Alfredo Traini
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Alfredo Traini ya es parte del inmenso universo y vaya a saber uno en qué rincón esta. Lo que sí se puede saber es que esta con su hermano Tonino, alterándolo todo para que no decaiga la diversión.

(por Andrés Llinares).- Alfredo partió el jueves 24 de enero de 2019. Debería haber seguido la misma suerte que Billy Pilgrim, el personaje de la novela de
Kurt VonnegutMatadero 5.

En la novela, a Billy Pilgrim lo raptan los extraterrestres para llevarlo al planeta Trafalmadore y exhibirlo. Y la población delira por lo exótico del acontecimiento. Hubiera ocurrido aún más con Alfredo Traini si se lo llevaban los extraterrestres.

Pero como nada de esto es cierto, solo ocurre en la excelente novela, Trafalmadore no va a conocer a Alfredo Traini porque partió en dirección a Tonino y sólo nosotros, los humanos, sabemos cómo fue, cómo fueron, qué hizo, qué hicieron.

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No suena muy literario, pero a Alfredo le gustaba la joda como se dice en estas tierras, la farra como a veces señalamos por herencia española, o la «festa, festa» como diría Alfredo, un italianito que a los dos años se vino a la Argentina.

En ese andar, ir y siempre volver de la «festa, festa», Alfredo mostraba lo que amaba: las cosas simples de la vida y la abundancia en todo lo que lo rodeaba, las sonrisas en las caras, el vino sobre la lengua, la música italiana en el cuerpo.

Con Alfredo uno podía atravesar muchas experiencias para luego premiarlo o intentar conseguir que por decreto presidencial lo desterraran a la Antártida. Podían pasar estas dos cosas, pero jamás olvidarlo.

Cuando estaban juntos, Alfredo y Tonino, eran imbatibles, digo, con su hermano, el barrio era «festa, festa» como seguramente lo son en Italia cuando cae la noche. Y entonces, el rincón de Morón de las calles Entre Ríos y Valle, pasaba a ser parte de los pueblos humildes, simples y alegres de Europa, esos lugares en donde lo que importa es que todos sonrían, coman, bailen, se mamen y, los que siguen en pie, amen.

Hay tantas anécdotas para contar sobre Alfredo que se necesitaría un libro por semana para extraer lo mejor de esos siete días, lo que da una colección gigantesca de tomos que al fin terminaría en una Enciclopedia de Anécdotas. Es un libro imposible de escribir. Gracias al devenir, al paso del tiempo, a Alfredo había que vivirlo.

Por eso cada amigo, cada vecino, cada allegado tiene algo para contar sobre Alfredo, por que así sucede cuando un hombre es parte de la vida, vive entre todos, y jamás se va.

A los dos añitos, Alfredo, salió de Offida, Italia, para llegar a Morón, Argentina.

Para suerte o no, esto solo puede decir ella, conoció a Mariela que en realidad se llama María Rosalía. Pero así era Alfredo, se casó con María Rosalía pero vivía con Mariela que no era otra mujer sino la misma con dos nombres, uno ficticio y otro real.

Alfredo y Mariela se quisieron así que tuvieron dos pequeñitas nenas hermosas como son todas las nenas, pequeñas y hermosas, con las que el Tano gritó, lloró, corrió e hizo todo lo que un padre hace hasta que se hicieron mujeres y le dieron cuatro nietos. Dos Alejandra y otros dos Gabriela, para que no haya diferencias. Y entonces volvió a gritar, llorar y correr, pero por cuatro y no por dos.

Alfredito, como le decían muchos, y entre ellos el tipo que escribe esta nota, se dedicaba a la construcción, y cerraba cualquier conversación callejera con una frase graciosa para desaparecer repentinamente o finalizaba el diálogo con el título de una experiencia que había vivido junto al otro y la guardaba en la memoria bajo un título inmortal como «Vos no Venís» que me repetía a mí.

Alfredo era un lindo chiflado, Tano hasta la médula, la alegría de la fiesta, el hombre que amaba vivir y vivió, que no renegó de su pasado y lo puso en su futuro, un hombre para la construcción, como lo hizo durante treinta años desde el Club de Leones de Morón. Ese fue, y es Alfredo.

Desde su casa de Entre Ríos y Juan José Valle de Morón hizo un y mil cosas, no sólo construir. También armó excursiones de pesca en las que se tomaba cinco litros de bebidas alcohólicas por mojarrita y todos volvían sanos y salvos de milagro.

En los últimos años, Alfredo, para no ser menos que en su juventud, armaba tramperas para pajaritos y las armaba para cazarlos. Alfredo cazaba pajaritos para luego soltarlos. ¿Qué quiere hacer un tipo que caza pajaritos para luego soltarlos? Jugar con la naturaleza, ¿qué otra cosa?

Mostrarle a la naturaleza quién era. Un tipo capaz de armar una jaula y encerrar un pedazo de vida en ella, lo que era falso porque finalmente soltaba cada jilguero que atrapaba. Ese era Alfredo Traini, el hombre que le hacía el amague hasta a la misma naturaleza y luego se reía. El hombre que nunca le negaba a nadie la libertad.

Y por eso me imagino este tema para Alfredo, esta canción, que es un clásico entre los hijos de inmigrantes, de un cantante que no es tan cool como Luca pero tan sencillo como el barrio, este tema para el Tano, uno de Nino Bravo, con una letra fácil de escribir pero muy difícil de practicar, excepto para un tipo lleno de alegría y travesuras para recodar. Ese tipo es y fue Alfredo Traini.

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