acostumbrado. No me molesta.

Preguntó quién los visitó y me dicen algunos nombres. Muy pocos. Todos en 2015 me aseguran. No lo puedo comprobar. No estoy para eso. Estoy para entender qué pasa.

Intercambiamos contactos y al salir quiero colaborar con un billete y me dicen no, no, no, pero yo insisto así que lo dejo y salgo del pequeño predio.

En la puerta, un hombre de 60 años que parece de 45, me explica que son el Club San José Real. Y les pregunto por las otras dos canchas que hay cruzando la calle. Y me dicen la San José A y la San José B.

Entonces digo todo sin repetir y sin parar. En la misma manzana esta el Club San José, Los Pirañas, el Club San José Real. 

Y en aquella,en la manzana de al lado, la San José A, y la San José B, y cuando termino miro alrededor y nadie se ríe y todos afirman.

A nadie le molesta que haya semejante repetición del nombre del Barrio. Por el contrario. Todos tienen derecho a usarlo.

Saludo a todos y todos me saludan luego de recorrer todas las instalaciones y que yo vea, sin contárselos, el potencial que tienen.

Sigo caminando y encuentro un emprendimiento del Estado Provincial, atrás un obrador que no tiene relación con la fachada de la obra de provincia, detrás del obrador la cancha fantasma de la Sociedad de Fomento San José y vuelvo al punto de partida, al padre con sus dos hijos aún revolviendo el basural.

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Diario Anticipos

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